lunes, 14 de abril de 2014

Prácticas evaluativas: ¿son o no son el núcleo duro de los cambios educativos?


Domingo Bazán, Blanca Astorga y Loreto González
Pedagogos, académicos de la Universidad Academia de Humanismo Cristiano


I. Preámbulo (“que no alcanza para ser una evaluación diagnóstica”):

Se suele decir que “las reformas educativas apuntan a cambiarlo todo, menos la evaluación”. Puede haber relativa verdad en esta sentencia, sobre todo si la analizamos a partir de la gran dificultad que existe y ha existido para innovar en las prácticas evaluativas, esto es, en los modos de concebir, valorar, diseñar y vivenciar la evaluación en el sistema educativo.


En estas coordenadas, muchas reformas han aspirado a cambiar los contenidos y trayectorias escolares, los propósitos formativos declarados en los planes y programas de estudio, las concepciones y modalidades de enseñanza y aprendizaje, el rol de los educadores en la enseñanza, las normativas escolares e, incluso, el abordaje de los temas menos tradicionales de la vida en las aulas, tales como las emociones, el cuerpo y la convivencia. Todo este esfuerzo de innovación curricular y didáctica, empero, parece desdibujarse y perder fertilidad a la hora de abordar el problema de las prácticas evaluativas que se realizan en el aula.

¿Cómo explicar tamaña disonancia pedagógica? Un ejercicio reflexivo preliminar podría llevar a plantearnos tres hipótesis comprensivas en torno a las dificultades existentes para concebir y mejorar nuestras prácticas evaluativas:

II. Hipótesis 1: La evaluación educativa es mucho más que un conjunto de técnicas y procedimientos para decidir si los estudiantes han aprendido o no.

Primero, digamos que la evaluación educativa se ha reducido y simplificado al máximo en cuanto a los parámetros de qué se evalúa y quién evalúa, esto ocurre en correlación con los estilos modernos de abordaje y conocimiento de la realidad propios del paradigma dominante. Así, por un lado, la evaluación se ha sobre-especializado y concentrado en el aula, en el niño, en su mente, en su hemisferio izquierdo, en lo que recuerda/entiende de matemáticas, en las respuestas que da el niño a una prueba. Por otro lado, la evaluación se ha sobre-racionalizado, privilegiando lo cognitivo, lo individual, lo intramental, lo objetivo, lo universal de lo educativo. En consecuencia, la evaluación ha terminado constituyéndose en una rutina educativa de carácter marcadamente individualista, micrológica y escasamente participativa.

Segundo, esta evaluación es resultado directo y relevante de la concepción pedagógica que tengamos. El refrán sería: “dime cómo evalúas y te diré qué entiendes por educación, aprendizaje y desarrollo humano”. Por ello, podemos sostener que no habrá cambios en las prácticas evaluativas sino aclaramos y explicitamos las opciones epistémico-educativas que subyacen a cada educador o grupo de educadores, en un proyecto educativo situado y frente a las políticas públicas de calidad respectivas.


Este es un tema de alta complejidad, sobre todo porque es habitual que los cambios en educación termine reducidos a una cierta lógica “vanguardista”, esto es, de hacer lo que antes no se hacía, de hacer con categorías modernas, de “estar al día o a la moda”, pero sin interrogar el fondo ético y epistémico de las nuevas prácticas educativas en el sentido de un “hacer distinto”, un hacer verdaderamente extra-paradigmático. En este sentido, los argumentos del cambio son más bien lineales, de actualización o acumulación de nociones, o sea, pasar de medir a calificar, de calificar a evaluar, de lo psicométrico a lo edumétrico, de lo tradicional a lo actual:

ENFOQUE TRADICIONAL
ENFOQUE ACTUAL
·  Todos  los alumnos aprenden de la misma manera. La enseñanza y la evaluación se pueden estandarizar.
·  No existen alumnos estándar. Cada estudiante construye su propio aprendizaje a partir de sus saberes previos y mediado por otros. La enseñanza y la evaluación se diversifica.
·  La única forma de evaluar el progreso de los estudiantes es a través de pruebas de lápiz y papel.
·  Existen variados procedimientos para evaluar. Observación, realización de proyectos, trabajos prácticos, portafolios, bitácoras de aprendizaje, pruebas de lápiz y papel, permiten una mirada y comprensión global del proceso.
·  La evaluación está separada del currículo y de la enseñanza. Existen tiempos, lugares y métodos para realizarla.
·  Los límites entre currículo y evaluación se diluyen. La evaluación ocurre en y a través del currículo, es decir, en la práctica diaria.
·  Existe un cuerpo de conocimiento bien definido que los alumnos han de dominar; el mismo que han de demostrar/reproducir en la prueba.
·  El fin principal de la educación no es la reproducción. Aprender a aprender, desarrollar habilidades, destrezas, pensamiento crítico y reflexivo, actitudes. Aprender para toda la vida.
·  Al diseñar un procedimiento evaluativo, la eficiencia (corrección, cuantificación y aplicación) es lo más importante.
·  Al diseñar un procedimiento evaluativo importan los beneficios que éste puede aportar al aprendizaje del estudiante.
·  La enseñanza exitosa prepara al alumno para rendir bien en las pruebas diseñadas para medir sus conocimientos.
·  La enseñanza exitosa prepara al alumno para aprender a aprender, transferir los aprendizajes más allá de la sala de clases; para la vida
·  Promoción de la cultura del control, de la selección, comprobación, clasificación, competitividad, inmediatez, del poder. Irreflexiva y antidemocrática.
·  Promoción de la cultura de la comprensión, diálogo, retroalimentación, aprendizaje, reflexión, autocrítica. Democrática, flexible, colegiada.

Una mejor (y más avanzada) evaluación es posible si recoge estas nociones precedentes, pudiendo, quizás, remplazar una práctica evaluativa premoderna por una moderna (con todos los parámetros que definen este paradigma de base). Empero, desde un enfoque hermenéutico-critico, ello no es suficiente aún, pues, todavía puede ser que las prácticas evaluativas se reduzcan a una lógica “más de lo mismo”, esto es, intra-paradigmática, cuya visión no es capaz de garantizar un giro epistemológico que evidencie la necesidad de mirar de otro modo la realidad educativa, esto es, cambiando la racionalidad subyacente, modificando el interés cognitivo que define a una determinada práctica, de modo de no sólo “evaluar en forma actualizada” sino de modo profundamente “diferente” desde un punto de vista de la relación sujeto-objeto, teoría-práctica, adaptación-transformación.

El siguiente esquema dibuja esta macro-tensión entre una práctica evaluativa antigua o nueva (cambio lineal) versus una práctica evaluativa etic-objetivista o emic-subjetivista (cambio paradigmático):



Entonces, sólo cuando se comprende el proceso de aprendizaje como un medio para satisfacer la necesidad básica que tiene el ser humano de dar significado a sus experiencias, liberándolo de sus ataduras y opresiones,  la interacción social, la colaboración y la horizontalidad pasan a ser aspectos intrínsecos al hecho pedagógico, al aprendizaje y la evaluación. En este sentido, una concepción crítico-constructivista del aprendizaje nos viene a proponer/explicar el proceso evaluativo como una intervención  que ayuda a los sujetos a reconstruir los temas que se están evaluando, es decir, la evaluación es concebida como un proceso generador de cambios que va en busca de cómo el sujeto significa y resignifica la realidad. Así, la utilización de procedimientos evaluativos tales como el portafolio, concebida como una actividad individual metacognitiva supervisada por el profesor, permite que el educando pueda acceder a la Zona de Desarrollo Próximo, estimulando y potenciando no sólo la eficiencia de los nuevos aprendizajes, sino además el paso del niño, niña o adolescente a un nivel superior de desarrollo, con las implicaciones que esto tiene en el aspecto evaluativo y sus influencias en el desarrollo integral del estudiante como ser humano y personalidad en evolución. De lo contrario, tenemos y seguiremos teniendo profesores que –aun usando el mentado portafolio metacognitivo- siguen sosteniendo prácticas evaluativas domesticadoras y normalizadoras.

Lo anterior se ve reforzado si atendemos a que los componentes técnicos y procedimentales de la evaluación educativa pueden efectivamente operar y fluir -por la inercia de las cosas- de modo instrumental, neutral y mecánico, al amparo de objetivos de rendimiento y eficiencia escolar. Contrariamente, tales prácticas educativas sólo adquirirán sentido pedagógico y valor de uso para los educadores y estudiantes en la medida que puedan ser debatidas y argumentadas las razones de educar y de evaluar, dando respuestas situadas y participativas al para qué evaluar, que es finalmente una pregunta de racionalidad valórica.

Sumados los dos argumentos anteriores, podemos sospechar que prácticas evaluativas renovadas no son sólo aquellas que se hacen cada vez más elaboradas y científicas, en el derrotero lineal y positivista de la actualización, ese aparente nuevo saber pedagógico que no habla ya de juicio de expertos ni de medir, sino de evaluar para tomar decisiones y mejorar las prácticas educativas. Lamentablemente, no es tan simple, pues, la evaluación educativa que se requiere es mucho más que “estar al día”, representa un verdadero cambio de paradigmas en el sentido de modificar profundamente las concepciones y creencias que subyacen al quehacer educativo, transitando, por ejemplo, desde patrones de objetividad a patrones situados e intersubjetivos; pasando de procedimientos exteriores, desde la sospecha y el control, a procedimientos basados en la confianza, la autorreflexión y el diálogo. Este giro epistemológico en lo que entendemos y hacemos por evaluación educativa se topa cotidianamente con procesos evidentes de parálisis e inercia epistemológica, tan propios de la cultura escolar.


III. Hipótesis 2: La evaluación educativa es mucho más que un asunto de buenas intenciones o de esfuerzo individual.

La evaluación es una práctica educativa determinada por los factores socioculturales y políticos que definen la vida en la escuela. En esta escuela operan relaciones de dominación y procesos supraindividuales y coactivos de socialización de las nuevas generaciones pero también para los docentes y equipos técnicos de apoyo. Esta es la principal función de la educación, mantener la sociedad tal como está, reproducirla, hacer de las nuevas generaciones actores sociales situados, adaptados, ajustados a los fines y medios que caracterizan a esa sociedad. Las posibilidades de cambio y transformación son posibles, se señala, pero se reducen usualmente a condiciones periféricas y confrontacionales dentro del paradigma dominante, en el desafío casi utópico de re-inventar la escuela y la sociedad.

Esto significa que opera una microfísica del poder, un disciplinamiento severo y aplastante, que hacen de la cotidianeidad del aula el refuerzo natural y permanente de las relaciones de dominación y homogeneización que alimentan las instituciones educativas y, posteriormente, la sociedad en su conjunto. En este preciso sentido, existe una relación muy estrecha entre educación y política, entre evaluación y poder, entre evaluación y democracia. Si nuestra renovada concepción de la evaluación se basa en una concepción constructivista -ya no conductista-, entonces, debería idealmente tener sentido apostar por el juego, el diálogo, el error, la confianza y la participación en el diseño de las prácticas evaluativas a desarrollar. Pero no ocurre así, no sólo porque abunda el sujeto pseudoconstructivista en la escuela chilena, sino porque ninguna reforma buscará renunciar al poder de los que gobiernan ni dejará a los adultos expuestos al arbitrio de los niños y jóvenes en el aula.

Por su parte, en su rol domesticador y oprimido, a la vez, difícilmente un profesor aceptará que su poder se reduzca todavía más, disfrazando una y otra vez de participativas y dialógicas prácticas hegemónicas de control y normalización, dentro de las normas y creencias del paradigma dominante, tal como nos anticipó Durkheim que hacía la escuela moderna y que luego denunciara abiertamente Foucault.             

Como ya sabemos, en las sociedades modernas la educación representa el espacio privilegiado para llevar a cabo la reproducción social. De la familia y la escuela, como instituciones educativas, se espera que socialicen al nuevo miembro que se incorpora, propiciando la construcción de su personalidad social. La escuela, como institución social educativa, socializa mediante la enseñanza de conocimientos legitimados públicamente. En este sentido, la escuela es un lugar social donde se enseñan y se aprenden conocimientos válidos y significativos. Debe entenderse que la escuela, como señala Carlos Cullen: “resignifica continuamente procesos socializadores anteriores y simultáneos, interiores de la escuela y exteriores a ella. La escuela no inventa la socialización ni la monopoliza. Lo que sí hace, o debe hacer, es resignificarla desde la enseñanza”[1].

Se trata, en suma, de una tarea reproductora que tiende a homogeneizar a la población y que establece además las condiciones básicas de adaptación y de transformación que el sujeto y la sociedad requieren. Que la función educativa se cumple, lo corrobora la propia vigencia de nuestra sociedad. Sin embargo, hoy se considera que la escuela no ha sido capaz de demostrar éxito en las tareas encomendadas y que, como corolario, urge renovarla. El conjunto de las críticas levantadas convierten a la escuela en una institución en crisis, desdibujada frente a otros agentes de socialización y fragmentada en su expresión formal-pública (el sector privado más exitoso que el sector estatal).


Atendiendo a esta suerte de diagnóstico, referido a la dificultad casi estructural de promover nuevas prácticas evaluativas en las escuelas del país, se hace necesario  hacer de las prácticas evaluativas un campo de alta relevancia para el análisis sociocrítico, constituyendo la evaluación un campo de naturaleza teórico-práctica que resulta esencial en toda labor educativa, que opera paradigmáticamente determinado por el interés de conocimiento que subyace en cada práctica educativa, esto es, técnico, práctico o crítico. Nos parece que una revisión de estas dimensiones pedagógicas hace de la didáctica y la evaluación herramientas dotadas de auténtico potencial crítico y  transformador.
  
IV. Hipótesis tres: El sujeto evaluador no logra ubicar las prácticas evaluativas dentro de su rol porque tampoco tiene un marco de referencia que otorgue sentido pedagógico a su actuar.

Siempre ha habido personas con interés por enseñar y personas que necesitan (y quieren) que se les enseñe. Pero aquí no necesariamente hay una experiencia pedagógica. Puede ser que el que enseña lo haga muy bien y encuentre en esta actividad un beneficio espiritual inusualmente alto. Pero esto no es suficiente para hablar de una experiencia pedagógica. Puede ser, además, que enfrentado este aprendiz a una medición de conocimientos de tipo estandarizada logre ubicarse en la cola derecha de la curva normal, esto es, por encima del promedio nacional. Pero no estamos seguros de estar frente a una experiencia pedagógica relevante y necesaria. Puede ser, incluso, que el que enseña tenga un posgrado en alguna ciencia dura y desarrolle docencia o investigación en alguna institución de educación superior. Pero todavía no encontramos argumentos serios para creer que tal historia educativa es la historia que el sistema educativo chileno requiere para transformarse profundamente.

Nos preguntamos, ¿alcanza todo esto para sostener o sugerir que los mejores profesores son aquellos que saben lo que enseñan y que logran que sus alumnos aprendan lo que se les enseña? Más que para refutar inequívocamente esta concepción o modelo de docente, mencionaremos algunas sospechas que invitan a repensar y profundizar nuestros juicios educativos sobre la formación de profesores:



a)      Muchos de nuestros estudiantes aprenden porque sencillamente quieren aprender, si no quieren aprender se vuelven “sistemas cerrados” y prácticamente nada los saca de esa opción, ni su familia ni el temor a quedar relegados en la parte baja de la escala social. Motivarlos “desde afuera” se puede volver un desafío estéril y rutinario, desafío que pocas veces se altera por la presencia de un profesor que sólo sabe lo que enseña. Claramente, aquí hace falta un profesor que conozca o quiera conocer al sujeto que aprende, que comprenda y respete el contexto donde educador y educando coexisten, que valore los saberes previos de los educandos como punto de partida y que crea firmemente en que los aprendices pueden construir, de-construir y re-construir diversos conocimientos, o sea, que son capaces de aprender a aprender adecuadamente casi todo. Un profesor es profesor no porque sabe un contenido –ya sea científico, filosófico, artístico o cultural-, sino porque sabe la racionalidad de lo que enseña tan bien que es capaz de trasladar un saber lejano-neutral y convertirlo en un saber cercano-deseable para el estudiante. En este sentido, un profesor es buen profesor porque es pedagogo, es decir, porque tiene una formación pedagógica compleja, reflexionada y sistemática que le permite diseñar y alcanzar fines formativos más allá del tradicional “dominio de contenidos”. Lo pedagógico es, en este sentido, el saber teórico-práctico que permite comprender y problematizar la educación y la enseñanza.

b)      Una parte no menor de los jóvenes chilenos aprende y aprende harto. Lo demuestran las mediciones de calidad, tipo SIMCE y PSU. De hecho, siempre hay puntajes sobre los 800 puntos en esta última prueba. Como olvidamos que esta medición se basa en la curva normal (que es un modelo matemático-probabilístico de distribución de los puntajes en torno a la media) terminamos creyendo que los jóvenes de 800 puntos saben mucho, pero, en realidad, sólo saben más que el resto (o son los menos “ignorantes”: cada año los periodistas visitan a un alumno sorprendido y alegre que logró puntaje nacional para saber el “gran secreto”, pero vuelven sin nada, lo que sugiere que algunos puntajes nacionales “saben pero no saben qué ni porqué saben”). De todos modos, en esta lógica instrumental, hay profesores y colegios que son exitosos y que pueden sentirse orgullosos. Pero, en rigor, sólo sabemos que rinden más, no si están siendo formados como sujetos, es decir, desde lo pedagógico ignoramos qué pasa con sus emociones, con sus valores, con su movimiento, con su expresión, con su capacidad de relacionarse, con su pensar sobre cómo piensan. Nuevamente, decimos que no basta con saber un contenido a enseñar, un buen profesor es aquel pedagogo que no parcializa a sus estudiantes ni reduce al niño o joven a una función cognitivo-neuronal cuya capacidad básica es contestar o adivinar preguntas en un test. El profesor-pedagogo es necesario para potenciar al niño y la niña en todo su ser, en todas sus dimensiones humanas, entendiendo que comparte con la familia y la sociedad la tarea de formar integralmente a las nuevas generaciones.

c)      En la mayor parte de las escuelas de Chile los jóvenes están en el aula y se disponen a participar de lo que se realiza en ella, sin embargo, la escuela no retribuye con la misma moneda, pues, es adultocéntrica, opera invisibilizando los intereses y orígenes sociales e identitarios de los estudiantes. Si la escuela tiene como función esencial la reproducción social, esto es, mantener la sociedad como está, poco le importa otros puntos de vista que no sean los de los adultos y de las clases dominantes. Frente a esta verdadera violencia simbólica ejercida con las nuevas generaciones de nada sirve un profesor que sólo sepa lo que sabe enseñar. Hace falta un pedagogo que se pregunte frente al curriculum oficial que es aquello que resulta pertinente para ser trabajado didácticamente con un determinado grupo de jóvenes, en relación a sus rasgos sociales y culturales, con vistas a cuestionar valóricamente la sociedad actual. Hace falta un profesor-pedagogo que provoque ética y reflexivamente aprendizajes desde la interculturalidad (no desde el desconocimiento de que en las aulas hay niños y niñas con raíces latinoamericanas plurales), que promueva la participación y la integración profunda en el aula (no un simulacro de inclusión de un par de niños con discapacidad motora), que potencie vivir en y para las diferencias (no que obsesione con los diferentes, creando nuevas marcas o divisiones a propósito de los mapuches, los pobres, los homosexuales, los otros-inferiores), que incentive procesos de transformación de la sociedad (no de asistencialismo ni de pasividad, que nada cambian). El profesor-pedagogo es necesario para mirar al otro-estudiante a la cara, para buscar que ese otro me altere y llegar a comprenderlo y transmitirle una buena dosis de esperanza en que un mundo adulto alegre, sano y solidario es posible.


Como puede apreciarse, los desafíos formativos de un profesor-pedagogo no son sólo de enseñar, sino de pensar y diseñar la educación para construir una nueva sociedad, lo que es mucho más complejo y relevante que la tarea específica de incrementar el rendimiento de los estudiantes, medido esto en pruebas nacionales de dudosa racionalidad instrumental. No se trata de simplificar el análisis, muy por el contrario, se trata de mirar lejos en educación. Por ello, insistir en definir un “buen profesor” no por lo pedagógico-crítico sino por resultados parciales de orden psicométrico, distrae los esfuerzos que hace una parte del país por construir una sociedad más justa y más democrática. La verdad, no es raro que esto siga ocurriendo, a este país le gusta la frase “que no se note pobreza”, nos gusta el fingimiento, nos da pavor el cambio… por algo los médicos son evaluados por la cantidad de licencias médicas que dan, los asistentes sociales por el número de becas que entregan, los congresistas por la cantidad de leyes que proponen y las marchas estudiantiles por el número de detenidos que hubo. En este contexto, hace falta formar más y mejores profesores pedagogos que re-signifiquen la vida escolar, que aporten nuevos sentidos a la sociedad y al cambio social.

V. Una breve reflexión para cerrar (“que tampoco alcanza para evaluación sumativa”):

Para finalizar estas reflexiones, deseamos enfatizar que resulta imposible abordar el tema de la evaluación sin detenernos un momento en revisar nuestras formas de concebir el proceso de aprendizaje, los contenidos que deben aprender los estudiantes y los principios metodológicos que estos implican. Pero también hemos de ponderar críticamente la racionalidad de las prácticas educativas y también las sociales. Después de todo, la escuela reproduce fiel y sumisamente lo social. Estos aspectos deben ser considerados esenciales en todo proceso formativo y educativo, en cuanto si son coherentes entre sí, estaremos asegurando un acto educativo con verdaderos propósitos formativos.
                                                                      

La evaluación de los aprendizajes de los estudiantes es/debe ser una de las preocupaciones básicas de cualquier docente, sobre todo si se autopercibe identitariamente desde la pedagogía, especialmente de la pedagogía crítico-constructivista. Lo anterior resulta lógico si se tiene en cuenta que en la evaluación confluyen muchas de las decisiones fundamentales en relación a los procesos de enseñanza y aprendizaje y también las decisiones ético-políticas que tienden a asegurar las condiciones de dominación de la sociedad actual. Así, la manera de evaluar y los aspectos que son evaluados configuran en gran medida la forma de entender y organizar estos procesos, en el marco de una concepción de la didáctica contextualizada y sustentada pedagógicamente.

Referencias:

Anijovich, R. (2010) (Comp.). La evaluación significativa. Buenos Aires: Paidós.
    Astorga, B.; Bazán, D. y González, L. (2013). Evaluación de los Aprendizajes: aspectos epistémicos, técnicos y pedagógicos para una práctica educativa transformadora. Documento de Estudio. Santiago: UAHC.
       Bazán, D. (2008). El oficio del pedagogo. Rosario: Homosapiens.
     Bazán, D. (2013). Investigación-Acción y Pedagogía Crítica para pedagogos que sueñan y resisten. Santiago: Alteridad.
      Cullen, C. (1997). Crítica de las razones de educar. Temas de filosofía de la educación. Buenos Aires: Paidós.
     Medina, A. y Salvador, F. (2002) (Coord.). Didáctica General. Madrid: Pearson Educación.
    Santos Guerra, M. (1996). “Evaluar es comprender. De la Concepción Técnica a la Dimensión Crítica”, Revista Investigación en la Escuela. Nº 30.




[1] Cfr. Cullen, C. (1997). Pág. 35.

Reflexiones en torno a la Segunda Carta de “Cartas a quien pretende enseñar” de Paulo Freire


Por Sergio Emilio Manosalva Mena
Profesor de Educación Diferencial y Magister en Educación
Jefe de la Carrera de Pedagogía en Educación Diferencial, UAHC


Introducción

Me tomó un tiempo decidirme a compartir estas reflexiones tan íntimamente mías. Desde el deseo a la concreción, estaba cruzado por el miedo y la inseguridad que siempre me ha provocado la incertidumbre, las ganas de tener el control de mí vida y saberme cierto de las certezas que me rodean y me hacen sentir un espacio de confort y seguridad desde el cual avanzar. Miedo, inseguridad, temor a la incertidumbre que me puede provocar una mirada, un gesto, una palabra o un texto nuevo, distante de mi mundo. Ese mundo que he ido construyendo de retazos de lecturas en el contacto con mis próximos prójimos (como diría Benedetti) y que me dan la certeza de creer/saber que los conozco, aunque no comparta sus vidas, pero están en mi vida y con ellos y ellas mantengo la ilusión de lo correcto.


En el presente texto mostraré mis reflexiones personales que surgen desde y con la lectura de la Segunda Carta del libro Cartas a quien pretende Enseñar de Paulo Freire. He querido seguir las orientaciones que nos entrega este gran maestro en la aproximación a los textos.

Mi propio Dragón del miedo

Me acerqué al texto de Freire (Segunda Carta, de Cartas a quien pretende Enseñar) justamente por su título: No permita que el miedo a la dificultad lo paralice. Su título me cautivó enseguida, quizás porque contenía la palabra miedo. Luego de la lectura del texto -y leyendo, como nos sugiere Freire- me doy cuenta que lo peor de tener miedo, es tener miedo del miedo. Por eso, mi temor lo oculto tras una aparente seguridad de mis certezas. Tengo miedo de mis miedos y del pudor que me provoca el confesarlos. Pero, en la lectura, Pablo Freire estaba siendo; su presencia se me hizo presente cuando leí  “(…) tratar de superar por lo menos algunas de las limitaciones que me dificultan la tarea con la ayuda de alguien y no sólo con la ayuda del profesor o la profesora que me indicó la lectura”  (Freire, 2009: 45).


Así invité, a este dialogo que ya estaba manteniendo con Pablo Freire en su lectura, significación, resignificación y construcción de texto, a un amigo. Ahora éramos tres -separados por la geografía y los tiempos- conversando sobre un texto, del cual me doy cuenta después que se transformó en un pretexto para ver mis contextos.

Miedo a lo desconocido y a mi inseguridad (como en libro “El Caballero de la Armadura Oxidada” de Robert Fisher)[1] me había construido mi propia armadura para sentirme seguro, pero también mi propia prisión.

Leí a Freire como él mismo lo señala, haciéndome productor del texto. Una lectura crítica, siguiendo sus consejos y la ayuda de mi amigo. Se fue desplegando no sólo el texto, sino, además yo mismo con mis reflexiones, mi mundo, mis temores de una palabra lejana o que el texto hablara de mí, como en un diario de vida. Ya estaba dispuesto y confiando, pero no sin pudor.

Seguí la sugerencia de Freire: “Frente al miedo, sea  de lo que fuera, es  preciso que primero nos aseguremos con objetividad de la existencia de las razones que nos lo provocan” (Freire, 2009: 44). Ya lo sé, pero como aun no puedo superar el miedo a la no aceptación, y por pudor… por ahora no lo revelaré. Ello guarda relación con mi sentido.


Continué con su indicación: “En una segunda instancia, que  si éstas existen realmente, las comparemos con las posibilidades  de que disponemos para enfrentarlas con probabilidades de éxito” (Freire, 2009: 44). En eso estoy y dándome cuenta –cada vez con más fuerza- que no nos hacemos solos y solas, sino con todos los que nos rodean y de lo que nos rodeamos. Esto hace que nunca estemos solos o solas, a no ser que lo queramos y aun así siempre existe alguien cercano para tomarle la mano cuando se requiera.

La tranquilidad liberada de culpas que nos permite Freire al decir: “Y por ultimo, qué  podemos hacer para, si éste es el caso, aplazando el enfrentamiento del obstáculo, volvernos  más capaces de hacerlo mañana” (Freire, 2009: 44)

No me ha sido fácil la lectura, pues estaba, y aun estoy, en la “lectura bancaria” que nos indica Freire. Es difícil el ejercicio de penetrar el texto recreando el conocimiento del autor, pues existe un compromiso mayor que dice relación con el propio develamiento. El develarse para poder revelarse. Miedo y dificultad que nos puede paralizar. Miedo a no saber o no poder superar las dificultades que se han hecho propias y nos definen, pues entre el miedo como emoción del sujeto y la dificultad situada en el contexto, nos encontramos con nuestro propio ser histórico e historiado. Siendo constituyentes de otros y siendo constituido con otros. No soy solo, estoy siendo con otros, también sujetos históricos con sus propios miedos y dificultades.


Así, como dice Freire (2009: 43),  “siempre existe una relación entre el miedo y la dificultad, entre el miedo y lo difícil. Pero en esta relación evidentemente se encuentra también la figura del sujeto que tiene miedo de lo difícil o de la dificultad. El sujeto que le teme a la tempestad, que le teme a la soledad o teme no conseguir franquear las dificultades para entender finalmente el texto, o producir la inteligencia del texto.  Este es mi propio miedo que debo enfrentar. Este es mi propio dragón del miedo, como en el Caballero de la Armadura Oxidada, donde dice:

“- ¿Tú también crees que el conocimiento de uno mismo puede matar al Dragón del Miedo y la Duda? - preguntó el caballero.
- Por supuesto. El conocimiento de uno mismo es la verdad y ya sabes lo que dicen: “la verdad es más poderosa que la espada”.
- Ya sé que eso es lo que se dice, pero ¿hay alguien que lo haya probado y haya sobrevivido? - preguntó sutilmente el caballero.
Tan pronto como acabó de pronunciar estas palabras, el caballero recordó que no necesitaba probar nada. Era bueno, generoso y amoroso. Por lo tanto, no debía sentir ni miedo ni dudas. El dragón no era más que una ilusión”. (Ficher, 1998: 19)

La diferencia entre tener y ser

De la lectura, concluyo un aprendizaje personal potente que me permitirá no sólo indagar desde otra mirada aquello que me parece desconocido, sino, además, ir construyendo una interrelación desde mi propia forma de ser humano en el reconocimiento de mis propios temores, inseguridades y espacios de confort que terminan por constreñir mi libertad, en la ilusión de tocar el horizonte con mis manos.


Reconocer el miedo, buscar la colaboración de los otros y con los otros, reconstruir los textos, buscar nuevas significaciones desde el sí mismo es lo que me ha dejado y he reconstruido para mí en esta segunda carta a quien pretende enseñar de Paulo Freire. “La cuestión que aquí se plantea no es de negar el miedo, aun cuando el peligro que lo genera sea ficticio. El miedo en sí, sin embargo, es concreto. La cuestión que se presenta es la de no permitir que el miedo nos paralice o nos persuada fácilmente de desistir de enfrentar la situación desafiante sin lucha y sin esfuerzo” (Freire, 2009: 43).

He comenzado a mirarme atentamente en los otros, en mi propia y total hermenéutica, como señaló Erich Fromm (1998) en sus últimas publicaciones.
  
Bibliografía:

  1. Fisher, Robert (1998). El Caballero de la Armadura Oxidada. Barcelona: Ediciones Obelisco. 29ª reimpresión en español.
  2. Freire, Paulo (2009). Cartas a quien pretende enseñar. México: Siglo Veintiuno Editores. 12a reimpresión en español.
  3. Fromm, Erich (1998). Tener y Ser. México: FCE.
  
Anexo:
Segunda Carta: “No permita que el miedo a la dificultad lo paralice”. Paulo Freire en  “Cartas a quien pretende enseñar”. Editorial Siglo XXI editores. Décima Edición en español, 2005.


Creo que el mejor punto de partida para este tema es considerar la cuestión de la dificultad, la cuestión de lo difícil, y el miedo que provoca.

Se dice que alguna cosa es difícil cuando el hecho de enfrentarla u ocuparse de ella se convierte en algo penoso, es decir, cuando presenta algún obstáculo. “Miedo”, según la definición del Diccionario Aurelico, es un “sentimiento de inquietud frente a la idea de un peligro real o imaginario”. Miedo de no poder franquear las dificultades para finalmente entender un texto.

Siempre existe una relación entre el miedo y la dificultad, entre el miedo y lo difícil. Pero en esta relación evidentemente se encuentra también la figura del sujeto que tiene miedo de lo difícil o de la dificultad. El sujeto que le teme a la tempestad, que le teme a la soledad o teme no conseguir franquear las dificultades para entender finalmente el texto, o producir la inteligencia del texto.

En esta relación entre el sujeto que teme y la situación u objeto del miedo existe además otro elemento constitutivo que es el sentimiento de inseguridad del sujeto temeroso. Inseguridad para enfrentar el obstáculo. Falta de fuerza física, falta de equilibrio emocional, falta de competencia física, ya sea real o imaginaria del sujeto.

La cuestión que aquí se plantea no es negar el miedo, aun cuando el peligro que lo genera sea ficticio. El miedo en sí, sin embargo es concreto. La cuestión que se presenta es la de no permitir que el miedo nos paralice o nos persuada fácilmente de desistir de enfrentar la situación desafiante sin lucha y sin esfuerzo.

Frente al miedo, sea lo que fuera, es preciso que primeramente nos aseguremos con objetividad de la existencia de las razones que nos lo provocan. En una segunda instancia, que si éstas existen realmente, las comparemos con las posibilidades de que disponemos para enfrentarlas con probabilidades de éxito. Y por último, que podemos hacer para, si éste es el caso, aplazando el enfrentamiento del obstáculo, volvernos más capaces de hacerlo mañana.

Con estas reflexiones quiero subrayar que lo difícil o la dificultad está siempre relacionada con la capacidad de respuesta del sujeto que, frente a lo difícil y a la evaluación de sí mismo en cuanto a la capacidad de respuesta, tendrá más o menos miedo o ningún miedo infundado o, reconociendo que el desafío sobrepasa los límites del miedo, se hunda en el pánico. El pánico es el estado de espíritu que paraliza al sujeto frente a un desafío que reconoce sin ninguna dificultad como absolutamente superior a cualquier intento de respuesta: Tengo miedo de la soledad y me siento en pánico en una ciudad asolada por la violencia de un terremoto.

Aquí me gustaría ocuparme solamente de las reflexiones en torno al miedo de no comprender un texto cuya inteligencia precisamos en el proceso de conocimiento en el que estamos insertos en nuestra capacitación. El miedo paralizante que nos vence aun antes de intentar, más enérgicamente, la comprensión del texto.

Si tomo un texto cuya comprensión debo trabajar, necesito saber:

a)        Si mi capacidad de respuesta está a la altura del desafío, que es el texto que debe ser comprendido.
b)       Si mi capacidad de respuesta es menor o
c)        Si mi capacidad de respuesta es mayor.

Si mi capacidad de respuesta es menor, no puedo ni debo permitir que mi miedo de no entender me paralice y, considerando mi tarea como imposible de ser realizada, simplemente la abandone. Si mi capacidad de respuesta es menor que las dificultades de comprensión del texto debo tratar de superar por lo menos algunas de las limitaciones que me dificultan la tarea con la ayuda de alguien y no sólo con la ayuda del profesor o la profesora que me indicó la lectura. A veces la lectura de un texto exige alguna convivencia anterior con otro que nos prepara para un paso posterior.

Uno de los errores más terribles que podemos cometer mientras estudiamos, como alumnos o maestros, es retroceder frente al primer obstáculo con que no enfrentamos.

Es el de no asumir la responsabilidad que nos impone la tarea de estudiar, como se impone cualquier otra tarea a quien deba realizarla.

Estudiar es un quehacer exigente en cuyo proceso se da una sucesión de dolor y placer, de sensación de victoria, de derrota, de dudas y alegría. Pero por lo mismo estudiar implica la formación de una disciplina rigurosa que forjamos en nosotros mismos, en nuestro cuerpo consciente.

Esta disciplina no puede sernos dada ni impuesta por nadie –sin que eso signifique desconocer la importancia del papel del educador en su creación. De cualquier manera, o somos sujetos de ella, o ella se vuelve una mera yuxtaposición a nuestro ser. O nos adherimos al estudio como un deleite y lo asumimos como una necesidad y un placer o el estudio es una pura carga, y como tal, la abandonamos en la primera esquina.

Cuanto más asumimos esta disciplina tanto más nos fortalecemos para superar algunas amenazas que la acechan y por lo tanto a la capacidad de estudiar eficazmente.

Una de esas amenazas, por ejemplo, es la concesión que nos hacemos a nosotros mismos de no consultar ningún instrumento auxiliar de trabajo como diccionarios, enciclopedias, etc. Deberíamos incorporar a nuestra disciplina intelectual el hábito de consultar estos instrumentos a tal punto que sin ellos nos resulte difícil estudiar.

Huir frente a la primera dificultad es permitir que el miedo de no llegar a un buen fin en el proceso de inteligencia del texto nos paralice. De ahí a acusar al autor o a la autora de incomprensible existe sólo un paso.

Otra amenaza al estudio serio, que se transforma en una de las formas más negativas de huir de la superación de las dificultades que enfrentamos y ya no del texto en sí mismo, es la de proclamar la ilusión de que estamos entendiendo, sin poner a prueba nuestra afirmación.

No tengo por qué avergonzarme  por el hecho de no estar comprendiendo algo que estoy leyendo. Sin embargo, si el texto que no estoy comprendiendo forma parte de una relación bibliográfica que es vista como fundamental, hasta que yo perciba y concuerde o no con que es realmente fundamental, debo superar las dificultades y entender el texto.

No es exagerado repetir que el leer, como estudio, no es pasear libremente por las frases, las oraciones y las palabras sin ninguna preocupación por saber hacia dónde ellas nos pueden llevar.

Otra amenaza para el cumplimiento de la tarea difícil y placentera de estudiar que resulta de la falta de disciplina de la que ya he hablado es la tentación que nos acosa, mientras leemos, de dejar la página impresa y volar con la imaginación bien lejos. De pronto, estamos físicamente con el libro frente a nosotros y lo leemos apenas maquinalmente. Nuestro cuerpo está aquí pero nuestro gusto está en una playa tropical y distante. Así es realmente imposible estudiar.

Debemos estar prevenidos para el hecho de que raramente un texto se entrega fácilmente a la curiosidad del lector. Por otro lado, no es cualquier curiosidad la que penetra o se adentra en la intimidad del texto para desnudar sus verdades, sus misterios, sus inseguridades, sino la curiosidad epistemológica –la que al tomar distancia del objeto se “aproxima” a él con el ímpetu y el gusto de descubrirlo. Pero esa curiosidad fundamental aun no es suficiente. Es preciso que al servirnos de ella, que nos “aproxima” al texto para su examen, también nos demos o nos entreguemos a él. Para esto, es igualmente necesario que evitemos otros miedos que el cientificismo nos ha inoculado. Por ejemplo, el miedo de nuestros sentimientos, de nuestras emociones, de nuestros deseos, el miedo de que nos echen a perder nuestra cientificidad. Lo que yo sé, lo sé con todo mi cuerpo: con mi mente crítica, pero también con mis sentimientos, con mis intuiciones, con mis emociones. Lo que no puedo es detenerme satisfecho en el nivel de los sentimientos, de las emociones, de las intuiciones. Debo someter a los objetos de mis intuiciones a un tratamiento serio, riguroso, pero jamás debo despreciarlos.

En última instancia, la lectura de un texto es una transacción entre el sujeto lector y el texto, como mediador del encuentro del lector con el autor del texto. Es una composición entre el lector y el autor en la que el lector, esforzándose con lealtad en el sentido de no traicionar el espíritu del autor, “reescribe” el texto. Y resulta imposible hacer esto sin la comprensión crítica del texto que por su lado exige la superación del miedo a la lectura y se va dando en el proceso de creación de aquella disciplina intelectual de la que he hablado antes. Insistamos en la disciplina referida. Ella tiene mucho que ver con la lectura, y por lo tanto con la escritura. No es posible leer sin escribir, ni escribir sin leer.

Otro aspecto importante, y que desafía aún más al lector como “recreador” del texto que lee, es que la comprensión del texto no está depositada, estática, inmovilizada en sus páginas a la espera de que el lector la desoculte. Si fuese así definitivamente, no podríamos decir que leer críticamente es “reescribir” lo leído. Es por esto por lo que antes he hablado de la lectura como composición entre el lector y el autor, en la que el significado más profundo del texto también es creación del lector. Este punto nos lleva a la necesidad de la lectura también como experiencia dialógica, en la que la discusión del texto realizada por sujetos lectores aclara, ilumina y crea la comprensión grupal de lo leído. En el fondo, la lectura en grupo hace emerger diferentes puntos de vista que, exponiéndose los unos a los otros, enriquecen la producción de la inteligencia del texto.

Entre las mejores prácticas de lectura que he tenido dentro y fuera de Brasil yo citaría las que realicé coordinando grupos de lectura sobre un texto.

Lo que he observado es que la timidez frente a la lectura o el propio miedo tienden a ser superados y se liberan los intentos de invención del sentido del texto y no sólo de su descubrimiento.

Obviamente que antes de la lectura en grupo y como preparación para ella, cada estudiante realiza su lectura individual. Consulta tal o cual instrumento auxiliar. Establece esta o aquella interpretación de uno u otro de los fragmentos de la lectura. El proceso de creación de la comprensión de lo que se va leyendo va siendo construido en el dialogo entre los diferentes puntos de vista en torno al desafió, que es el núcleo significativo del autor.

Como autor, yo estaría más que satisfecho si llegara a saber que este texto provoca algún tipo de lectura comprometida, como aquellas en las que vengo insistiendo a lo largo de este libro, entre sus lectores y lectoras. En el fondo, ése debe ser el sueño legítimo de todo autor –ser leído, discutido, criticado, mejorado, reinventado por sus lectores.
               
Pero volvamos un poco a este aspecto de la lectura crítica según el cual el lector se hace o se va haciendo igualmente productor de la inteligencia del texto. El lector será tanto más productor de la compresión del texto cuando más se haga realmente un aprehensor de la compresión del autor. El produce la inteligencia del texto en la medida en que ella se vuelve conocimiento que el lector  ha creado y no conocimiento que le fue yuxtapuesto por la lectura del libro.

Cuando yo aprehendo  la compresión del objeto en vez de memorizar   el perfil del concepto del objeto, yo conozco al objeto, yo produzco el conocimiento del objeto. Cuando el lector alcanza críticamente la inteligencia del objeto del que habla el autor, el lector conoce la inteligencia del texto y se transforma en coautor de esta inteligencia. No habla de ella como quien solo ha oído hablar de ella. El lector ha trabajado y retrabajado la inteligencia  del texto porque esta no estaba allí inmovilizada esperándolo. En esto radica lo difícil y lo apasionante del acto de leer.

Desdichadamente, lo que se viene practicando en la mayoría de las escuelas es llevar  a los alumnos a ser pasivos con el texto. Los ejercicios de interpretación de la lectura tienden a ser casi su copia oral. El niño percibe tempranamente  que su imaginación no juega: es algo casi prohibido, una especie de pecado. Por lo tanto, su capacidad  cognoscitiva es desafiada de manera distorsionada. El niño nunca es invitado, por un lado, a revivir imaginativamente la historia contada en el libro; y por el otro, a apropiarse poco a poco del significado del contexto del texto. Ciertamente, sería a través de la experiencia de recontar la historia, dejando libres su imaginación, sus sentimientos, sus sueños y sus deseos para crear, como el niño acabaría arriesgándose a producir la inteligencia más compleja de los textos. No se hace nada o casi nada en el sentido de despertar y mantener encendida, viva, curiosa, la reflexión conscientemente, vale decir, la lectura capaz de desdoblarse en la reescritura del texto leído.

Esa curiosidad, que el maestro o la maestra necesitan estimular en el alumno, contribuye decisivamente a la producción del conocimiento del contenido del texto, el que a su vez se vuelve fundamental para la creación de su significado.

Es muy cierto que sui el contenido de la lectura tiene que ver con un dato concreto de la realidad social e histórica o de la biología, por ejemplo, la interpretación de la lectura no puede traicionar el dato concreto. Pero no significa que el estudiante lector deba memorizar textualmente lo leído y repetir mecánicamente el discurso del autor. Esto sería una “lectura bancaria” en la que el lector “comería” el contenido del texto del autor con la ayuda del “maestro nutricionista”. Insisto en la importancia indiscutible  de la educadora en el aprendizaje de  la lectura, indicotomizable de la escritura, a la que los educandos deben entregarse. La disciplina de mapear temáticamente el texto, que no debe ser realizada exclusivamente por la educadora sino también por los educandos, descubriendo interacciones entre unos temas y otros en la continuidad del discurso del autor, el llamado de la atención de los lectores hacia las citas hechas en el texto y el papel de las mismas, la necesidad de subrayar el momento estético del lenguaje del autor , de su dominio del lenguaje, del vocabulario, que implica superar la innecesaria repetición de una misma palabra tres o cuatro veces en una misma página del texto.

Un ejercicio  de mucha riqueza del que he tenido noticia alguna vez, aunque no se realice en la escuela, es el de posibilitar que dos o tres escritores, de ficción o no hablen  a los alumnos que los han leído sobre como produjeron sus. Como  trabajaron la temática o los desarrollos que envuelven el sus temas, como trabajaron su lenguaje, como persiguieron la belleza en el decir, en el describir, en el dejar algo en suspenso para que el lector ejercite su imaginación. Como jugar con el pasaje de un tiempo al otro en sus historias. En fin, como los escritores se leen así mismos y como leen a otros escritores.

Es preciso, ya finalizando, que los educandos, experimentándose cada vez más críticamente en la tarea de leer  y de escribir, perciban las tramas sociales en las que se constituye y se reconstituye el lenguaje, la comunicación y la producción del conocimiento.





[1] El protagonista, un caballero deslumbrado por el brillo de su propia armadura, a pesar de ser bueno, generoso y amoroso, (Peleaba con sus enemigos que eran malos, no con los que eran buenos) no consigue comprender y valorar con profundidad lo que tiene, descuidando sin querer las cosas y las personas que lo rodean. Su armadura se va oxidando hasta que deja de brillar y, cuando se da cuenta, ya no puede quitársela. Prisionero de sí mismo, emprende entonces un viaje al final del cual, gracias a diversos personajes, logra deshacerse de la armadura que le había imposibilitado abrirse al mundo. Extracto de http://www.google.cl/#q=el+caballero+de+la+armadura+oxidada&hl=es&sa=2&fp=84cbd95cac744de0 (visitado 20-04-2012)