martes, 3 de junio de 2014

Destinos de la amistad en épocas de desarraigo… ¿Y la academia?


Miguel Alberto González González
Docente e Investigador de la Universidad de Manizales, Colombia.
Licenciado en Filosofía y Letras. Magíster en Educación y Doctor en Ciencias de la Educación.


1. La paradoja de la prosperidad.

La prosperidad hace amigos, la adversidad los prueba.
Anónimo.

Sin acudir a refinamientos poéticos, la amistad es un portillo, una ventana que se abre en el ser para permitir la llegada del otro. La amistad no puede ser un instrumento para medir, será una posibilidad de otorgarse, pero jamás de equipararse. Cercar las lógicas donde la amistad es para la prosperidad es interrogar los comportamientos que se aprendieron para desheredar al otro cuando no nos presta algún servicio, cuando deja de ser útil.

El tema ha sido tratado por diversos pensadores en todas las épocas. Al respecto, dijo (Emerson 1963, 191): “Me he despertado esta mañana con una devota acción de gracias para mis amigos, los antiguos y los recientes”. Así, es probable que  debamos despertarnos un tanto agradecidos con aquellos que no son amigos, pues también, contribuyen, y de qué manera, a forjarnos. Ahora bien, la misma persona que amanece en amistad, no siempre es la misma del atardecer, esto porque variamos o modificamos nuestras relaciones. Los estados de ánimo alteran las cercanías o lejanías, pero los estados de ánimo no pueden aceptar el darwinismo social en la amistad.

En su justo tremor, la amistad es como el arco iris, en muchas tonalidades, atrayente como el que más, pero con el riesgo que al primer movimiento o palpitación desaparezca, esa es su paradoja. En los horizontes humanos, la amistad preguntará por el otro en sus deficiencias y en sus grandezas, pero también indagará por mis cielos e infiernos, por las geometrías, por las simetrías y asimetrías del exceso de presencia o exceso de carencia.

a) El origen.

El cómo nació la amistad entre los seres humanos aún no es claro, faltan mayores y mejores indagaciones para aclararlo, pero la caza, el clima, el peligro, los rituales, el comercio, el amor, el sexo, la procreación, los juegos, las religiones, las guerras, las mascotas y la música es probable que hayan acelerado las necesidades de cercanía entre personas y grupos raciales, luego, las instituciones, que todo lo añoran controlar, forzaron las relaciones que se regularon con normas.


El término amistad surge del latín amicitas que indica afecto personal que es puro y desinteresado, que es compartido con otra persona, que nace y se fortalece con el trato, con ese estar en con-tacto. En tal sentido, amigo se origina del latín amicus, quien profesa la amistad. Siendo un tanto literario, la expresión amigo podría ser a=sin, ego=yo; es decir, sin egoísmo. Amigo es alguien que dándose al otro deja de tener ego, de perderse en sí para encontrarse en lo alter.

La amistad involucra una serie de principios vitales como honestidad, lealtad, sinceridad, respeto, confianza, amor, compañía, libertad, transparencia, trascendencia, auto-re-conocimiento, paciencia y capacidad de entrega. En efecto, la amistad es un proceso elíptico que se contrapone a las lógicas de la soledad o de la desolación que, reconociendo las patologías sociales e individuales, permite al sujeto encontrarse con el otro en unos umbrales de esperanza.

No es para desconocer cuando Saramago (2006, 237) expone “Las palabras también tienen su jerarquía, su protocolo, sus títulos de nobleza, sus estigmas plebeyos”. Con seguridad la amistad ostenta esa misma clasificación o taxonomía; por tal motivo, cuando se jerarquiza, se le adjudica un protocolo, se le adjuntan títulos de nobleza o cuando o pasa de sangre azul a plebeya, la amistad se ha desviado.

En los Diálogos, Platón, en el texto Lisis o de la amistad, hace una discusión de la conveniencia de la amistad, resaltando que cuando dos personas son amigas es porque existe alguna conveniencia. Insiste que un amigo es útil y negarlo es un absurdo. Destaca que lo injusto se hace amigo de lo injusto, de la misma manera que lo bueno se hace amigo de lo bueno. Pondera la dignidad, donde la amistad se debe pagar con amistad. Sócrates y los asistentes discuten sobre el valor de la amistad, de si es posible ser amigo de lo bueno y de lo malo a la vez, qué si lo conveniente y lo bueno son la misma cosa. Se preguntan por lo conveniente o bueno de una amistad. Dentro de la larga disputa llegan a concluir que no han podido descubrir lo que es ser un buen amigo; extraño no sería que veinticinco siglos después aún no sepamos que es un buen amigo ¿De qué evolución hablamos?

En épocas y sociedades del desarraigo, como las de este siglo XXI, hablar o discurrir sobre la amistad y sus profundidades no es un asunto sencillo, donde la amistad es un objeto mercantil. ¿Cuál es la profundidad y la verdad de la amistad?, puesto que no se puede afectar la profundidad sin afectar la verdad. Hay que cuidarse de respuestas sencillas o bajos formulismos éticos; puesto que, existen abundantes ejemplos, donde la ética no alcanza a hacerle una cirugía a la conciencia.


La amistad es mucho más que un juego de estéticas, de políticas o de éticas. No está probado que la amistad filial sea la base de las sociedades actuales, pero si tiene bastantes seguidores dicha especulación; tampoco es gratuito que muchos padres hubiesen asesinado a sus hijos para no tener sucesores en el trono y que, incluso, en la tragedia griega los dioses devorasen a sus hijos; en unos y en otros el amor filial se confundía con el poder y, claro, el poder poco sabe de amistades. Hubiera podido escoger otras expresiones, pero nos provocan cierto rumor las palabras de Castoriadis (2008, 35): “La philia de Aristóteles no es la amistad de los traductores y de los moralistas. Es el género cuyas especies son amistad, amor, afecto paternal o filial, etc. Philia es el vínculo que entablan la afección y la valoración recíprocas”. Desde luego que la amistad tuvo, tiene y tendrá, sus crisis en épocas de desarraigo filial-fraternal, pero el afecto, el vínculo y el amor si son indispensables en el arraigo de la amistad.

b) ¿Y las religiones?

La biblia dio claros ejemplos de una amistad mal concebida: la relación de Adán y Eva con el creador no partió de la amistad sino de la imposición; Caín y Abel es la muestra de una cercanía de sangre que no resolvió las envidias; el último ejemplo bíblico, burdo por demás, donde la amistad falló fue la tarde del leño.

Las religiones han tenido su forma particular de comprender la amistad, siempre exigen sometimiento al Supremo, ahí no existe amistad sino imposición, digamos que en lo sacro, la amistad es una relación vertical, no hay conciliación con el mal, cual muestra el proverbio que aconseja “Aléjate del hombre necio, pues no encontrarás en él labios de ciencia”. Se evidencia desde el libro sagrado de los católicos que la amistad es selectiva, que no se puede ser amigo de toda persona y que cuando alguien es dificultoso u opositor lo mejor es dejarlo a la deriva, no brindarle confianza, es decir, no  aceptar su amistad. De otra parte y queriendo consolidar el proceso de la amistad, el Eclesiastés aconseja no olvidar al amigo fiel, ni perder su memoria en medio de las riquezas. El mensaje no admite contradicciones: hay que ir con el amigo hasta el final del camino. Por si fuera poco aparece en Proverbios 17:17: En todo tiempo ama el amigo, y es como un hermano en tiempo de angustia”. Esa fidelidad y entrega permanente que permite no dejar desfallecer lo que se ha encontrado en alguien que no soy yo.

El Corán, libro sagrado de los musulmanes, en el Azora sobre la familia en la aleya 118 dispone: “¡Oh, creyentes! No toméis por amigos confidentes a quienes no fueran de los vuestros, porque los incrédulos se esforzarán para corromperos, pues sólo desean vuestra perdición. Ya han manifestado su odio, pero lo que ocultan sus corazones es peor aún. Ya os hemos evidenciado su enemistad, si es que razonáis”. Esta prescripción sagrada para muchos hombres, debe considerarse en toda su extensión y que no se le diga a la economía que ha desviado sus principios, puesto que las religiones lo han tenido claro: ninguna indulgencia con el enemigo; pero dentro de sus contradicciones, como la biblia, también dispone en la Prosternación, aleya 34 que: “No se equipara obrar el bien y obrar el mal. Si eres maltratado responde con una buena actitud, sabiendo disculpar, y entonces verás que aquel con quien tenías una enemistad se convertirá en tu amigo ferviente”. Hay, con evidencia, un cambio de mirada, se pide nobleza y grandeza frente a quien no se considera un amigo; es decir, las dos grandes religiones monoteístas del judaísmo son ambiguas para tratar la amistad y la enemistad.

El budismo, que se dice no es una religión en la forma que se conoce en occidente, tampoco descuida la amistad e incluso se acerca a la Biblia o al Corán cuando dice: “No busques la amistad de quienes tienen el alma impura; no busques la compañía de hombres de alma perversa. Asóciate con quienes tienen el alma hermosa y buena”. Aquí, como en los anteriores, la amistad sólo es posible con los llamados buenos hombres. En otro momento responde muy similar a los libros que hemos venido referenciando: “El odio no disminuye con el odio. El odio disminuye con el amor”.  Lo anterior viene siendo una propuesta contradictoria, a veces se condena al enemigo y en otras se le da espacio para la indulgencia.

El confucianismo también tiene sus miradas a la amistad o a las formas de encontrarse con el otro, refiere que: “El noble busca lo que desea en sí mismo; el hombre inferior lo busca en los otros”. Esta demanda no es menor, puesto que la nobleza que Confucio alude no es la venida de los dineros u orígenes raciales, es aquella que logra distinguir y apartarse del utilitarismo.

El taoísmo indica que: “Si pudiésemos abandonar la sabiduría y la sagacidad la gente podría disfrutar el ser todos iguales; si pudiésemos abandonar el deber y la justicia, todo podría basarse en las relaciones de amor o amistad”.  Es una demanda por el deber ser, donde el amor y la amistad se sobreponen, se imponen en sí mismos; pero exige ciertos abandonos, cierta limpieza del ser.


Estas religiones sustentan sus literaturas en la amistad que, en el más de los casos, termina confundiéndose con la lealtad a ultranza. Se pacta amistad con los dioses, siempre y cuando se haga lo que sugieren los textos, de lo contrario el reino de las sombras será el destino de aquel que no es amigo. Entonces, la amistad como en los paraísos, sólo ha tenido espacio para los denominados buenos, pero esta forma de exclusión exige lugares para los opuestos. ¿Cuál es el lugar que se le destina a los que no son amigos?, esos territorios hay que explorarlos para reconocerlos. San  Mateo 5, 44 dice: “Amen a sus enemigos”. Hasta el momento, lo estipulado, no parece suficiente.

Sabido es que los problemas no se acaban, pero tampoco las soluciones, esto para rescatar que en las religiones se insiste en la amistad, pero la manera de conservarla alberga sus pobrezas.

c) Las sombras.

¿Hay sombras en el saber? Si éstas existen, no es extraño que aparezcan en la amistad; diríamos en primera instancia que de las sombras sabemos menos que de la luz o al menos le tememos más a las penumbras que a las luminarias.

Se asombra cuando se toma distancia de sí mismo. El asombrarse es desacostumbrarse de lo habitual, es un extrañarse, un hacer sombra a lo dado ¿La amistad requiere extrañarse o habituarse? Más bien exige inocencia, confianza y poiesis con la certidumbre de saberse puerto. No desconozcamos que se es puerto para el bien como para el mal, esas son las sombras humanas que, tal vez, las religiones no comprendieron y en donde fracasaron las éticas.

La vida es como el juego, por mal que estemos, aspiramos a ganar la siguiente partida, diría un optimista. Si no queremos sombras, la amistad no puede convencerse de este aforismo de casino; si alguien piensa que la amistad es un juego de ganancias y pérdidas está cayendo en las lógicas del comercio, en los métodos del dinero que todo lo mide por ganancia o pérdidas; incluso, se venden las siguientes partidas con la garantía de ganar. Hay que ser muy pobre o bastante inocente, como para creer que todo se puede comprar con dinero.

Lo sombrío no siempre afecta, muchas formas sociales han desistido en buscar la luz, esa demanda de las religiones, de la ciencia y de la filosofía escenificada en el mito de la caverna cuando el pensador saca de las sombras al obnubilado hombre que se pierde la luz que significa conocimiento. En oposición surgen grupos que ven en la sombra el punto de encuentro o la forma de edificar, la amistad en la sombra entrega otras posibilidades de congregación que la consabida luz no resuelve; tal vez, podríamos explorar las políticas de la amistad nocturna.

d) Los desarraigos.

Desarraigo es un desraizar, un sacar de donde se es, quitar de su sitio, desprender de su origen, desheredar y, como dice Hugo Mujica, en lo hondo no hay raíces, hay lo arrancado.  Nos desarraigamos de la amistad, llegamos a creer que el interés es la dinámica entre las personas, el usufructo, la utilidad de la amistad, por ello -en el fondo- ha quedado el vacío, lo que nos arrancaron y arrancamos con tanta barbarie e inhumanidad.


Como quien no dice nada, pero quiere decir algo, es posible que debamos instaurar unas demandas contra aquellos que nos vienen convirtiendo en seres del desarraigo; si no estamos unidos a algo, es más sencillo el desplazamiento, cualquiera nos moviliza, bien con asentimiento o, si es el caso, con violencia. En épocas de desarraigo, de modernidades liquidas, de realidades acuosas, es difícil que se logren crear rizomas donde no hay raíces. Esa sensación de vacuidad la describe Kertész al decir que el vacío provoca un sentimiento de culpa, una angustia que también preocupó a la creación “El horror vacui es un hecho ético”.

Dada la situación, la amistad que transita por desarraigos, visualiza la necesidad del otro para recibir favores, rara vez, para estar o compartir, incluso, las familias modernas son examinadas y conformadas por netos intereses económicos, raciales o culturales, aprendiendo un tanto lo de aquellas monarquías antiguas donde la unión de dos personas era permitida siempre y cuando los imperios se ampliaran. La amistad como imperio desarraiga la idea primera: amicitas, afecto personal.

En estas épocas de desarraigos, de humanos en soledades, construir amistad es un riesgo; pero aún estamos para aprender de los antiguos cual expone Sánchez (2004, 60): “Construir la hospitalidad no como morada sino como estar dispuestos a la amistad: Tessera Hospitalis para enriquecer la ciencia histórica y para narrarnos las historias en conversaciones interminables”. Bien es asistir a esas conversaciones infinitas para que no se agote el lenguaje en ninguna de sus formas. La tessera hospitalis, conocida como testigo de humanidad, era una tablilla que se dividía en dos partes, una se la llevaba el visitante y la otra quedaba en manos de quien invitaba; al cabo de los años, cuando volvían a encontrarse, juntaban los maderos para establecer su coincidencia, de serlo, se fortalecía aquella amistad que antes se cultivó, pero que la memoria pudo olvidar. Así, el rito de una amistad que habitó en el pasado, se recobraba en el presente para arraigarse en los cuerpos que comportan el tiempo, la materia, la energía y el espacio.

De los desarraigos, advierte Paz (1990, 45): “Soy otro cuando soy, los actos míos son más míos si son también de todos, para que pueda ser he de ser otro, salir de mí, buscarme entre los otros, los otros que son si yo no existo, los otros que me dan plena existencia”. Esta provocación del alter, del leerse en el otro constituye una exigencia para la amistad; aunque el poeta avanza un tanto más al comprenderse en una interdependencia.

2. Las pérdidas.

Buscar la muerte con humildad como quien busca el sueño.
Jorge Luis Borges.

Nada mal quedaría buscar la amistad, buscar al amigo con la humildad de quien busca un sueño. Ser humilde en los encuentros y desencuentros no implica aceptar la sevicia externa, aunque si demanda paciencia y desapego por tanta forma terrenal que hemos adoptado del tener o el de movernos en la pedantería que arriesga los destinos de la amistad.

Los seres humanos llegamos a una etapa donde vamos aceptando las pérdidas, pero de pronto hay un límite y no queremos perder más. En esa frontera de la paciencia, del no querer más privaciones, es cuando llegamos a nuestras incapacidades para afrontar la crudeza del tiempo o del espacio. Así sucede con la amistad, algunas se pierden, pero llegamos a un momento en que decidimos recuperarlas pese a la sevicia del tiempo.

Para la filosofía, la ciencia, los líderes políticos, los economistas o militares, la amistad ocupa un espacio enrarecido; sabido es que en filosofía nada es claro porque todo es confuso, cuando no relativo; no es extraño que luego de una larga faena entre filósofos no se llegue a un principio de acuerdo, ni falta que hace, argumentan muchos dentro de sus desarraigos; lo grave es que allí se habla de racionalidad, lógica y hasta de sentido común. En estas formas de compartimentar la amistad o colegaje se establece, bien por la tradición del pensamiento o los intereses particulares, ciertas afinidades conceptuales que acercan, otras que distancian; tal vez, para los filósofos, los científicos, los políticos, los economistas, los jerarcas religiosos y los militares el concepto de amistad esté más empobrecido que en las demás instancias de la sociedad.


El sabio Borges sugiere buscar la muerte con humildad, sin escándalos triviales, entonces, para estar en la línea del maestro, a un amigo ido o por venir -entiéndase animal racional o no, in elemento del cosmos-, se le debe buscar  con humildad, como quien busca el sueño para reconciliarse con el universo.

a) Precariedades, los riesgos.

Se ha transitado por sinnúmero de precariedades en la sociedad, por unos territorios que parecen distopías donde lo humano yace restringido, por no decir caído.

La mistad interesada siempre ha existido y, por lo pronto, no dejará de exhibirse porque bajo ese signo sigue siendo potente para engañar, para insertarse en los intersticios e imponer sus rigores; cualquier amistad convenida con alguien de mayor poder es una amenaza que no podemos desconocer, al fin de cuentas, los seres humanos somos transgresores, utilitaristas y no tan altruistas como sentencian ciertas morales del buenismo ingenuo.

En la idea del acercarse aparecen las invasiones como dispositivos de dominación, ningún horizonte está a salvo de riesgos, menos el de la amistad donde emergen los falsos amiguismos, Freire (1970, 135) alerta al escribir que: “En verdad, toda dominación implica una invasión que se manifiesta no sólo físicamente, en forma visible, sino a veces disfrazada y en la cual el invasor se presenta como si fuese el amigo que ayuda”; la amistad que domina va pasando a los planos del poder, del sometimiento y eso es lo que han hecho los grandes imperios, los megapoderes,  hacernos creer que somos sus amigos para luego tiranizarnos.

Hay instituciones precarias de valores, en las cuales la amistad es una anécdota, un asunto de interés momentáneo con nefastos desenlaces. Precarios en valores son los campos de concentración, las zonas de secuestrados, los manicomios, las cárceles, los hospitales, los lenocinios, las bandas de delincuentes, algunos congresos, senados o cámaras de diputados. Al revisar con detalle estas formas de organización, encontramos una ausencia de humanidad que causa horror; allí la amistad se concibe, sin abuso de metáforas, como entre lobos esteparios y hambrientos; quizá en oposición a lo que expone Derridá: “La amistad no pone condiciones ni espera devolución alguna: es igual sin reciprocidad ni simetría”. Así las cosas,  y no porque lo confirme este pensador francés, sino porque el sentido común lo corrobora: la amistad nunca espera recompensas; en ese campo es donde nos rondan las precariedades, cuando acechamos la devolución simétrica de lo que creemos haber entregado dentro de la amistad.

Derridá sugiere que se debe perdonar lo imperdonable, ese es el más elevado concepto de la amistad, perdonarse a sí mismo, primero y, luego, aprender a perdonar lo inaceptable o imperdonable. Esta sugerencia es acudir a los orígenes del término donde la amistad no espera nada a cambio, no es utilitarista ni racional.


De las precariedades saltan las urgencias de dibujar el deseo de una amistad posible, pintarla en los lienzos, entonarla en los ritmos musicales, diseñarla en las arquitecturas urbanas, presentarla en los cuerpos que danzan, iterarla en las redes electrónicas; es decir, seducir y seducirse de una cariñosa contigüidad con los demás.

b) Destinos.

Los destinos de la amistad son imponderables, pero el poeta Martí fue más generoso al decir: “Si dicen que del joyero tome la joya mejor, tomo a un amigo sincero y pongo a un lado el amor”. De consuno, ese hombre sincero se preguntará por su destino y por el de la especie. Visto así, la amistad ha de superar el ego de acumular, para aprender a entregar, puesto que la amistad se basa en la confianza y, por sobre todo, en el placer de dar, quizás por ello nuestro poeta desprecia al amor por sobre la amistad.

Se comprenden los destinos de la amistad en el darse al cosmos, en no deprivar las condiciones biológicas de los elementos por alimentar ese Narciso que habita en nosotros. Nietzsche, quien supo descomponer el cadáver del cristianismo, no desdeñó el tema de la amistad, refiriendo (Nietzsche, 2004, 27): “Tres cosas en una son los amigos: ¡hermanos ante la escasez, iguales ante el enemigo, libres… ante la muerte!”. Ser amigo exige libertad de participar, de aceptar, de rechazar, aún de abandonar.

La mistad necesita navegantes del abismo, así como no hay una única explicación del mundo, tampoco existe un modelo, si es que se requiere, exclusivo para definir o comprender el proceso de la amistad.

3. Constitutivos de la amistad.

“-¿Quién le enseñó todo esto, doctor? La respuesta fue instantánea: -l sufrimiento”.
Albert Camus.

El aprendizaje venido del sufrimiento se ha resaltado en numerosos textos y sigue siendo una creencia humana, un tanto masoquista, de que el sufrimiento forja al hombre. Hay que sufrir para valorar lo bueno, dicen docentes, políticos y religiosos. En la amistad el sufrimiento tiene un valor inusitado, incluso es de sabiduría popular: “El amigo se conoce en las dificultades”, es como si el sufrimiento fuese la llave maestra para reconocer la amistad, puesto que en la alegría o en el éxito la mayoría se suma. ¿Qué enseña el sufrimiento que no enseñe la felicidad?

Hay unos constitutivos de la amistad que aparecen en libros, revistas y periódicos cuyos autores consideran básicos para que se conserve. Es evidente que en la amistad han de existir unos aspectos psicológicos que no pueden ser desconocidos como el identificarse a sí mismo en sus potencias y carencias; reconocer en el otro a un sujeto de posibilidades; no condenar ni descalificar los comportamientos por satisfacer las propias intrigas y aprender a mostrar consideración ante las ideas que no corresponden a nuestras ambiciones.

El saberse en la amistad denota y connota tantos aspectos como modos de ser tiene el hombre, pero es suficiente con observar aquellos que el sentido común demanda. La amistad se construye en la permanencia, bien en el silencio o en el espesor de las palabras, de lo que no existen dudas es que siempre exigirá la práctica de aquellos actos que dan rigor a la vivencia de la misma.

a) La amistad en el proceso pedagógico.

El acto docente que no pase por la amistad va tomando forma de imposición, de agresión intelectual y hasta física. Amistarse con el saber construido y el por venir, es una acto de entrega mutuo donde se requiere familiaridad lingüística y afinidad conceptual. Cuando estos aspectos no confluyen, se requiere de unas didácticas del perdón, que logren integrar lo agradable con lo desagradable.


No ver lo ético como remiendo o sutura, puesto que la señal sigue perceptible. Lo ético en el proceso pedagógico corresponde a un acto preventivo más que correctivo, de lo contrario, los comportamientos seguirán como a lo estilado en esta época, un extintor de incendios al cabo que ni bosques quedan.

La pedagogía honesta siente su labor como una posibilidad de estar uniendo puentes, el profesor será crítico, pero exuberante en la amistad, un buen profesor es crítico, no se vence en la hipocresía, se amista con las búsquedas para que los estudiantes no duerman en la indiferencia, tal cual lo sugiere López en su texto: “Los buenos profesores son muy críticos con ellos mismos, con los demás y con el sistema educativo, pero no se quedan sólo en la crítica, sino que proponen y emprenden acciones para subsanar las deficiencias, para afrontar las amenazas y para aprovechar las oportunidades” (López 2009, 217). La amistad, en el proceso pedagógico, pasa por no caer en ligerezas, ni aceptar a primera vista lo que emana de las teorías, ni se duerme ante los cantos de la política, ni frente a las promesas de un mundo mejor, que no estén construidas bajo premisas de humanidad.

Al buscar los territorios del vivir, de la investigación, de la pregunta, aparecen los territorios del aula, del maestro y, por supuesto, de la amistad. En principio, el lugar de la amistad no es el materialismo, ese territorio ha de situarse en el plano del compartir; en definitiva, el utilitarismo es una especie de no-lugar, ahí muere cualquier bondad que la idea de amistad traiga consigo.

b) La amistad en todo sentido.

La pregunta por la amistad en la política, la academia, la ciencia, la ética, la estética, las religiones, el medioambiente y la economía entre otros, debe seguirse explorando en el ámbito de las ciencias humanas y físicas.

La amistad es una habilidad emocional y, para Goleman, (1996, 345): “Las habilidades emocionales  comprenden la identificación y designación de sentimientos; la expresión de sentimientos; la evaluación de la intensidad de los sentimientos; el dominio de impulsos; la resolución del estrés y el conocimiento de la diferencia entre sentimientos y acciones”. Esto que parece venido a menos es un asunto de supervivencia. Los sentimientos, la emotividad de los mismos y el manejo de los impulsos darán respuestas a las preguntas por la amistad que, a veces, quieren resolverse desde una racionalidad pura, en un querer negar o desprestigiar la inteligencia emocional.

La amistad en todo sentido corresponde a un ideal que se puede consolidar aún en las derrotas del ser o de la especie: “Hasta donde entiendo, los seres humanos, para no vivir en soledad, hicieron plazas, mercados, coliseos, anfiteatros, baños públicos, catedrales, teatros, estadios, discotecas, restaurantes, salas de cine, zonas de recreación, centros comerciales y hasta cementerios. Por todos los medios hemos combatido la soledad” (González 2009, 193). De buenas a primeras, se podría pensar que la amistad surge como esa necesidad de enfrentar la soledad del ser y de la especie; la soledad definitiva nos desola.

c) La poética.

La poesía le ha dedicado infinidad de líneas a la amistad, la enjuicia, la exalta, la respeta y la desprecia cuando menos, pero siempre en la creación, en la plétora del lenguaje, mas no se basta con el cadáver del odio.

José Martí, en el poema Cultivo una rosa blanca, escribió:

Cultivo una rosa blanca
en Junio como en enero,
para el amigo sincero,
que me da su mano franca.

Esa mano franca es un ideal, sin embargo, puede ser una realidad cuando lo sin-cero se constituye en la acción permanente de la persona.


Cualquier aforismo está manchado de subjetividad, pero quizás estamos asistiendo a la sepultura del cadáver del yo, ese yo que cree conocer las cosas, que puede controlar o saber todo, está en desaparición; esta extraña premonición puede ser el nacimiento de una amistad que, enunciada desde la poética, logre recrearse en la fragilidad de lo humano y en la potencia de lo cósmico.

Hay amores que se han ido sin nunca haber llegado, algo similar puede ocurrir con la amistad, ¿Cómo prevenir que se ausente lo que jamás hizo presencia? El uso inexperto de las relaciones con los cercanos facilitaría la huida de los que tenían previsto venir; del tacto, de la poiesis en la estancia con el otro dependerán muchos poemas memorables para la humanidad, por suerte la poesía aún nos susurra.

d) La cultura.

Lo cultural es determinante para comprender las relaciones, si entendemos que según Schaefer (2006, 47): “La cultura es el conjunto de costumbres, conocimientos, objetos materiales y comportamientos aprendidos y socialmente transmitidos”. Esos comportamientos aprendidos y transmitidos de generación en generación sobre la amistad, son selectivos y excluyentes. La amistad es importante cuando hay utilidad, lo aprendimos de algunos teóricos de la modernidad, lo escuchamos en algunas tonadas y lo mantenemos en esta modernidad difusa. Por lo pronto, uno de los destinos de la amistad sería romper o vencer esas lógicas mercantilistas.

León Gieco insinúa que “La cultura es la sonrisa que brilla en todos lados... que se va la vida, mas la cultura se queda aquí. La cultura es la sonrisa para todas las edades. La cultura es la sonrisa con fuerzas milenarias”. Las fuerzas milenarias de nuestra cultura no han sido muy pródigas en la amistad, puede ser una hipótesis que apenas estamos dando pasos significativos para rescatar de nuestros odios unos auténticos principios de amistad; lo opuesto también es pensable frente a los miedos, no tan fundados, de que el planeta tierra colapsará y que las guerras por el agua, el oxígeno o zonas cultivables, apenas va a surgir; entonces, la amistad se reducirá a los que integrantes que logren conquistar los territorios citados; dramas que aún estamos a tiempo de prevenir.

Así como hay unas etapas en la vida donde sólo le sacamos provecho a las cosas, incluidas las amistades, debiera pensar en tener unos ciclos donde la vida del sujeto se transforme en una actitud de donación, de entrega sin que implique quejas, en una especie de retribuir lo recibido o lo retenido.

La amistad de las comunidades adultas no son las mismas de las infantiles o juveniles, tampoco sobrevinieron de la misma forma en el transcurso del tiempo ni del espacio. Tal vez, el querer unificar una sola forma de amistad para la humanidad nos ha deparado odios y segregaciones que de no resolverse con buen juicio no modificará lo por devenir.

e) Las culturas juveniles.

En el transcurso humano muchas congregaciones se constituyeron y se siguen conformando como unas logias cerradas de amistad, ejemplo de ello son las diferentes cofradías, los caballeros templarios, los apóstoles, los masones, los satánicos, los góticos, los punk, los emos, los hardcore, los skinhead, los hip-hop u otros grupos que han querido establecer sus propias formas de amistad, puesto que las entregada por la sociedad del momento no les satisface.

Al dar una mirada cercana a los diversos grupos juveniles que subsisten o nacen en la primera década del siglo XXI, se puede tener una idea de cuan variado es el concepto de amistad en épocas de desarraigo. El caso es que los vestuarios de los góticos de color oscuro, sus maquillajes o exuberancia blanca en la piel con labiales negros y rojos; la urgencia de expresar la parte oscura, la atracción por la muerte, por las películas, música y literatura de terror, la idea de provocarle miedo a la sociedad que ya no les satisface constituyen unas formas de amistad que van relevando las formas culturales existentes. Este movimiento alemán de los 60s aún sigue teniendo seguidores y nuevos adeptos, ya que permite al joven revelar su lado oscuro, aquellos comportamientos que la sociedad no quiere dejar ver, para el gótico es una necesidad de expresión: lo oscuro como punto de congregación.


En tanto que los skinhead o cabezas rapadas, surgido en Inglaterra en los 60s, al finalizar el siglo XX, algunos skinhead se han identificado como neonazis, utilizando la esvástica como símbolo, aunque no es cierto que todos los skinhead tengan por modelo a Hitler, si es una muestra que sus símbolos nos son estáticos y que la sociedad del momento les hastía.

A su manera, los hip-hop, movimiento popular de los años 60 quieren hacer de la danza y la música una protesta que sirva a la unidad grupal. Amistarse en torno a la música es la distinción de cualquier integrante del hip-hop que ha pasado por la música electrónica al rap y que continúa atrayendo a jóvenes del mundo ¿Qué amistades transitan allí?

Circulan por las calles los hardcore o punk duro, de origen inglés y norteamericano en los 70s. La velocidad de los ritmos, el skate como su deporte visible, los vestuarios sueltos y la libertad del sujeto es lo que fortalece la idea de amistad entre ellos. Lo curioso es que con los otros grupos se practica la enemistad.

Por su parte, los emos, movimiento de finales de los 80s, cultivan una figura melancólica, la infelicidad es la bandera de quienes así viven, consideran la tristeza y la depresión como su gran punto de unificación, los vestuarios ajustados de color negro con ribetes rosados, el cabello cubriendo una vista y la apariencia de extrema debilidad los vincula en una amistad que otros grupos, aunque comprendan, rara vez aceptan. Se dice en su contra que el emo tiene una alteración neuronal que le dificulta distinguir la realidad.

Sin paradoja, puede investigarse a profundidad el surgimiento de varios movimientos juveniles que, como cualquier revolución, terminan siendo una revolución traicionada; es decir, van desapareciendo para que las venideras recojan sus banderas o las abandonen; aunque es claro que bien se trate de maleantes o no, la amistad reglada dentro de los mismos jóvenes es la que configura la perduración de estos grupos. Así se podría seguir avanzando en muchas organizaciones juveniles que desean ser visibles ante la sociedad con sus propias expresiones, pero que les hace ser temidos o fastidiados por sus relaciones internas de amistad que rompen las venidas de la tradición cultural, del gran conglomerado social.

Como se percibe, los grupos juveniles centran su identidad, que es su manera de amistarse, en el vestuario, en la música y en medios acordados para agotar el tiempo libre, siempre en oposición a las culturas dominantes; a estos jóvenes los modelos de amistad tradiciones no les satisface, no les atrae.

f) ¿Y la academia?

En rigor a la discusión, ¿quiénes conforman la academia? Suponemos que son sujetos que, dentro de unas instituciones o fuera de ellas, han decidido explorar el saber y avanzar con el conocimiento construido, para encontrar espacios habitables-amigables para la humanidad. ¿Cuándo se integra o no la academia? Desde aquel momento en que se asume una responsabilidad enseñanza-aprendizaje de un sujeto para con el sujeto. ¿Qué defiende o promueve la academia? A título de información, las academias, sin auscultar su historia de dolor o de pasión, fueron creadas por Platón para la enseñanza de las matemáticas, las ciencias naturales y la dialéctica. Queda por aclarar un hilo, ¿la academia conserva el conocimiento o libera el pensamiento? Bien para no caer en dualidades se puede agregar que si la academia o sus integrantes son honestos, en parte conservan el conocimiento, pero lo reforman cada que sea pertinente, es decir, la buena academia defiende una constante creación y movilidad del pensamiento.


En consecuencia, la amistad en la academia sufre los mismos avatares de la sociedad; en la escuela o universidad se sigue presentando la escisión entre verdad/mentira, sabiduría/ignorancia, estudiante/profesor, claro/oscuro, montaña/valle, reconciliación/venganza, amigo/enemigo. De lo último, hay mucho por avanzar, pues en los productos y elaboraciones académicas, prima el concepto mal habido de la amistad sobre la pertinencia y potencia de lo que como acto intelectual se propone.

A la academia se la han signado sinnúmero de responsabilidades que parecen tareas para un gobernante, pero si deberá tomar cuenta el cómo concibe los encuentros con propios y extraños, Bauman señala (2002, 103) que: “El encuentro entre extraños es un acontecimiento sin pasado. Con frecuencia es también un acontecimiento sin futuro”. Ese verse con el extraño que no represente posibilidad de amistad sino una continuidad del desconocer, sentencia una clasificación, si a ello se le anexa la opción de no futuro, el paisaje es menos prometedor. Aprender a estar entre extraños como amigos retardados o por consolidar, alcanza a invertir está lógica del uso, de la utilidad, cuyos contornos podría emprender la academia.

A ojo descubierto, el hombre es un ser de irrealidades; un ser de futuro, inacabado y hasta inacabable; es el único que siente ansias de hacerse cargo de la realidad; en palabras más dramáticas, el hombre es un ser proyectado, tendido al futuro, que se considera una posibilidad en ese-pretender-ser en un-no-ahora. En consecuencia, la amistad no sólo es presente o pasado, es la tensión del adelante; es esa confusión del porvenir la que pre-viene y deja en dificultades el proceso, el acto de la amistad.

Nos dice Calvo (2008, 355): “El educador es un hacedor de preguntas inocentes, luego insiste que al poeta siempre le faltan las palabras y tiene que inventarlas”. En el primer caso, es probable que carezcamos de preguntas inocentes, de aquellas que indagan por los paisajes de la amistad en el contorno de la educación y, en extensión, de la humanidad; en el segundo, es de revisar si nos hace falta inventar palabras que den cuenta de la amistad, sus fragilidades, sus temores y, cómo no, sus panoramas teórico-prácticos.

De ahí que a Carlos Calvo, pensador chileno, se le ocurre disoñar la escuela desde la educación. A este tenor, quizás haya que disoñar la amistad desde la educación, buscarle sus prácticas, escribir sus teorías y hacer del aula un juego de amistades más que de poderes que, a veces, parece pedirle demasiado a un sistema que se especializó en instruir personas, pero no en formar sujetos pensantes y decididos en estudiar la amistad hasta comprenderla, para luego de vivirla, enseñarla.

Los destinos de la amistad deben estar en la educación, en la política, en la familia, en la empresa, en la estética, en la ética o en las religiones, en las culturas juveniles, en los desencantos de la adultez o en las entregas de la niñez, es decir, en cada una de las instituciones y espacios de la humanidad.

¿Cuál es la legitimidad de la pregunta por los destinos de la amistad? A favor se dirá que las preguntas ilegítimas son las que ya tienen respuestas, es decir, hay un manual construido donde específica los pasos a seguir; los cuestionamientos legítimos son aquellos cuyas contestaciones no se intuyen o están en construcción. Es probable que con la amistad apenas estemos haciendo las preguntas legítimas, las demás cayeron en la ilegitimidad que tampoco significa ilegalidad.
  
g) Horizontes de la amistad.

En una artesanía de la mirada, sin la soberbia del saber y bajo la seducción de la palabra como resultado de muchas voces, los horizontes de la amistad se suscitan desde los límites, es como si en las fronteras estuviera el mundo de posibilidades, el lugar para la tessera hospitalis, puesto que el origen es uno sólo, nada se origina dos veces, lo demás es comenzar.


Bajo ningún precepto, la amistad puede dejarse morir en las sospechosas aguas de la utilidad o en los desiertos del abandono; las relaciones sociales deben superar los intereses económicos; la política de la amistad no traduce abuso del poder; las estéticas de la amistad deben dar cuenta de las éticas; las políticas nocturnas deben legislar para las amistades de la oscuridad. Por si acaso, en la educación, el proceso enseñanza-aprendizaje es más fluido en el afecto que en la parquedad del absolutismo.

De manera que las amistades del amanecer no son las mismas del anochecer, pero ello no implica que el odio cobre por ventanilla; acudir a la generosidad de buscar al amigo o al desconocido en la exuberancia del amor no de la necesidad; comprender que la dignidad de la amistad debe preocuparse por la vida y la libertad; aprender a revitalizar la solidaridad en los extremos del dolor o de la alegría.

En cierto sentido, develar lo íntimo y lo externo de la amistad para que no emerjan las suspicacias propias de las angosturas del lenguaje; no caer en las lógicas de los lenguajes filosos o resbalosos que desprecian y odian. Es honroso saber que la palabra amistad aún tiene la “maña” de encontrar territorios para refugiar.

Sin falsos verbalismos, no hay que dejarse hundir en las políticas del engaño y, cuando se detectan, regresarse en la calma para rescatar el lenguaje del pensamiento vengativo. Aún en la caída, insistir en los valores humanos, no clausurarlos, no derrotarlos, sabiendo que somos humanos de forma distinta.

En efecto, la humanidad tiene un buen equipamiento para lo catastrófico; el pensamiento sombrío comporta atracción, una estética de curioso convencimiento; por lo tanto, el devenir de la amistad hay que filtrarlo de las construcciones apocalípticas o de aquellas puritanas que todo lo llevan a un paraíso.

Desprenderse de los estereotipos para comprender las búsquedas juveniles e incluso infantiles, reconocer que sus horizontes de amistad no se llenan con las fórmulas fallidas de los adultos; estamos a tiempo de dar cuenta de que la grandeza de la humanidad radicará en conceder espacios a las generaciones que van escalando o reemplazando las existentes.


La academia, las comunidades científicas y filosóficas están en mora de avanzar en todas las implicaciones psicológicas, sociales e individuales que han configurado nuestras formas de amistad y que continúan siendo pobres para resolver la tragedia que llega a ser el estar juntos.

Afrontar el analfabetismo emocional, la ignorancia de la razón es un requisitorio, la emoción está en desequilibrio en relación con la tozuda razón; por lo tanto, digno es adelantar una higiene emocional y racional, una profilaxis a nuestras éticas, desinfectar nuestros odios para que la amistad no sucumba en sus precariedades.

Es tiempo de comprender que la tolerancia es el acicate de la amistad, a esto nos dice Abad (2007, 112): “La primer regla, por tanto, de la higiene mental es la tolerancia con la conducta ajena, siempre que esta conducta no esté claramente causando daño al grupo”. No entrega una salida para reencauzar al contraventor, pero si deja claro con letras de molde que aprender a tolerar es la primer norma para acatar y, tal vez, la última que se piense en transgredir.

Requerimos interpretaciones actualizadas de la amistad, en ese esperar como lo enseñó Gandhi o el soñar como lo sugirió Shakespeare. Sin usura del lenguaje, la amistad ha de colocarse en cualquiera o en ambas configuraciones políticas o literarias que nunca aprobaron la insidia; por lo tanto, la amistad jamás podría emprender la huida cual lo supo hacer aquellos ejércitos de tierras arrasadas en disyuntivas del horror y del abandono humano.

Si bien es cierto que el poder es un discurso, una forma de ver el mundo, no es menos dramático que hay un cansancio histórico desde aquellas prácticas del poder que no reconcilian al hombre. En las flaquezas del poder, ante la orfandad, se suscitan valores emergentes provenientes de discursos álgidos, donde la pluralidad, la diversidad, la reparación, la tolerancia, la esperanza o la confianza, aparecen como una respuesta para reconstruir un modelo social donde la vida no esté en amenaza y sin espionajes telemáticos o telefónicos, para así abrir espacios a unas formas de amistad más generosas, menos científicas o religiosas si se quiere.

En efecto, el ser humano es el único que sabe de la amistad y, por lo tanto, se le exige comportarse, ajustarse a esa condición, no puede, ni bien le queda, apearse del compromiso con el otro. El hombre es historia, proyecto, trayecto, deyecto y realidad que se identifica-para-sí y para-los-demás, así de sencillo pero de trágico, a la vez.

En desborde de ánimo, el sujeto que construye, a su vez, está destruyendo, aunque también lo están diseñando o reconstruyendo. Al extremo emerge el que destruye y lo destruyen. Es pertinente ahondar en ese proceso para que la amistad no pase por la dialéctica que se empobrece y de paso empobrece al sujeto que ni se verifica ni se basta en la síntesis y dé paso, ideal por supuesto, a una conversación donde no exista la urgencia de convencer sino de hablar, en definitiva, de estar con el otro; estar con el otro implica aceptar al diverso, al diferente, al que no me quiere, al que no me agrada, de lo contrario se abundará en la lógica del paraíso, sólo caben los buenos.


En los horizontes de la amistad nos reinventamos y des-cubrimos, es una odisea que sin barco encuentra olas que le permiten navegar, después llegan los vientos fuertes que ponen en tremor, para bien o para mal, las texturas de la amistad y, por supuesto, de la humanidad.

Por lo tanto, afirmar lo humano, pero tampoco negar lo inhumano que rompe o desintegra e insistir en superar o trascender estos extremos que no pueden cerrarse en aporías lingüísticas serán urgencias de todos los tiempos; estos son paisajes de la educación devenida para que la política, la economía, la ciencia, las religiones y la utopía no nos desintegren de aquello que aún conservamos de humanos: la amistad.

Cabe concluir que, para no acordarnos de los silencios de los amigos o sólo del ruido enemigo, precisamos de mayor bonhomía en el habitar la amistad, requerimos de unas estéticas de la existencia donde podamos volver a conversar y donde hasta el aburrirse sea licito.

Al final, no nos acordaremos tanto de las palabras de nuestros enemigos, sino de los silencios de nuestros amigos.
Martin Luther King, Jr.


Referencias:

1.       Abad Gómez, Héctor. (2007). Manual de tolerancia. Bogotá: Editorial planeta.
2.       Bauman, Zygmunt. (2006). Modernidad líquida. Buenos Aires: Fondo  Cultura Económica.
3.       Calvo Muñoz, Carlos. (2008). Del mapa escolar al territorio educativo. Santiago de Chile: nueva mirada ediciones.
4.       Castoriadis, Cornelius. (2008). Ventana al caos. Buenos Aires: Fondo de cultura económica de Argentina.
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7.       Freire, Paulo. (1970). Pedagogía del oprimido. En: www.libroselectronicos gratis.com (Recuperado en noviembre de 2012).
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9.       González González, Miguel Alberto. (2009). Horizontes Humanos: límites y paisajes. Manizales, Colombia: editorial Universidad de Manizales.
10.    Hoyos, Guillermo; Serna Arango, Julián y Gutiérrez Ruiz, Elio. (2007). Borradores para una filosofía de la educación. Bogotá: Siglo del hombre editores, Rudecolombia.
11.    Kertész, Imre. (2002). Yo, otro. Barcelona: Acantilado
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13.    La Biblia. 1990. Bogotá: Círculo de lectores
14.    Lizcano Fernández, Emmánuel. (2006). Metáforas que nos piensan. Madrid: Editorial Traficante de Sueños.
15.    López de Maturana, Silvia. (2009). Los buenos profesores: educadores comprometidos con un proyecto educativo. La serena, Chile: Editorial Universidad de la Serena
16.    Nietzsche, Frederic. (2004). La gaya ciencia. Buenos Aires: ediciones libertador.
17.    Paz, Octavio. (1990). Piedra de Sol, en Poetas de España y América, volumen 21. Bogotá D.C.: Editorial Tiempo Presente.
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19.    Saramago, José. (2006). Las intermitencias de la muerte. Madrid: Punto de lectura.
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21.    Teller, Janne. (2011). Nada. (3ra reimpresión). Bogotá: Editorial Planeta.

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