lunes, 6 de agosto de 2012

Nuevos conceptos, viejas representaciones: el reto de de-construir la normalidad




Claudia Díaz Flores
Profesora Carrera de Pedagogía en Educación Diferencial, UAHC.


I. Introducción

Parece ser que el fenómeno educativo plantea grandes e innumerables desafíos a todos los actores que en él participan. Familias, estudiantes, docentes, directivos, Estado, etc. son interpelados a responder, desde sus respectivas tribunas, al urgente llamado a mejorar la calidad de la educación que se imparte en el país.

Este llamado refleja la demanda social por mejorar las condiciones de vida de los ciudadanos y ciudadanas, en términos de asegurar oportunidades de progreso y crecimiento para todos y todas,  desde sus condiciones y características particulares de existencia.

La reforma educativa, impulsada por los gobiernos de la Concertación a partir de 1990, reconoce esta realidad y recoge la idea de equidad como uno sus pilares, desde la comprensión que cualquier mejora en el ámbito educativo debe ser extensible a todos los ciudadanos. Sin embargo, la implementación de las acciones reformadoras no da cuenta de logros importantes en este sentido.


El sistema educativo nacional, no ha sido capaz de demostrar que 12 años de escolaridad posibilitan, de manera real y efectiva,  la movilidad social y cultural de las nuevas generaciones. En contraposición a ello, nos encontramos con una escuela que fragmenta cada vez más las posibilidades de acceder al capital cultural y académico que socialmente hemos definido como válido y necesario, reproduciendo cadenas de exclusión e inequidad.

Los conocidos y negativos análisis que aparecen con cada entrega de resultados de las pruebas de medición nacional- SIMCE y PSU- corroboran, año tras año, las grandes debilidades del sistema.

Desde hace décadas, los resultados del SIMCE muestran que el sistema escolar, especialmente la educación municipal, no ha logrado potenciar el desarrollo de las habilidades básicas necesarias para acceder y progresar en el currículum oficial. Por su parte, los resultados de la PSU evidencian que el desarrollo de competencias necesarias para acceder a la educación superior, es considerablemente más bajo en estudiantes provenientes de colegios y liceos municipalizados y subvencionados.

Esta situación es refrendada por el Informe sobre Educación Superior en América Latina y el Caribe del año 2006, al establecer que la deficiente calidad de la educación secundaria origina diferencias de capital cultural, social y académico, especialmente en estudiantes provenientes de los quintiles  de menores ingresos, posicionándolos en una situación de desventaja en lo que respecta a ingreso y posibilidades de éxito académico en educación superior.

Esto, no solo da cuenta de la inequidad social sino, también, de la inequidad intelectual que se produce y reproduce en todos los niveles del sistema educativo. Por ello, el desafío de ofrecer una educación de calidad, democrática, que asegure el acceso a posibilidades de participación social a todos sus miembros, se configura como la mayor y más urgente tarea exigida.


Si comprendemos el concepto de calidad educativa, como aquella que considera no solo las demandas y expectativas sociales, sino que también las demandas y expectativas de los estudiantes[1], es imperativo que las instituciones de educación formal acojan y respondan a las distintas necesidades de la población estudiantil.

Ello implica, fundamentalmente, una actitud de vigilancia de los paradigmas que sostienen nuestras comprensiones y representaciones en torno al valor de las diferencias, distanciándonos de las posturas más tradicionales que insisten en su eliminación para mejorar la calidad de la enseñanza,  y acercándonos a los modelos sociales, que consideran la pluralidad como fuente de enriquecimiento y crecimiento cultural[2].

Es en este contexto, donde el concepto de diversidad adquiere protagonismo, pues se posiciona como una nueva demanda social y pedagógica: configurar una sociedad respetuosa y validadora de la diversidad humana y, por tanto, construir un sistema educativo coherente con esos valores; un sistema educativo que asegure no sólo el acceso sino también, las posibilidades de progreso a todos sus estudiantes, desde y con sus características particulares y no contra ellas.

Esta demanda se relaciona no solo con la necesidad de asegurar el acceso democrático, justo e igualitario, al conocimiento y capital cultural socialmente valorado; nos interpela a revisar las representaciones construidas sobre aquellos “otros” considerados “diversos” y las lógicas de poder y control social que subyacen a esas representaciones.

Ese es, desde esta perspectiva, el gran reto para la educación de hoy.

II. La diversidad como discurso y práctica social

El concepto de diversidad  es un concepto polisémico, que nos lleva a un amplio espectro de concepciones, tan variadas como las racionalidades y posicionamientos teóricos que hay tras de sí.

Tal vez, un punto común sea el que generalmente se le asocia a la idea de lo diferente, lo particular,  lo distintivo. Generalmente, se comprende como una condición de los sujetos (y los sistemas sociales que conforman) que les permite reconocerse como distinto de otro; lo que es valorado, al menos discursivamente, como positivo.

Una definición interesante de este concepto, plantea la autora Rita Figueiredo al determinar que la diversidad es el conjunto de diferencias y semejanzas a través de las cuales nos conformamos como sujetos[3].

Desde su  perspectiva, aquello que nos diferencia de otros, posibilita la construcción de  nuestro sentido de identidad, y aquello que nos asemeja,  nos permite construir el sentido de pertenencia. Sostiene que: “La diversidad se hace presente en todos los niveles, desde el individual hasta el social. Ella es formada por el conjunto de las singularidades, mas también de semejanzas, que unen el tejido social.” (Dos Santos, 2003:03)

Reconocida como un valor, la diversidad se ha posicionado en los discursos políticos, religiosos, económicos, sociales,  y educativos,  con un sospecho matiz de consenso general. Declaraciones internacionales, convenciones, leyes, decretos y políticas públicas en diferentes ámbitos, reflejan este acuerdo e intentan resguardar la protección de este “patrimonio de la humanidad”, como ha sido declarado por la UNESCO.

En el caso de nuestro país, la Política de Educación Especial declara, como uno de sus principios, que “la diversidad es una fuente de riqueza para el desarrollo y aprendizaje de las comunidades educativas.” (MINEDUC, 2005: 43), relevando su valor en el campo de la educación y reconociendo la necesidad de transformar el sistema escolar, y la sociedad, en un espacio democrático, integrador y justo.


Sin embargo, una mirada reflexiva, profunda y crítica de los procesos de reconocimiento de la diversidad -especialmente en el ámbito educativo- permite develar que las racionalidades subyacentes la asocian a unas características “poco deseables”, que presentan “algunos” sujetos y que los posicionan fuera de los límites de lo que cultural y políticamente hemos construido como norma.

La idea de normalidad, comprendida como un estado, como una condición,  otorga a los sujetos la categoría de “normal” y su consiguiente certificado de “perteneciente” a un determinado grupo y espacio social.

Poseer la calidad de normal exige adaptarse a lo que, en un contexto particular, se establece como norma y  la condición de normalidad connota la presencia de atributos positivos, deseables, esperados, que hacen a un sujeto merecedor de un potencial espacio de pertenencia.

Por su parte, la anormalidad es comprendida como ausencia de normalidad. Es un constructo que permite clasificar a todos aquellos sujetos que presentan rasgos que transgreden y agreden la idea de lo común, lo típico y adecuado; que perturban y atentan contra la supuesta estabilidad desprendida de la fantasía de lo único, lo igual y uniforme.

Así, la diversidad – ya no como discurso, sino como práctica social – se transforma  en la designación y acción sobre un otro diferente, alterado, desviado… sobre un otro diverso.
En este binomio normal/anormal, la diversidad es comprendida como sinónimo de anormalidad (de atípico y extra-normativo) y se aleja, por tanto, del valor que discursivamente le es atribuido. Así, “Somos en la universidad de lo humano, donde no tiene cabida el adjetivo “diverso o diversos”, pues ello nos convertiría en adversos de la identidad individual humana… el monstruo que reafirma nuestra normalidad, ahora se ha convertido en el diverso” (Manosalva y Tapia, 2010: 23)

Es desde esta comprensión que se construyen “categorías de diversidad” (diversidad étnica, de género, cultural, sexual, social, etc.) bajo las cuales se clasifica a los sujetos en grupos “homogéneos de diferentes”, y se diseñan formas de intervención sobre aquellos, con el fin de reducir todo cuanto sea posible sus rasgos diferenciadores, esos que se alzan amenazantes contra nuestra pretendida identidad normal.  


Desde la perspectiva de Skliar, la diversidad, comprendida como anormalidad, posibilita la separación entre “nosotros” (los normales) y los “otros” (los anormales) y fundamenta la construcción y domesticación de identidades alteradas como un mecanismo de autoafirmación de la propia naturaleza normalizada. Este autor señala que Parece que hay una necesidad constante de inventar alteridad y de hacerlo para exorcizar el supuesto maleficio que los “diferentes” nos crean en tanto son vistos como una perturbación hacia nuestras propias identidades” (Skliar, 2005:24).

En esta misma lógica, Manosalva y Tapia sostienen que la relación de poder establecida con el “otro”, desde la Mismidad, es siempre una relación asimétrica; sólo eso posibilita la mantención del poder del  Sí, que crece y se fortalece en la disminución y opresión del “otro”. Agregan que “El yo, si mismo, identidad colonizadora y positivista, llena su propio Ego en la construcción de otro deficiente o un Alter anormal” (Manosalva y Tapia, 2010: 24)

Estas miradas develan que la construcción de figuras de anormalidad –y, por tanto, la construcción de normalidad-  responde a  procesos que se dan tanto en la esfera individual como social; procesos que son política e históricamente contextualizados, y que responden a  la necesidad de mantener el control y sometimiento de quienes transgreden el poder del orden y la regularidad tras la  fantasía de la normalidad.

El acto de conceptualizar al otro como diferente materializa su existencia alterada y valida la necesidad de intervenir en su desviación para reposicionarlo en los espacios de normalidad desde los cuales hemos construido las representaciones de nosotros y de los otros.

Por ello, la necesidad de mantener una actitud alerta y vigilante de las representaciones tras los nuevos conceptos y discursos, se relaciona con un esfuerzo que trasciende aspectos semánticos.

La necesidad de mirar críticamente lo que entendemos por diversidad (por necesidades educativas especiales, por vulnerabilidad social, por bulling, por homosexualidad, por multiculturalismo… etc.) se relaciona con el imperativo ético y político de no contribuir a la construcción de una realidad única que oprime, reduce y niega todo rastro de diferencia, toda posibilidad de ser y existir en una tiempo y un espacio propios, desde los cuales se dibujen otros nuevos e infinitos tiempos y espacios posibles.

III. La diversidad como práctica educativa.

La escuela, como institución de educación formal, es reconocida por muchos como un espacio caracterizado por su afán homogeneizador. La tarea de reproducir  y transmitir, a las nuevas generaciones, aquellos conocimientos, saberes y valores calificados como fundamentales por la cultura, potencia la configuración un escenario de uniformidad que invisibiliza  aspectos particulares de los sujetos.

Por ello, la discusión respecto a qué realidades se construye en la escuela, tras el concepto de diversidad, presenta mayores y más concretas evidencias.


El sistema educativo formal, pensado y construido desde la normalidad, tipifica a los sujetos en categorías excluyentes y genera procesos de segregación, explícitos y simbólicos, que reproducen hasta la saciedad situaciones de desventaja e inequidad intelectual y social.

La cultura escolar ha posicionado prácticas de clasificación de sujetos (estudiantes, profesores, familias) como una de sus características fundamentales. En la tarea simple  de evocar nuestras experiencias escolares, podemos notar que los ejemplos abundan y se multiplican: comportamiento normal, aprendizaje normal, ritmos normales, intereses normales, cuerpos normales, inteligencia normal… en definitiva, formas normales de ser, conocer, hacer y convivir.

Así, nos es común escuchar y hablar sobre los estudiantes normales y los “otros”, los “diferentes”, los “especiales”, connotando en esa clasificación de otredad a quienes presentan características que transgreden los límites de lo que, en ese espacio, ha sido definido como norma.

Esta construcción de existencias anormales -que Skliar define como proceso de diferencialismo[4]- trasciende las fronteras de la escuela y sus prácticas de homogeneización y se posiciona, desde las actuales políticas educativas de “atención de la diversidad”, como la base conceptual y paradigmática que sostiene dichas prácticas.

Resulta paradójico observar que el concepto de diversidad que sustenta estas propuestas, no es más que una nueva forma de connotar a “los otros”, a los “diferentes” bajo la promesa de una idílica inclusión; no es más que un nuevo proceso de normalización, de tipificación de las legítimas diferencias que nos constituyen como seres humanos.

En nuestro país, la Política de Educación Especial (“Nuestro compromiso con la diversidad”), aprobada el año 2005, vuelve a reproducir la comprensión de la diversidad como sinónimo de anormalidad[5], y establece “líneas estratégicas y acciones a realizar” que se configuran como patrones de intervención sobre esos “otros diversos”[6]; intervención centrada en aquellas características particulares que, en el espacio escolar, son significadas como dificultades y que posicionan a los estudiantes en la categoría de “diferentes” (dificultades de aprendizaje, dificultades socio-afectivas, conductuales, motoras, sensoriales, de lenguaje, etc.).


Las prácticas de “atención a la diversidad” evidencian la comprensión de las diferencias humanas como rasgos del sujeto que deben ser corregidos, borrados o, al menos, disimulados, pues ponen de manifiesto la incomplitud del “otro” y sellan la distancia de “nosotros”, materializando su pertenencia a un espacio distinto, un espacio “otro” donde es rehabilitado y atendido, desde la lógica binaria normalidad/anormalidad. Entonces, “…el llamado atención a la diversidad es otro proceso más de diferencialismo que pone el acento en el otro, el problema en el otro y, cuya supuesta solución, es la atención de ese otro o para ese otro” (Manosalva y Tapia, 2009:96)

De este modo, el propósito central –no declarado- de las políticas de “atención a la diversidad”, es el  reposicionamiento de lo diferente;  la identificación y control de anormalidades y nuevas propuestas de atención, rehabilitación y normalización de los  “otros”.

La diversidad, como práctica educativa centrada en la intervención de los diversos, es controladora y no validadora de las legítimas diferencias que nos configuran como humanos. Lejos de ello, continúa posicionando a las diferencias como un problema educativo, como una barrera que dificulta la consecución de los fines de la educación y se transforma en un potente argumento que sustenta prácticas de exclusión tanto implícitas (la existencia de aulas de recursos dentro de las escuelas regulares, espacios de anormalidad instalados desde la disposiciones legales y validados como espacios de aprendizaje para los diferentes) como explícitas (la expulsión de estudiantes de las instituciones escolares).

En palabras  de Foucault, estas disposiciones legales corresponden a mecanismos de tecnología de anomalía humana, aquella “red singular de poder y saber que reúne o inviste las figuras (de anormalidad) según el mismo sistema de regularidades” (Foucault, 2001:66).

La tecnología de la anomalía humana -comprendida como un sistema de conocimiento al servicio de la normalización- pone a disposición de las sociedades una variedad de mecanismos orientados a estos fines, siendo los dispositivos jurídicos uno de los más eficaces.

De esta manera, la Política de Educación Especial, no sólo legaliza comprensiones peyorativas y opresoras acerca de la diversidad y las diferencias, además valida formas de intervención, un ámbito disciplinar, un cuerpo de conocimientos y profesionales especializados en los problemas de los otros.[7]

La prometida integración escolar, que se levanta como el gran objetivo de las políticas de “atención a la diversidad”, vuelve a reproducir situaciones de segregación, ahora dentro de un mismo espacio, donde se generan prácticas pedagógicas diferenciadas, a cargo de profesores diferenciados, en salas diferenciadas, con materiales diferenciados, en el contexto de un currículo diferenciado, para estudiantes diferentes.

Esto es lo que Skliar llama “inclusión excluyente” aludiendo a la creación de la “ilusión de un territorio inclusivo… espacialidad donde vuelve a ejercerse la expulsión de todo lo otro, de todo otro pensado y producido como ambiguo y anormal” (Skliar, 2005:26)

Estas reflexiones no pretenden desconocer la importancia de la integración social,  ni muchos menos pretenden servir de argumento para la exclusión, sino más bien buscan instalar la sospecha sobre estos conceptos que aparecen como carentes de significaciones y comprensiones, descontextualizados, como lenguaje vacío que no construye realidad.

La invitación es a develar las propias representaciones en torno a lo que consideramos normal/anormal, y a reconstruir nuevas formas de comprender-nos, encontrar-nos y comunicar-nos, como uno de los elementos fundamentales en el desafío de aportar al desarrollo de una escuela democrática y socialmente justa, que ofrezca reales posibilidades de transformación y desarrollo a todos los actores que la constituyen.

IV. A modo de conclusión…

La diversidad comprendida como un problema, como una marca negativa que algunos sujetos presentan y que los ubican en una categoría de inferioridad, es un eficaz mecanismo para mantener situaciones de inequidad e injusticia social.


Por eso, la necesidad de develar las representaciones que se producen y reproducen tras este (y otros) concepto, se configura como una demanda urgente en la discusión acerca del mejoramiento de la calidad de la educación.

Una educación de calidad no puede ni debe ser entendida como aquella que potencia las habilidades académicas de “los mejores” (característica de las actuales iniciativas en esta materia; que buscan, a través de la selección de estudiantes, de profesores y de colegios, asegurar resultados cuantitativamente exitosos).

Comprendida así, la educación no hace más que mantener lógicas de exclusión, históricamente y políticamente construidas y potenciadas, con el fin de resguardar intereses y privilegios de unos pocos.

El debate en torno a qué se entiende por diversidad y cuáles son los dispositivos y prácticas pedagógicas tras esas comprensiones, supera ampliamente aspectos  meramente lingüísticos (aún cuando este solo aspecto ya es relevante si consideramos el lenguaje como constructor de realidad). También sería una reducción asociar esta discusión solo a la defensa de los derechos de las personas con discapacidad.

El debate acerca de cómo comprendemos y vivimos la y en la diversidad, se relaciona directamente con las estructuras políticas que sostienen nuestra sociedad y que han sido culturalmente construidas con unos fines orientados hacia la mantención del poder y control social.

Por ello, los profesores y profesoras –comprendidos como agentes de transformación social– no podemos mantenernos al margen de estas reflexiones. Mucho menos podemos aparentar una actitud de neutralidad frente a procesos que involucran tantas y tan profundas consecuencias.

En palabras de Paulo Freire, solo una educación valiente - construida por sujetos  activos, concientes de la responsabilidad social y política involucrada en el rol pedagógico-  permitirá germinar nuevos diálogos, nuevas miradas, nuevas comprensiones y nuevas formas de comunicación.

Pero esas nuevas formas de aproximarnos, comprendernos y significarnos, no se construyen imponiendo normativas ni disposiciones legales; tampoco se construyen cambiando los nombres a nuestras viejas y anquilosadas representaciones.


Tal vez un camino posible, sea abrirnos al diálogo, a la reflexión conciente e intencionada, aquella que nos permita cuestionar y cuestionarnos, preguntarnos, problematizarnos, acerca de aquello construimos como lo lógico, lo regular, lo típico, lo normal. Poner, en palabras de Skliar, la sospecha sobre la normalidad y hacer de la anormalidad lo esperable y deseable.

Invertir las lógicas, invertir las preguntas, invertir las miradas; cuestionarnos cuál es la diversidad que debe ser atendida e intervenida, cuáles son los atributos que hacen a un sujeto diverso, cómo somos parte de esa diversidad que tradicionalmente hemos posicionado en los otros… tal vez ese sea el gran reto.

Ello nos exige mantener una actitud de vigilancia epistemológica que permita develar y de-construir las representaciones  acerca de la norma y lo normal,  y reconstruir una relación pedagógica que  comprenda, valore y acoja las diferencias como una opción ética y política.

Referencias

Dos Santos, M. (2003). Pedagogía de la diversidad. Desafío del Mundo Contemporáneo. Santiago, Chile. Edit. LOM.

Foucault, M. (2001). Los anormales. México. Fondo de la Cultura Económica.

Manosalva, S.  Tapia, C. (2009). “Atender a la diversidad: el control social en la significación de alteridad (a)normal”.  En: Paulo Freire. Revista de Pedagogía Crítica, Nº 7. Santiago, Chile. UAHC.

Manosalva, S.  Tapia, C. (2010) Historia de la educación especial en Chile: un análisis socio-crítico. Informe Final Núcleo Temático de Investigación Pedagogía en Educación Diferencial, Santiago, Chile. UAHC.

Mineduc (2005) Política Nacional de Educación Especial. Nuestro compromiso con la diversidad. Santiago, Chile.

Skliar, C. (2002) Alteridades y pedagogías. o... ¿y si el otro no estuviera ahí. En revista Educación y Sociedad; año 23, Nº 79.

Skliar, C. (2005). “Juzgar la normalidad y no la anormalidad: Políticas y falta de políticas en relación a las diferencias en educación”. En: Paulo Freire. Revista de Pedagogía Crítica, Nº 3. Santiago, Chile. UAHC.

UNESCO (2006) Informe sobre la Educación Superior en América Latina y el Caribe 2000- 2005. La metamorfosis de la educación superior.




[1] Para profundizar en el concepto de calidad propuesto, se sugiere revisar a Tobón, Rial, Carretero y García (2006). Competencias, calidad y educación superior. Colección Alma Mater. Bogotá.
[2] En palabras de Marchesi, este distanciamiento implica transitar desde una ideología liberal  hacia ideologías de orden pluralistas e igualitarias.
[3] Para profundizar en estos planteamientos, se sugiere revisar: Figueiredo, R. (2002). Políticas organizativas y curriculares, educación  inclusiva y formación de profesores. Ed. Alternativa, Brasil.

[4] “… que consiste en separar, en distinguir de la diferencia algunas marcas “diferentes” y de hacerlo siempre a partir de una connotación peyorativa”. Para profundizar en este concepto, ver: Skliar, C. (2005). “Juzgar la normalidad y no la anormalidad: Políticas y falta de políticas en relación a las diferencias en educación”. En: Paulo Freire. Revista de Pedagogía Crítica, Nº 3. UAHC. Santiago, Chile. 


[5] Los sujetos abordados por esta política son precisamente aquellos que, en el espacio escolar, son reconocidos como diferentes: los estudiantes con discapacidad (ahora llamados con “necesidades educativas especiales”) clasificados según el tipo de NEE que presentan (permanentes o transitorias).
[6] “Atender la diversidad”, “dar respuesta a la diversidad”, “atención de personas con necesidades educativas especiales”, son frases que se repiten permanentemente en la Política Nacional de Educación Especial.
[7] Por ello, la necesidad de mirar críticamente estos procesos no interpela sólo a los profesionales de la educación regular. Los profesionales ligados al ámbito de la educación especial enfrentamos un desafío aún mayor: volver la mirada a las bases desde las cuales se ha construido nuestra disciplina y, al menos, tensionar las concepciones y representaciones que han dado origen y continuidad a nuestro hacer profesional; repensando nuevas formas de ser y hacer desde la educación diferencial e instalar estos cuestionamientos en los debates educativos, como una cuestión central en la discusión acerca del mejoramiento de la educación.

Otra Pedagogía es posible: el desarrollo de competencias situadas en los nuevos educadores



Blanca Astorga Lineros
Profesora de la Carrera de Pedagogía en Educación Diferencial, UAHC.


Asúmanos lo complejo del escenario socio-político actual, evidenciado concretamente en fuertes demandas sobre le educación y la formación de profesores. Esto se traduce en una evidente tensión profesional que nos hace transitar y responder erráticamente entre los lineamientos y ordenanzas ministeriales, las evaluaciones estandarizadas y los anhelos transformadores de los estudiantes y del profesorado.

Este presente, querámoslo o no, define el contenido de las prácticas educativas que diseñamos y desarrollamos al interior de las instituciones formativas. Lograr avanzar hacia la construcción de competencias profesionales no resulta ser tarea fácil, pero, sin duda, representa una labor imprescindible para llevar adelante aprendizajes legítimos y más pertinentes en los futuros profesores, los cuales propiciarán, a su vez, nuevos aprendizajes entre los alumnos que, sin duda, deben dar cuenta de altos niveles de calidad en la labor docente realizada.


Pensemos en lo siguiente: “Educar en el mundo contemporáneo es todo un reto para los agentes educativos que intervienen en este proceso, pues la educación y con ella la universidad tiene como misión principal darle oportunidades educativas a todas las personas y formarlos para la vida”, González y Pérez (2002).

Desde lo anterior, puede desprenderse que ya no basta sólo con impartir los conocimientos y evaluar la apropiación de los contenidos de cada programa de asignatura. El desafío está adscrito a un aprendizaje mayúsculo, desde la lógica del crecimiento del sujeto, del desarrollo de éste como futuro profesor y de la transformación de las condiciones del contexto de pertenencia y/o el de intervención.

En este escenario, una de las primeras competencias que debemos desarrollar en los nuevos educadores es la “capacidad para reconocer las cualidades propias y abordar las diferencias grupales”, por decirlo de algún modo. Consideramos que la oportunidad más concreta y valiosa que permite a los estudiantes de Pedagogía asumir y valorar las diferencias de sus futuros alumnos y llevar adelante el trabajo pedagógico, debe ser una que esté marcada fuertemente por su propia experiencia en las aulas, desde la deconstrucción, construcción y reconstrucción de sus propios saberes. De este modo, se garantiza que pueda probablemente comprender el proceso de aprender desde su particular experiencia y, así mismo, autovalorar y destacar la diversidad de los modos de aprender, de vivir y de ser propios y de sus futuros estudiantes.

Éste tránsito formativo en el nuevo educador resulta ser un proceso trabajoso y complejo, en razón principalmente del reconocimiento de la singularidad de los actores involucrados y de las posibilidades de trascendencia permanente que viven, tanto de los estudiantes como de los docentes.


Sin duda, el proceso de conformarse en un estudiante universitario y llegar a desarrollar las competencias para transformarse en profesor, debe darse en un escenario de compromiso auténtico por la calidad de la docencia que impartimos los docentes universitarios. Esto supone tener como objetivo fundamental la construcción de competencias “situadas” que permitan actuar conscientemente, desde los aprendizajes de la disciplina elegida y hacía la construcción, en sus alumnos, de las herramientas para modificar las condicionantes contextuales adversas o lejanas al aprendizaje.

A nuestro parecer, para lograr lo anterior es preciso reconocer las fortalezas, las capacidades y las destrezas de los estudiantes de Pedagogía, desarrollando, a partir de ello, las competencias creativogénicas necesarias para la acción pedagógica. Asumiendo, además, el crecimiento y la transformación de los estudiantes desde una mirada que renueve la docencia y el modo de enfrentar la realidad cognitiva del alumno, transformándola en competencias metacognitivas y emancipadoras. Potenciando y reconstruyendo simultáneamente el sentido, las directrices, los modos didácticos y las acciones educativas posibles de incluir en esa “caja de herramientas” llamada didáctica del educador. Lo importante aquí es apostar por una docencia que cuestione, movilice y modifique el escenario pedagógico universitario.

Visto así, la docencia universitaria debiera interpelarnos, llevarnos a estadios profusos y profundos de reflexión, de un alto nivel de vigilancia epistemológica gremial y pedagógica que nos permita comprender que el éxito académico estudiantil deja de ser un atributo particular (cultural y social) del estudiante. En primera instancia, dicha comprensión surge desde las inquietudes y los cuestionamientos que en la presencia del estudiante y la posterior vinculación con el docente se alcance. Posteriormente, en consonancia con lo anterior, ello concierne a la evaluación, a las metodologías, a los recursos y los intereses fundamentales[1] de la cátedra específica y de quien imparte la docencia.

Si acogemos las ideas antes señaladas, estaremos de acuerdo en que el solo ingreso de cada alumno de secundaria a la universidad no garantiza las habilidades cognitivas y académicas básicas que se esperan al inicio de la formación superior. Muchas veces ocurre que ese grupo de estudiantes -de bajo pronóstico de éxito académico- empieza a hacerse visible para la institución  de educación superior a partir de un perfil de ingreso idealizado que enfatiza negativamente las diferencias de entrada (derechamente, las diferencias se vuelven desigualdades y no al revés). Ello nos impone la tarea de “hacerse cargo” (reconociendo, valorando y desarrollando) de la diversidad  y de los modos de acceder y crear el aprendizaje. Potenciando, en ellos, las habilidades previas que el estudiante universitario requiere para convertirse posteriormente en un profesional de la educación.


Como ha sido dicho: “La educación deberá centrarse en la adquisición de competencias por parte del alumno. Se trata de centrar la educación en el estudiante. El papel fundamental del profesor debe ser el de ayudar al estudiante en el proceso de adquisición de competencias. El concepto de competencia pone el acento en los resultados del aprendizaje, en lo que el alumno es capaz de hacer al término del proceso educativo y en los procedimientos que le permitirán continuar aprendiendo de forma autónoma a lo largo de su vida”  Bajo, María Teresa (2010).

El desafío supone, en consecuencia, avanzar hacia un tipo de docencia erigido desde un modelo educativo hermenéutico y reflexivo que, estando inspirado en competencias, logre superar la idea positivista de la medición, el status y la clasificación de los estudiantes en: competentes, pseudo-competentes y no competentes (como ya se hace estigmatizadoramente con los propios docentes del sistema escolar en el marco del extrañamente denominado “marco para la buena enseñanza”).

Señalamos, finalmente que la competencia debe ser resignificada, tal como propone Philipe Perrenoud, en cuanto capacidad de movilizar diversos recursos cognitivos para hacer frente a un tipo de situaciones. Algo así como una capacidad movilizada y movilizadora, una suerte de capacidad compleja y complejizadora que está en el propio sujeto y que alguien, en nuestro caso el profesorado universitario, debe movilizar.

Adscribimos, por cierto, a esta concepción epistemológica porque, a su vez, apostamos por otra pedagogía, una pedagogía crítica y hermenéutica que se edifique ética y políticamente lejos del objetivo técnico e instrumental del grueso de las nociones de competencias existentes, yendo más allá de pretender calificar, marcar o psicopatologizar a un estudiante. Ese es, en el fondo, el discurso central de una nueva formación de educadores desde una mirada humanista y crítico-complejizadora.




[1] Habermas, como se sabe, señala distinto intereses humanos. Ellos se manifiestan en la orientaciones que reconoce la formación de profesores, ya sea desde un interés “técnico” de transmisión y ejecución de contenidos globales, pasando por la implementación “práctica” de metodologías comprensivas con el contexto, hasta aquellas acciones “crítico” – innovadoras, construidas en y con el sujeto educativo y su entorno.

Educación en Liceos de Excelencia: ni justa ni de calidad


Carolina Tapia Berríos
Docente de la Carrera de Pedagogía en Educación Diferencial.
 Coordinadora del CEMPIN.


Nuestro país ha declarado en convenciones, políticas públicas y educativas,  promulgación de leyes y decretos, entre otras instancias, que asume el desafío y compromiso de la integración de personas con y sin discapacidad y la aceptación y respeto por la diversidad en las escuelas, liceos y universidades. Sin embargo, como los discursos desde donde emergen estos compromisos no necesariamente responden a procesos reflexivos que apunten a deconstruir representaciones, pensamientos colectivos y formas de comprender al ser humano y a los sistemas sociales, no ha de extrañarnos que, paralelamente a la promulgación de políticas en materias de integración y de “atención a la diversidad” bajo el anhelo de una educación inclusiva, surjan desafíos que son absolutamente contraproducentes con estas intenciones explicitadas. Principalmente aquellos que siguen asociando la existencia de una educación de calidad a la idea de seleccionar a los mejores de cada comuna, aquellos representantes de la normalidad, del sujeto ideal, a aquellos que -en “una escuela inclusiva”- no tendrían las mismas posibilidades.


En este contexto, cabe hacerse al menos la siguiente pregunta: ¿cuáles son los supuestos y premisas que sostienen la política de creación de “escuelas de excelencia”?

Primero, a mi juicio el más evidente, refiere a la comprensión de que una buena educación, una de calidad, es aquella centrada en el conocimiento, en el desarrollo cognitivo, es decir, una educación academicista. Aquella que puede promover productos mensurables, cuantificables, por lo tanto, comprobables.

Segundo, no menos evidente, la comprensión de que los “buenos” y, por consiguiente, “mejores estudiantes”, son aquellos que rinden mejor en las pruebas, ya sea estandarizadas o no, es decir, aquellos que den cuenta de la eficacia y productividad de la educación.


Tercero, la noción de que a mayor selección de estudiantes centrada en criterios academicistas, se dan mejores resultados, pues, así es más factible realizar los famosos procesos de homogenización y normalización de estilos, de ritmos de aprendizaje y de conductas, entre otros elementos que hacen propicio la “técnica” de enseñar.

Ligado a los anteriores, el cuarto supuesto nos remite a un problema epistemológico: la construcción del sujeto racional e ilustrado. Basado en la filosofía cartesiana y kantiana que promueven la sobrevaloración de la razón ilustrada y, por ende, la construcción de sujetos racionales. Con ello, se continúa reproduciendo la idea y la fijación de un valor a la inteligencia (entendida como coeficiente intelectual) y la razón como características esenciales de los seres humanos.

Todos los supuestos anteriormente mencionados nos permiten comprender la cruda realidad que sustentan las últimas de las decisiones en nuestro sistema educacional: una racionalidad instrumental instalada y legitimada que reduce –una vez más- la cuestión de la educación a lógicas del mercado, de la eficacia, de la productividad, lo que -como sabemos- siempre tiene consecuencias para aquellos que quedan fuera de estos constructos.


Con estas medidas, principalmente la creación de liceos de excelencia, volvemos a legitimar los procesos de selección social de “mejores y peores” estudiantes que promueven la exclusión de aquellos que no responden a la tipificación ideal, a la norma. Con ello, estamos diciendo que el ideal de las escuelas inclusivas, valoradoras y aceptadoras de la diversidad son aconsejables en términos éticos pero que no se ajustan a la esperanza de la calidad en educación. Es más, explícitamente se está promoviendo que aquellos “estudiantes mejores” asistan a los liceos que aseguran sus resultados, pues, están creados con esos fines, para esos estudiantes. Esto es, son liceos para algunos, para los normales, práctica educativa en la que lo ético pareciera pasar a segundo plano, donde la normalidad explícitamente vuelve a ser el centro y define la periferia.

De este modo, tenemos colegios mejores para estudiantes mejores, en la que cada cual tiene lo que se merece. Quizás es eso lo que realmente quiere decir la frase: “una educación justa para todos y todas.”