lunes, 1 de septiembre de 2014

Curriculum y competencias: más allá de la ingeniería del curriculum


Diego Villada Osorio
Doctor en Educación.
Profesor Titular Universidad de Caldas, Manizales, Colombia.


El ser competentes tiene implicaciones complejas en el comportamiento, en la personalidad y en la inteligencia humana. Lo anterior nos permite pensar que para ser competentes debemos afectar la condición del ser, el saber y el hacer. Al respecto, múltiples son las razones que nos permiten ilustrar la relación contextual y referencial que determinan el ser competentes. De allí que cada proceso educativo y, por ende, cada grupo de competencias que configuren cualquier tipo de clasificación, deban utilizar como punto de partida los tres elementos en cuestión: ser, hacer y saber. De igual forma, se deben tener en cuenta el comportamiento, la personalidad y la inteligencia, lo mismo que el contexto cultural que las circunscribe.

Punto de vista humano

¿Por qué el ser? El ser compromete la existencia, su integralidad y todo aquello  relacionado con la consciencia, comportamiento y personalidad. El ser es nuestro compromiso con lo humano, que nos lleva de manera directa a la comprensión de ser humanos. Cualquier cosa que aprende el ser humano afecta su integralidad. De igual forma sus desempeños están enmarcados dentro de su existencia y el mundo de la vida.

¿Por qué el saber? En contraposición con el conocer, nos dice que es aquello que da “sabor”, que tiene implicaciones en lo visceral, en lo emotivo y en lo vegetativo. El saber es el de las preguntas más no el de las respuestas. Contrario sucede con el conocer que habita en las respuestas y, por ende, en el conocimiento. El conocer se alimenta en la información, en las certezas, en el conocimiento y en todo aquello que contribuya a la acumulación y sistematización de la información. También se circunscribe en el paradigma del control, en el mundo de la parametrización y de las normas que lo rigen. Para el caso de las competencias, no cabe duda alguna de que estamos del lado del saber.


¿Por qué el hacer? La única manera en que nos percatamos de que una competencia existe es a partir de los desempeños. Dicho de otra manera, resulta imposible valorar las capacidades, el saber y todo aquello que tenemos, si no es puesto en evidencia. La visibilidad nos da la posibilidad de expresarnos y de demostrar con acciones nuestras capacidades. Saber hacer corresponde al ser y una capacidad en acción demostrada con suficiencia, no es otra cosa que una competencia ya establecida.

Con respecto a la formación asistida, debemos decir que ésta no garantiza la presencia de la competencia. Es claro que los procesos de formación potencian y, de cierta manera, intervienen facilitando que una competencia se desarrolle. Pero también es claro que algunos procesos educativos que privilegian la repetición o mecanización, no favorecen competencias de alta complejidad y de alto desempeño.

A lo anterior, se agrega que las competencias también tiene vínculo directo con la vida cotidiana, supervivencia, mundo de la vida y muy especialmente con las necesidades humanas y productivas. Esto nos permite pensar que la mejor manera de acercarnos a las competencias, vía proceso de formación asistida, es el contacto directo con experiencias vitales. También nos permite entender que el contacto entre la productividad y la educación debe ser real y menos ficticio, que la simulación en la que operan los procesos de aprendizaje no tiene otra salida que su proximidad real con la aplicabilidad. Esta aplicabilidad se puede dar en el plano de lo conceptual como en lo operativo.

Lo más cercano al saber es el hacer. El hacer, en esta concepción, nace del saber hacer las cosas, de tener conocimiento de causa o de haber perfeccionado el accionar. El hacer puede salir de la experiencia de vida, de haber vivido o de primero haber experimentado y luego de perfeccionar la acción. Es decir, el camino del hacer y del saber deben ser paralelos con la mediación permanente del ser (saber ser). El ser en relación con el saber y el hacer, implica la toma de consciencia.

Punto de vista curricular

En materia curricular, aquella que orienta el camino a seguir en materia formativa, nos permite entender que los procesos educativos deben ser orientados por experiencias directas de aprendizaje de alta proximidad a la realidad, realidades, productividad, problemas, necesidades o fronteras del desarrollo. La distancia tan grande entre el saber -en este caso el conocer- y el hacer, no favorece la efectividad en la aplicabilidad en lo que se aprende y en la manera como se debe utilizar el conocimiento.


Aquí hay un reclamo de orden práctico, para que el curriculum no reduzca su papel a la prescripción. Lo que se escribe de manera extensa y profusa en los curricula, generalmente no se cumple. Igual sucede con lo que se enseña, pocas cosas se aprenden de los largos contenidos y de las experiencias educativas, que en su momento pueden ser importantes, pero que al cabo del tiempo pierden su vigencia por descontextualización o desuso.

Siendo consecuentes con lo anterior, debemos decir que un curriculum vinculado al mundo de las competencias debe propiciar el paso de competencias fundamentales y básicas a competencias integrativas y superiores, lo mismo que de éstas a competencias estratégicas y aplicadas. Dicho de otro modo, el desarrollo natural debe ser el que oriente la organización curricular, la que debe discurrir de lo formativo (fundamental y básico) a lo académico o cotidiano (integrativo y superior) y de lo académico o cotidiano a lo productivo (estratégico y aplicado). Hacemos referencia a una organización curricular próxima a una taxonomía de las competencias, con unos grupos que permitan no sólo la clasificación sino que denoten el proceso de desarrollo en materia de aprendizaje de competencias. Esta es una base importante que permite vincular el saber, el hacer y el ser.

Para comprender mejor las relaciones que existen entre los componentes dinámicos de una competencia y la manera como hemos leído o nos hemos aproximado al ser, saber y hacer, necesitamos una organización o clasificación, más o menos universal, que favorezca nuestro entendimiento y algunos acuerdos de base. Para esto es útil una clasificación taxonómica. Una taxonomía es una clasificación, más o menos rígida, de un conjunto de elementos que tienen características comunes y que, dada la diversidad, permiten crear otros elementos u otras taxonomías que los incluya. Las taxonomías hacen parte de la perspectiva tradicionalista del positivismo, al igual que del confort metafísico, de la parametrización y de los esquematismos rígidos que tantas dificultades generan en un sistema educativo que busque flexibilizarse.

En este caso, no estamos buscando una clasificación rígida sino por el contrario dinámica, autosuficiente, transformadora y, por qué no, dialéctica. Esta postura le permite al tema de las competencias modificar así mismo, sin que medien juicios de autoritarismo o imposición que lleven a que las cosas se mantengan bajo lo establecido. Esta es una taxonomía amplia que muestra su sustento en cuatro grandes elementos a saber: cómo aprende el ser humano, el desarrollo humano natural y artificial, la organización vital latinoamericana y la productividad hoy en la globalización. Los cuatro elementos que nos sirven de punto de referencia son igualmente dialécticos y están soportados en las necesidades que tiene el ser humano, la sociedad, la productividad y, en general, el contexto; también busca ponerle una dinámica de transformación a todo lo que el ser humano hace, considerando la velocidad cambiante a la que estamos sometidos hoy: globalización, desarrollos tecnológicos, competitividad y economía global.


¿Por qué el desarrollo humano? Las teorías del desarrollo humano, al igual que el desarrollo del ser humano en si mismo, están demarcados por unas dimensiones integrativas, que a la luz de las tendencias, aparecen atomizadas sin que sea esta la pretensión ni la realidad. Estas dimensiones son: corporal, afectiva, social, emotiva, mental y valorativa. También podrían ser clasificadas de manera diferente, según diversos autores que nos sirven como punto de referencia. Ya lo habíamos expresado, no se trata de imponer una línea y menos de pretender mostrar esquematismos que nos lleven a contradecir la idea flexible y amplia sobre una taxonomía.

En materia del desarrollo humano, se hace énfasis en el proceso natural que acompaña la vida del ser humano a lo largo de su existencia y que tiene como patrón y como regularidad, el cambio permanente. En este caso, juega un papel definitivo el desarrollo del sistema nervioso, la expresión genética durante toda la vida y la cognición como la base y la máxima organización del pensamiento, el conocimiento, el afecto, los valores y los sentimientos. Por eso no podríamos pensar en una idea de curriculum, competencias y su taxonomía, que no estuviera articulada al desarrollo humano cognitivo, tanto natural como artificial. En la cognición hay muchos elementos a tomar en cuenta, que nos dan luces para comprender mejor “la flexibilidad dinámica” de esta taxonomía y, por ende, de los desarrollos en el ser humano y del currículum.

Cognición es el proceso mediante el cual la información que capta el sistema nervioso es transformada en impulso nervioso y, a su vez, es convertida en sensación, sensibilidad y percepción. El último caso es probable que no ocurra, pero aún sigue siendo cognición, dado el proceso generado como mecanismo nervioso. Esto nos permite comprender que la cognición es graduada y los alcances dependen de las necesidades y posibilidades dadas por la situación cognoscible y por las capacidades perceptuales y mentales de la persona.

A partir del proceso anterior, el ser humano comprende, responde, aplica, aprende, piensa y transforma lo que esté a su alcance. De allí que todo lo que ocurre en nosotros, siempre va camino de lo cognitivo. Cognición, desarrollo humano y aprendizaje son parientes. El parentesco es natural, pero dadas las necesidades en materia de formación asistida, los procesos educativos y el curriculum deben ser vinculados estrechamente a las posibilidades de cada persona.


Existen diversas cogniciones: mentales, sociales, afectivas, morales, corporales y cognoscitivas. Ellas han dado la posibilidad de comprender mejor que, en materia de desarrollo humano, está  primero el desarrollo cognitivo, que es el que demarca, en su inicio, la existencia de competencias formativas, cotidianas o académicas y, finalmente, de competencias productivas.

Haber llegado a este punto de convergencia, teoría y aplicación, para plantear una idea de clasificación o taxonomía, no sólo traída del desarrollo humano cognitivo sino de las teorías del aprendizaje, permite preguntarnos: ¿Cómo aprende el ser humano? Aquí hay un punto de referencia de gran importancia que nos dice que el ser humano aprende de una manera lenta, a la velocidad que le permiten sus capacidades, a su ritmo y con un estilo personal. El aprendizaje es un proceso de transformación personal que compromete cambios importantes en la vida del sujeto. Quien no cambia no ha aprendido y quien aprende nunca será la misma persona.

Otro elemento importante que nos llevó a pensar que podríamos hacer referencia a tres grandes grupos de competencias, es el pensamiento latinoamericano. Este es el contexto que explica el lugar, la manera y las condiciones en las cuales vivimos. En este caso, las maneras de pensar y de ver la vida, las formas de afrontar los problemas, dificultades, información y conocimiento, han tenido una tradición latinoamericana, impregnadas de sentido común, diferencias individuales, realismo mágico, intuición, malicia y fantasía. Lo anterior ubica el tema de las competencias en una situación diferente a la manera convencional de hacer ciencia, lo que ha sido agenciado desde las comunidades científicas, los países desarrollados y la tradición eurocentrista. En Latinoamérica, las relaciones con el mundo de la vida y, en especial, con la ciencia y el conocimiento se hacen evidentes de una manera muy diferente. No somos fuertes en producción científica de corte positivista, cientificista y paramétrica. En Latinoamérica la tradición cultural toma en cuenta el desarrollo humano natural, más que el desarrollo humano artificial, lo que quiere decir que los procesos del pensamiento y del conocimiento son próximos a la naturaleza. Aquí la cultura, tan artificial como lo es, se convierte en un agente formativo de carácter natural sin precedentes.

Tenemos múltiples pensadores que, desde sus escuelas, han creado una tradición en Latinoamérica, permitiéndonos entender el pensar teórico y epistémico. Ellos también nos han permitido comprender cómo nuestras cogniciones establecen competencias en el orden de lo fundamental y de lo básico. Este es un determinante crucial en los desempeños esperados, como aquella exigencia que pretende el mundo globalizado y el desarrollo económico neoliberal. Los niveles de exigencia para el ser humano, en materia de eficiencia en el desempeño, han configurado entre nosotros estilos de vida diversos, haciendo énfasis especial en el aprendizaje como un requisito inmerso en la diversidad, en la satisfacción y en la calidad.

Haber llegado a comprender el papel del aprendizaje, los planteamientos sobre el pensamiento latinoamericano, las teorías del desarrollo humano y la compresión del contexto global y neoliberal, nos permite formular los tres grandes grupos de competencias: formativas, académicas o cotidianas y productivas. Queda claro que en el paradigma enseñanza/aprendizaje se está produciendo un cambio que subraya cada vez más la importancia de una educación centrada en el sujeto que aprende (Tuning, 2003).


Como ya se explicó, los aspectos tratados hasta el momento nos permiten formular tres grupos de competencias generales a saber: formativas, académicas y productivas. Se puede observar que el grupo de las competencias formativas se clasifica en competencias fundamentales y básicas; el grupo de las académicas, en competencias superiores e integrativas, y el grupo de las competencias productivas se conforma por las competencias aplicadas y transversales o estratégicas. Esta es la idea que pretenderá la fundamentación, explicación y organización sistemática de los diversos grupos de competencias que se han venido difundiendo en nuestro país y en el mundo.

¿Qué idea de curriculum subyace los planteamientos anteriores? Precisamente al hacer referencia a los tres grandes grupos de competencias, implícita o explícitamente interconectados, está involucrada una idea de curriculum natural. ¿Por qué natural?  Hemos defendido la teoría de que todo proceso educativo debe ser muy cercano al proceso de desarrollo humano natural, al contexto latinoamericano, a la vida cotidiana y a la productividad. Hoy, en la economía global en la cual estamos inmersos, la competitividad se ha acercado a la competencia y esta a su vez, a los procesos educativos en contexto y en provecho a un curriculum que podríamos denominar natural.

Lo natural es todo aquello que hace parte o que es producto de procesos naturales. Todo proceso natural da cuenta de las posibilidades, diferencias individuales, contexto cultural, necesidades y posibilidades humanas, y de aquello que toma distancia de lo artificial. Es probable que muchas de las cosas artificiales en las cuales vivimos se conviertan al cabo del tiempo en elementos naturales que no implican ningún esfuerzo de contextualización o de adaptación.

Un currículo natural es aquel que se parece a las personas, que está en permanente transformación, que tiene contexto y que se construye a medida que el mundo cambia; es un curriculum cuyos contenidos del conocimiento no sólo nacen en las teorías, sino que son el producto de las experiencias y aprendizajes vividos. Es un currículo de inmensas posibilidades de transformación, de grandes contradicciones, en permanente tela de juicio y sin necesidad de acumulación de conocimiento o de información. En este curriculum la transformación de las personas, conocimientos, teorías y tecnologías se hace en provecho del mejoramiento de la condición humana. El curriculum natural ante todo es una experiencia de vida que exige de sus actores procesos educativos de principio de realidad, de toma de conciencia con respecto al darse cuenta, y al aquí y el ahora. El aprendizaje se presenta siempre y cuando la transformación de las personas se haga a plena consciencia. Esta idea pone a los procesos educativos artificiales en tela de juicio, ya que su carencia de utilidad y pertinencia nos afecta sustancialmente en materia de formación. La escuela no puede seguir enseñando contenidos del conocimiento, descontextualizados y carentes de importancia para la vida de los estudiantes. Los grandes cúmulos de información están llevando a que los estudiantes que intentan aprenderlos se distancien cada día más de los resultados esperados en materia de competencias.

¿Cuál sería la estructura de un currículo natural? Tres componentes en permanente dinámica y conexión serían los responsables de orientar el quehacer curricular. Estos serían: componente formativo, componente cotidiano o académico, y componente productivo. Lo anterior quiere decir que, cuando el estudiante aprende en cualquier dimensión cognitiva (corporal, afectiva, moral, social o mental),  está en juego su desarrollo humano como elemento formativo, la dinámica que se le imprime a la vida académica, que va entre el integrar y el superar, hasta su inmediata productividad en lo estratégico y en lo aplicado. Con lo dicho estamos diciendo que no debemos esperar tanto tiempo, como lo hacemos en nuestro curriculum convencional, para que el estudiante pueda aplicar lo que presumiblemente aprendió. Sólo sabemos si lo aprendió cuando efectivamente lo aplicó.


¿Cuál sería la dinámica de un currículo natural? Dados los tres componentes (formativo, académico o cotidiano y productivo) debemos decir que la dinámica curricular va en varios sentidos:

  1. Secuencia lineal: de lo formativo a lo académico y de lo académico a lo productivo.
  2. Secuencia paralela: lo formativo, académico y productivo simultáneamente en proceso de formación.
  3. Secuencia transversal: lo formativo, académico y productivo se desarrolla a través de toda experiencia de aprendizaje.
  4. Secuencia aplicativa: lo formativo, académico o cotidiano y productivo siempre se aplica en la misma situación problemática o de simulación.
  5. Secuencia integrativa: todos los aspectos o elementos curriculares afectan la integralidad del ser humano. El curriculum debe permitir la formación integral de las personas. Toda experiencia de aprendizaje, por pequeña que sea, afecta la integralidad del ser humano.

Actualmente, se han comenzado a incorporar al desarrollo curricular otros principios de clasificación, que están centrados en el aprendizaje que integra conceptos, procedimientos, actitudes y destrezas motoras, entre otros que ofrecen nuevas posibilidades didácticas. Por consiguiente, es necesaria la búsqueda de modalidades más integradas que promuevan situaciones de aprendizaje convergentes en las que se reproduzcan mejor las condiciones reales de trabajo (Malpica Jiménez, 2000). El principal enemigo que existe para cualquier competencia es la obsolescencia, ya sea en lo laboral, intelectual, productivo o afectivo. Cuando la competencia deja de ser funcional, oportuna, útil, representativa o afectiva, deja de ser competencia para convertirse en incompetencia. Un camino para superar lo anterior es aprender, desaprender y volver a aprender (Villada, 2007).

La noción de competencia se vincula directamente al mundo productivo y, por ende, al campo ocupacional. En este caso, tanto los procesos educativos como la estructura dinámica curricular deben tener propiedades básicas que favorezcan el desarrollo de la competencia. En este orden de ideas, la formación debe estar centrada en el desempeño; incorporando condiciones bajo las cuales ese desempeño es relevante; construyendo unidades de aprendizaje que sirvan como punto de convergencia para favorecer el desarrollo de niveles mayores de autonomía de los individuos.

Taxonomía de las competencias

La manera como los sistemas formativos están abordando la competencia laboral difiere entre países y depende, en buena medida, de la evolución que ha tenido el sistema educativo en cuanto a incorporar aspectos de lo que se entiende por una formación basada en competencias: la alternancia entre teoría y práctica, la evaluación a partir de criterios de desempeño en vez de conocimientos únicamente, una visión integradora de las materias a enseñar, una manera flexible de escalar y navegar entre los diferentes subsistemas y tipos de formación, ritmos individualizados de avance y modalidades de formación a lo largo de la vida laboral, entre otros (Mertens,1998). Como se puede notar, la noción de competencia general es muy cercana a la noción de competencia laboral. Los sistemas productivos cada vez son más amistosos con los sistemas formativos y esto mismo se espera con los procesos educativos.

Una taxonomía educativa debe permitir en acercamiento real al mundo de la vida y, por consiguiente, debe dar cuenta de los procesos formativos, de la dinámica de la vida académica y de la vida cotidiana, y de la manera como nos podemos insertar directamente al mundo productivo. A continuación hablaremos de competencias formativas, académicas o cotidianas y productivas.

a) Competencias formativas

Son todas aquellas capacidades convertidas en dominios, sobre las cuales se construye la estructura y dinámica de la integralidad del ser humano. Están representadas por los desarrollos en lo corporal, mental, social, afectivo y moral, que se constituyen como la base estructural de la personalidad, inteligencia, comportamientos y desarrollos del ser humano. Las competencias formativas configuran la estructura y dinámica del desarrollo humano, y están conformadas por dos subgrupos de competencias a saber: fundamentales y básicas.

Competencias fundamentales y básicas

Vale la pena aclarar por qué la denominación formativo. Precisamente, esta clasificación es traída de la formación integral del ser humano como eje que orienta todo proceso educativo y, en general, el desarrollo del ser humano. La formación se da durante toda la vida, al igual que el desarrollo del ser humano. Es notable el papel que representa la socialización primaria y secundaria, la vida en familia, los procesos educativos básicos y el desarrollo psicoafectivo del ser humano en los primeros años de la vida. La formación adquiere un valor muy especial en la constitución de los fundamentos y de las bases en la existencia humana. Razón tenía Freud cuando le daba un valor supremamente importante a las experiencias tempranas de la vida. Igual sucedió con la importancia dada por Piaget al desarrollo del pensamiento, donde se construyen las primeras estructuras que van a demarcar la presencia o ausencia de determinadas competencias para la vida.


En este sentido, vale la pena insistir en lo argumentado por Arminda Aberasturi, Lorenz Kölberg y Erick Ericsson, quienes ponen especial énfasis en el papel fundante de lo moral, psicomotriz (corporal), social y afectivo. Para ellos, los primeros años de vida son definitivos en materia de fundamentación de las competencias a futuro o competencias potenciales. Este es el caso de las competencias fundamentales, al igual que de las competencias básicas. En el primer caso, son las competencias (fundamentales) responsables de constituir el terreno fértil o infértil de lo humano, en el cual se podrán construir las bases firmes o débiles de las competencias básicas. Dicho de otra manera, en el terreno de las competencias fundamentales se construyen las competencias básicas. Las competencias básicas lectoescriturales y del pensamiento lógico matemático, sólo se pueden constituir como tal, si el ser humano ha podido desarrollar los fundamentos (terreno fértil) de todo aquello que representa el desarrollo corporal, psicomotor y el desarrollo en el pensamiento. Las dificultades en materia de competencias básicas, deben ser buscadas en la estructura de las competencias fundamentales.

Se denominan fundamentales porque son todas aquellas que están presentes y son el potencial de la construcción del fundamento para la vida académica, social, productiva y personal. Estas son las generadoras del valor agregado de los procesos que han tenido su cimiento en una plataforma estructural llamada Desarrollo Humano Integral, la cual es comandada por la cognición. Es a partir de éstas que se construyen los procesos estructuradores de la corporeidad, corporalidad, socialización, escolaridad y expresiones afectivo-emotivas y morales. De una manera operativa, podríamos decir que un niño de 6 años tiene competencias fundamentales caracterizadas por moral heterónoma, pensamiento convergente, socialización secundaria y pensamiento preoperacional. Este desarrollo alcanzado podría constituirse en el terreno fértil para sembrar o desarrollar otros desempeños importantes que le vendrían bien a futuro al ser humano.

Las competencias básicas se convierten en la plataforma funcional para el desarrollo del ser humano, las relaciones personales, el desarrollo social y su intervención en el conocimiento. En este último caso, podríamos decir que el niño está listo para interactuar con el conocimiento científico, conocimiento disciplinar y la vida académica, siempre y cuando su desarrollo estructural lo permita. En el desarrollo de las competencias fundamentales es donde se edifican las competencias básicas, como ya lo hemos mencionado de manera insistente.

Como se trata de una taxonomía, podríamos decir que hay competencias claramente definidas cuando en el pensamiento matemático, la lectoescritura, la comprensión del mundo natural, entre otros, se observan desempeños óptimos. De aquí  podríamos hacer una aproximación a la clasificación, veamos: competencias cognoscitivas, psicomotrices, mentales, valorativas, afectivas, comportamentales y volitivas.

Las competencias fundamentales y básicas permanecen a lo largo de la vida y se desarrollan con mayor fuerza en los primeros años de vida, siguiendo su camino de transformación en la madurez adulta sin perder su valor estrictamente formativo. En competencias formativas el avance es permanente, siempre y cuando en los otros campos de las competencias no se observen o presenten deterioros o bajos niveles de desempeño. La ganancia es permanente.
¿En qué se observan las competencias formativas? La cotidianidad determina desempeños que nos permiten ver cómo las competencias formativas se pueden llegar a transformar en competencias académicas o en competencias productivas.


En materia curricular el trabajo en competencias formativas es permanente, pues son un requisito de transversalidad curricular. La transversalidad no sólo debe hacerse presente a lo largo de las actividades curriculares, sino que está implícita en el quehacer cotidiano de todo docente. Aquí, el protagonismo es total y profundo. De los éxitos alcanzados en materia formativa dependerán los desempeños en otras competencias que serán las responsables de la permanente visibilidad en el desempeño.

b) Competencias académicas o cotidianas

Son todas aquellas capacidades convertidas en dominios, que permiten el accionar en el mundo académico y en la vida cotidiana; están soportadas en lo formativo y se transforman en lo integrativo y superior. Desde aquí se constituyen los elementos que permitirán el desempeño en el mundo productivo, laboral, intelectual y cotidiano.

Competencias superiores e integrativas

Las competencias académicas se expresan en la vida cotidiana y, a su vez, la vida cotidiana se refleja en el mundo de la academia. A esto lo hemos llamado organización vital que, en otras palabras, nos dice que el ser humano organiza su vida conforme a sus necesidades, posibilidades y todo aquello que le exige la vida social y productiva. Le hemos denominado organización vital porque aquí aparece la necesidad del ser humano de prepararse o habilitarse para defenderse en la vida.

Un niño que vive en la calle es competente en la medida en que logra sobrevivir a las inclemencias propias de su supervivencia, carencias y conflictos que, a la postre, no representan una problemática cuando se hace competente para vivir allí. Diferente es el caso del niño escolar, a quien su medio ambiente, su hábitat y su vida cotidiana no le demandan competencias para sobrevivir. La calle, la escuela o su familia no le exigen desarrollar competencias refinadas y complejas. Por el contrario, la escuela le exige competencias supremamente elementales, en las cuales se muestra como un ser incompetente cuando le toca enfrentarse a la vida y a la supervivencia. Un niño de la calle es un niño incompetente en la escuela y un niño de la escuela es un niño incompetente en la calle. No olvidar que estamos hablando de nuestros niños que viven en un contexto determinado y que se educan en un sistema educativo con unas características como las nuestras.


Como ya se mencionó, el punto de referencia para poder hablar de esta taxonomía que hemos denominado competencias académicas, es la vida cotidiana. Por tal razón, este grupo podría ser denominado competencias cotidianas, pero es claro que la vida cotidiana de un niño escolar no es la calle. En este orden de ideas, nos queda claro que, en este segundo grupo de competencias, todo gira alrededor de la cotidianidad como forma natural o artificial de vida donde la naturalidad debe ser el común denominador. La escuela, es su calidad cotidiana, debe ser acompañada de procesos naturales de enseñanza y aprendizaje. Pero con relación a la calle, convertida en cotidianidad, sabemos que se hace un laboratorio natural de aprendizaje, donde el mejor maestro es la problematización a que está sometida la persona para poder sobrevivir.

En este grupo se exhiben las competencias superiores y las competencias integrativas. En el caso de las competencias superiores, la referencia es la transformación de la plataforma estructural y funcional en el desarrollo del ser humano integral, puesto al servicio de la cotidianidad. Es decir, se trata de las cogniciones en potencia y las cogniciones en acción al servicio del aprovechamiento y la superación de la cotidianidad, del mundo de la vida y del mundo de la academia. Estas se pueden observar como competencias cuando los niños o los adolescentes han incorporado de manera natural la escolaridad, la familiaridad y la socialización. Como se puede notar, estas competencias aparecen como el proceso natural del desarrollo de las competencias fundamentales y básicas, y se potencian como competencias superiores e integrativas, siempre y cuando representen o demuestren capacidades puestas en escena de carácter integrativo y superando lo ya alcanzado. Esta es la tarea de los procesos educativos y del curriculum.

¿Por qué competencias superiores? Superar y estar por encima de, podría ayudarnos a entender inicialmente la clasificación. ¿Por encima de qué? De las estructuras cognitivas de base e, igualmente, por encima de la utilización de dichas estructuras. De otra manera, un estudiante que recién ingresa a la Universidad intenta poner a funcionar sus capacidades propias (innatas) y adquiridas en la vida. Él debe saber leer, escribir, escuchar, operar matemáticamente, estar socializado, maduro afectivamente, resolver problemas o, al menos, estar en capacidad de intervenirlos, comprender códigos registrados o extensos, estar informado e informar, reflexionar, entre otras tantas cosas que son importantes para un desempeño calificado. Ser capaz de lo anterior implica un terreno fértil de posibilidades, tanto en lo estructural como en lo dinámico, pues, no sólo se debe tener en cuenta el poseer capacidades para, sino el poderlas emplear o desplegarlas a fondo. Muchos estudiantes llegan a las universidades con inmensas posibilidades (potencialidades) que no ponen al servicio de las necesidades del proceso educativo y terminan fracasando. Aquí hay un gran dilema del cual existen muchos responsables, además del estudiante, y que involucra a la familia, su desarrollo alcanzado, las experiencias tempranas, los patrones de crianza, las condiciones socioculturales y a la Universidad porque carece de posibilidades para llegar a extraer o hacer visibles las potencialidades del nivel alcanzado por el estudiante. El resultado es evidente, el estudiante fracasa en su intento después de haber sido brillante en lo fundamental o básico.


Pero la historia planteada aquí no necesariamente termina de esta manera. Es posible que las capacidades previamente establecidas afloren de manera natural y muestren su cara amable. De ocurrir lo anterior -y ante una Universidad que hace gala de su poder educativo en lo superior y para lo superior-; se podría ver, de manera sencilla, cómo el estudiante hace visible sus potencialidades (fundamentales y básicas) en el diario vivir académico de la vida universitaria. Es decir, el estudiante superó lo que tenía y lo transformará de manera continua en desempeños sobresalientes e igualmente, potenciará aún más lo que tiene por el resto del proceso educativo, en su vida cotidiana y en la vida profesional.


Hay que clarificar que la llegada a la Universidad no garantiza que lo formativo previo, como fundamental y básico, transforme su plataforma cognitiva. Puede empeorar el cuadro y verse de manera brillante en la universidad, sin lograr ningún cambio significativo. La educación superior no es el referente para la construcción de competencias superiores. A este respecto debemos decir que es la vida cotidiana y profesional, vinculada al mundo de la academia, la que pone a prueba de qué es capaz el ser humano, verificable en la capacidad para innovar, crear, organizar, tomar decisiones, participar, administrar, prospectar, universalizar, glocalizar, flexibilizar el mundo del conocimiento, de la información y de la academia.

Las competencias superiores se hacen visibles en el actuar personal, social, familiar, ciudadano y cotidiano. ¿De qué manera? Si están claramente establecidas las competencias fundamentales y básicas, queda el camino y las condiciones listas para un desempeño transformador. La clave en el desempeño transformador es ir más allá de lo que se dispone o se tiene aprendido, de esta manera, se va directo a las competencias superiores. También se pueden construir competencias transformadoras de orden superior, a través de varios procesos educativos tales como: indagación, reflexión, introspección y educación emocional.

¿En cuáles acciones se reflejan los desempeños en competencias superiores? En acciones tales como: crear, innovar, diversificar, comunicar, participar, socializar, interactuar, observar, buscar, discriminar, relacionar, decidir, disciplinar, comprometer, tener confianza, desarrollar autoestima, liderar y construir conciencia.

En el caso de las competencias integrativas suceden casos muy parecidos a los planteados con anterioridad. Las competencias integrativas se construyen a partir de la integración de lo fundamental y de lo básico. La gran diferencia es construir relaciones, trascender, transformar y dar sentido, significar y resignificar, así sea superando e interpretando lo ya establecido en lo superior o desde lo fundamental y básico.

Las competencias integrativas se construyen a partir de la plataforma estructural y funcional dándole sentido de manera relacional a todo aquello que demanda trascendencia, transformación y construcción integradora creativa. En este grupo, aparentemente, no se encuentra una diferencia fundamental con las competencias superiores, basta con decir que la idea de lo superior es superar lo básico y lo fundamental, y que en lo integrativo es compactar lo básico y fundamental en cogniciones integradoras, producción intelectual y científica, intersubjetiva y en reflexión e indagación por la vida y los problemas.

Como en el ámbito en el cual se plantean las competencias académicas y cotidianas es el mundo de la vida, la cotidianidad, la educación y todo aquello que se necesite superar e integrar desde lo fundamental y lo básico, es el mundo de los problemas, el contexto vital, la economía global y la productividad los que plantean la transformación permanente de lo formativo a lo académico (cotidiano). Éstos contribuyen a la transformación, igualmente, de las competencias académicas a las competencias formativas. Este desarrollo bidireccional alienta, de manera notable, la adaptación del mundo de la academia, los procesos educativos y el aprendizaje, logrando la transformación de todo aquello aquí implicado y mucho más. Los desempeños son valores agregados para nuevas competencias y todo aquello problematizador del mundo y del ser humano. En conclusión, el beneficiado directo es el pensamiento, la personalidad, la adaptación y la maduración personal. Para mejor comprensión, podríamos decir que la transformación, en su esencia, radica en mejores condiciones cognitivas y, por ende, en mejores competencias.


¿En cuáles acciones se reflejan los desempeños en competencias integrativas? En acciones tales como: adaptación, modelación, comunicación, crítica dialógica, universalización, personalización, inclusión, filiación, solidaridad y humanización.

c) Competencias productivas

Son todas aquellas capacidades convertidas en dominios, que permiten el desempeño intelectual y laboral. Estas competencias se construyen con base en las formativas y / o las académicas y representan la puesta en escena de la transformación de lo aprendido durante la vida cotidiana y académica. El objetivo de la capacitación basada en competencias es desarrollar una fuerza laboral competente, con énfasis en la adquisición de habilidades prácticas necesarias en los lugares de trabajo, las cuales son definidas por los empleadores (Saluja, 2000).

Competencias aplicadas y competencias transversales

Si:Vivimos en el límite de un mundo que se transforma, por lo tanto, nos ubicamos en el tránsito de un modo de conocer a otro. Todavía seguimos apoyándonos en la acumulación de lo escrito, aunque debemos revisar esa relación que, con frecuencia, nos ciega ante las nuevas emergencias sociales(Zemelman, 2005), entonces, existe un claro reclamo ante el conocimiento acumulado que, para algunos autores y educadores, son fundamentales en el mundo educativo y científico. Cuando de competencias se trata, se configuran como competencias cognoscitivas, siempre y cuando, la idea no sea acumular sino transformar o poner al servicio de las necesidades o posibilidades que demanda el mundo productivo, ya se laboral o intelectual.


Se presenta entonces, la oportunidad para hacer especial énfasis en el papel del pensamiento o de la mente en materia productiva. Hoy día la situación que ha generado la globalización y su modelo económico neoliberal, demanda tener información, saberla encontrar, utilizar y ponerla al servicio de los desempeños efectivos. No basta con tener información, la educación para el futuro deberá ayudar a unas personas a comprender las mejores cualidades de los mejores seres humanos (Gardner, 2005). El autor destaca la necesidad de desarrollar una educación capaz de crear personas con mente disciplinada, mente sintética, mente creativa, mente respetuosa y mente crítica.

En relación a las competencias productivas es necesario decir que poner al servicio del desarrollo del ser humano y su desempeño la integración, superación de lo básico y fundamental, que habita o que se ha alcanzado, permite que la productividad de todo orden alcance su nivel de competitividad. En este sentido, se han planteado dos grandes grupos de competencias productivas a saber: competencias transversales y competencias aplicadas. Antes de entrar en materia, vale la pena decir que el primer grupo de competencias, que denominamos competencias formativas, generan competencias cotidianas o académicas; pero, igualmente, estas pueden originar competencias productivas. Lo anterior nos dice que podemos llegar al plano productivo directamente desde lo formativo o a través del proceso de transformación educativo que brinda las competencias cotidianas o académicas.

Las competencias transversales son del orden interpretativo, argumentativo, propositivo, demostrativo y resolutivo. Éstas no sólo se aprenden y aplican al texto, a lo comunicativo, a lo académico y a lo científico, también hacen parte de la cotidianidad. Se denominan transversales debido a su carácter relacional aplicativo, secuencializador y organizador, no sólo de la acción mental sino de la utilización en la problematización, en la solución de problemas y en la transformación del mundo.


Las competencias aplicadas son instrumentales, reflexivas  y sociales. Este grupo, que hace parte de lo estrictamente productivo, representa un excelente campo de utilización en lo cotidiano pero también en todo tipo de productividad. En materia de competitividad, una persona competente debe tener la capacidad de desempeñarse simultáneamente en lo instrumental (manejo de tecnología), en lo reflexivo (pensamiento crítico) y en lo social (socialización madura).

Un objetivo nacional fundamental debería ser aumentar la habilidad de los alumnos para resolver problemas y demostrar competencia en materias complejas como matemáticas y ciencia (Dede, 2000). Esto se aplica perfectamente a la capacidad que debe desarrollar el trabajador en el mundo productivo, no sólo debe utilizar herramientas, saber interactuar sino resolver de manera crítica y oportuna los problemas que le demanda su campo laboral y su vida cotidiana. Este es el ámbito en el cual las competencias productivas se hacen presentes de manera permanente y con la urgencia que implican desempeños oportunos.



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La tutoría estudiantil como dispositivo de aprendizaje relacional, metacognitivo y situado


Domingo Bazán Campos
Profesor y Licenciado en Educación.
Coordinador de la Línea Pedagógica de la Facultad de Pedagogía, UAHC


I. De la tutela del educando a la solución de problemas educativos... 

En la actualidad, como ocurre en casi todos los ámbitos de intervención de la conducta humana, existe una variedad de conceptos que parecen apelar a los mismos significados, por ello, es importante hacer una mirada a estos conceptos

En primer lugar, es conveniente recordar que el término “tutoría” es polisémico. Básicamente, según la Real Academia Española, tutoría alude a la idea de tutela, a la autoridad del tutor que ejerce la tutela, es decir, una persona que cuida de otra, bien por que ha sido confiada dicha autoridad por el padre del protegido o bien porque la ley se la ha conferido (como en el caso de menores de edad, ancianos o minusválidos). En esta aproximación preliminar, hablar de tutoría es sinónimo de cuidado, defensa, protección y dirección. Esto significa el reconocimiento de una relación relativamente asimétrica, de un ser superior a otro inferior (o en un nivel de desarrollo desigual).  

Desde un punto de vista pedagógico, la idea de tutoría arrastra consigo una connotación positiva que dice relación con resolver parte importante de los problemas de enseñanza y aprendizaje que enfrenta una institución escolar. Esta es una aproximación relevante: se habla de tutoría (o sus equivalentes) en el plano de la ineficiencia de los procesos formativos y, en este sentido, su sola apelación es síntoma de la existencia de procesos formativos parcialmente logrados. Sin embargo, la idea de tutoría es, a la vez, una clara promesa de éxito, una apelación a la esperanza, en cuanto es concebida como un dispositivo que mejora las prácticas educativas de una institución educativa.  

En este contexto, se puede decir que el método tutorial es un conjunto sistematizado de acciones educativas centradas preferentemente en el estudiante y que actúa como un elemento de orientación y servicio al estudiante, en sus planos cognitivo y afectivo. Esta intervención puede concentrar la atención también en el entorno del estudiante, su familia e, incluso, en los procesos docentes dedicados directamente al desarrollo del pensamiento


En líneas gruesas, entonces, podemos aceptar que la tutoría supone la instalación de un proceso formalmente individualizador e integrador del educando, que tiene por objeto armonizar los aspectos psicosociales y educativos de la formación de personas. Se entiende, así, la tutoría como un aspecto indisociable de la función docente, de modo que el tutor queda definido como el educador experto cuya misión es ocuparse de la integración del alumno en lo tocante a la escolaridad, vocación y personalidad, el consejero de los alumnos y de los propios profesores respecto a toda clase de decisiones sobre escolaridad, o que se ocupa de aquellos aspectos educativos que no quedan suficientemente atendidos dentro de la clase ordinaria.  

Las restricciones o sesgos que han tenido las primeras nociones de tutoría, tales como su falta de reciprocidad sujeto-sujeto o su sello eficientista, han ido perdiendo vigencia en la medida que han emergido nuevas conceptualizaciones del aprendizaje, siguiendo más de cerca los enfoques constructivistas. En este sentido, la idea de un cierto feed-back mediador que apoya y mejora los aprendizajes de los alumnos avala la existencia de procesos estables de tutoría, al igual que la necesidad de promover avances más personalizados en el desarrollo y el aprendizaje de los sujetos. Hoy en día existe consenso en aceptar como factores del aprendizaje el tema de los estilos cognitivos, las actitudes del docente, los aspectos afectivos del aprendizaje humano, la valoración de las diferencias individuales, la capacidad del sujeto de establecer interacciones lingüísticamente significativas, por nombrar sólo algunos de los factores que un buen sistema tutorial puede asumir y protagonizar. 

Sin embargo, los mismos avances pedagógicos y de la psicología del aprendizaje, tomando cuerpo en el denominado “constructivismo situado” (de los psicólogos educacionales de Barcelona), en la idea de que el sujeto es un “sistema cerrado” (de Humberto Maturana en Chile) o en las interpretaciones de la pedagogía crítico social han determinado, finalmente, que se produzca también un cierto rechazo o desencanto con respecto al potencial transformador de las tutorías, sobre todo cuando se las concibe e instala en forma descontextualizada de la práctica pedagógica ordinaria del estudiante. Esto hay que decirlo con claridad: el desacuerdo en torno al valor real de las tutorías, en un sector importante del sistema educacional, es creciente. 


Con todo, a modo de síntesis de lo señalado, acordemos que la idea de tutoría implica un proceso intencionado y sistemático, gestado y ejecutado por expertos en el espacio extra-aula, tendiente a apoyar/compensar/mejorar los aprendizajes ordinarios de los estudiantes, especialmente en el plano cognitivo y afectivo de su persona.


II. De la tutoría a la orientación educativa del otro...  

Un segundo término presente en este ámbito es el de “orientación educativa”. Este evoca un concepto más amplio que el de tutoría, con el que coincide parcialmente pero que ha significado que la labor de tutoría densifique sus argumentos desde una mirada pedagógica. En efecto, la orientación educativa consiste en la propia educación bajo el aspecto de la maduración de la personalidad de cada alumno concreto y de la concreción de su camino en la vida. La  única orientación educativa, señalan los orientadores educacionales, es la educación integral y personalizada. Es importante recordar/destacar que el nivel de profesionalización, al menos en Chile, es radicalmente diferente entre un tutor y un orientador educacional. El primero, de hecho, no pasa de ser un cargo, en cambio al segundo se accede por la vía de estudios formales de postítulo (de dos o tres semestres de duración). 


Así, la idea de una orientación educacional se concreta en los siguientes planos: 

a) En cuanto orientación para la vida, su finalidad es la de asegurar la funcionalidad de los aprendizajes, su conexión con el entorno  y con el futuro previsible de los alumnos.

b) La orientación como asesoramiento sobre caminos diferentes y sobre las consiguientes opciones a las que se enfrenta el alumno dentro de cada una de sus transiciones dentro del propio sistema educativo, y desde éste  hacia el mundo laboral.

c) Se puede entender también como educación sobre la propia educación, es decir, como la función educativa que versa no sobre el aprendizaje de contenidos académicos, sino sobre modos generales de adquirir y manejar  conocimientos, habilidades, procedimientos y técnicas. Sobre  la capacidad de aprender a aprender.

d) Se la entiende como educación de apoyo. Aunque el concepto tiene origen  en el tratamiento educativo de las necesidades especiales, su alcance se extiende a muchas situaciones en las que las necesidades educativas de los alumnos -necesidades siempre específicas e individualizadas- no pueden ser suficientemente atendidas por los profesores ordinarios y con los medios ordinarios. Se concibe este apoyo educativo como el conjunto de estrategias que complementan, consolidan o enriquecen la acción educativa ordinaria y principal. En otras palabras, equivale al apoyo pedagógico.

Las aportaciones derivadas del campo de la orientación educacional implican, en consecuencia, una re-significación de las tutorías marcada por una mayor complejidad formativa y por la necesidad de abordar los elementos afectivos, intelectuales y valóricos del sujeto en formación, dimensiones inherentes a la relación intersubjetiva educador tutor-educando, distanciándonos además de posturas asistencialistas y de orden tecno-instrumental de la tutoría tradicional.

III. La tutoría como dispositivo de mediación metacognitiva y situada...  


Desde un punto de vista teórico, se sabe que diversas investigaciones desarrolladas en torno a la efectividad de la enseñanza demuestran que la consideración de aspectos como el contacto frecuente profesor–alumno, el tiempo de dedicación del estudiante a las tareas académicas, el aprendizaje activo, la retroalimentación oportuna sobre el progreso de los estudiantes, son variables que influyen positivamente en el ámbito del aprendizaje y de la enseñanza. Existe, en suma, abundante información que demuestra que las interacciones educativas más importantes son aquellas que extienden el aprendizaje académico a la vida de los estudiantes fuera de la sala de clases, mirando al sujeto que aprende en todas sus dimensiones e incrementando las oportunidades de aprendizaje coexistencial.


En este sentido, se ha señalado claramente que este contacto tutor-educando representa uno de los factores más importante de la motivación y el compromiso estudiantil, ayudando a los jóvenes a sobrellevar los rigores del trabajo académico, orientando aspectos claves del desarrollo y la necesaria emancipación de la población estudiantil. Esto supone enmarcar la relación educativa en una concepción pedagógica de carácter constructivista y hermenéutico-crítico, es decir, orientada por un interés liberador y transformador del sujeto y la sociedad.

El siguiente cuadro da cuenta de estos rasgos pedagógicos al comparar tres nociones de didáctica existentes según el interés cognitivo subyacente:

Didáctica basada en

Interés Técnico

Interés Práctico

Interés
Hermenéutico-Crítico
Criterio de comparación
Finalidad de la Didáctica
Explicación y control de los conocimientos que se trasmiten

Comprensión y puesta en acción de sentidos y actividades que permiten aprendizajes significativos
Reflexión y elaboración de saberes proclives al logro de la autonomía, la emancipación y la transformación de las prácticas sociales
Concepción de aprendizaje

Transmisión de conocimientos universales (de la ciencia y la cultura dominante)
Construcción de conocimientos asociados a una idea global del  saber, de los valores y la trascendencia
Construcción de saberes significativos que apuntan a la comprensión y superación “situada” de las problemáticas de la realidad social
Calidad de la enseñanza
Rendimiento en función de logros medibles  y cuantificables (en base a estándares psicométricos e  internacionales)
Mejoramiento continuo de procesos de enseñanza y aprendizaje, incluyendo la existencia de formación valórica y de rendimientos exitosos.
Mejoramiento continuo de procesos educativos, incluyendo indicadores cualitativos y cuantitativos de  rendimiento y desarrollo valórico-actitudinal, orientados por fines de pensamiento crítico, democratizador y transformador.
Rol del Profesor
Diseñar y dirigir el proceso de enseñanza de acuerdo a las características de los educandos, enfatizando la productividad, la disciplina y el orden
Diseñar y liderar el avance educativo de los estudiantes, reflexionando a cerca de las mejores maneras de alcanzar aprendizajes significativos
Diseñar y mediar en la construcción de aprendizajes significativos, atendiendo crítica y pertinentemente a la diversidad de sus estudiantes
Rol del Estudiante
Ejecutar instrucciones docentes y participar de las actividades diseñadas para asegurar la incorporación intelectual de contenidos pre-establecidos
Participar en las actividades previstas por el docente, constituyéndose en el protagonista de sus propios aprendizajes conceptuales y valóricos
Participar activamente en las tareas educativas propuestas, reflexionando, cuestionando y resignificando los contenidos conceptuales y valóricos implicados
Relación Teoría-Práctica
Predominancia de la teoría sobre la práctica, toda vez que la primera explica y determina el operar concreto de las personas
Interdependencia entre teoría y práctica. La teoría nutre las acciones prácticas y, a su vez, la práctica orienta nuevas definiciones teóricas
Interdependencia dialéctica, de mutua resignificación entre teoría y práctica. No hay teoría sin práctica ni práctica sin teoría.
Concepción de la Evaluación

Momento de comprobación de los niveles de aprendizaje logrados por los estudiantes, en función de metas curriculares previstas, asociadas a aprobación y clasificación
Proceso de comprensión de los logros estudiantiles y de otras dimensiones educativas, con la intención de mejorar cualitativamente el desarrollo de aprendizajes significativos
Proceso permanente de resignificación de las decisiones y acciones pedagógicas, orientado a la comprensión y transformación de la práctica educativa y al desarrollo de sujetos críticos
Tomado de: Bazán, D. (2013). Investigación-Acción y Pedagogía Crítica para el Profesorado que Sueña y Resiste. Santiago, Ediciones Alteridad.

La tutoría se entiende, así, como el establecimiento de una relación pedagógica en la cual el estudiante recibe de modo directo e intencionado una guía u orientación en torno a los procesos de pensamiento y aprendizaje que ha de llevar a cabo para sortear con éxito sus responsabilidades educativas. Por tanto, interesa no sólo referirse al contenido de la signatura a aprobar, sino fundamentalmente al desarrollo metacognitivo del estudiante.

La adquisición de esta metacognición supone una práctica educativa de mediación y potenciación en los estudiantes, en procura de su autonomía, en un proceso de aprendizaje y desarrollo destinado a alcanzar gradualmente autorregulación, fortalecimiento de la motivación intrínseca y la adquisición de diversas estrategias para aprender a aprender. 


A partir de la existencia de programas de tutorías las instituciones formadoras –en sus distintos niveles- esperan generar un espacio dialógico de trabajo entre docentes y alumnos, esto es, una relación de discusión e intercambio de ideas que permita a los alumnos deconstruir, reconstruir y construir sus propias representaciones del mundo y de sus aprendizajes personales.

En otras palabras, la forma de conceptualizar la tutoría, en el presente, empieza a enmarcarse en la perspectiva constructivista del saber social que puede desarrollar en los estudiantes dos grandes componentes:

Componente
Descripción



Componente metacognitivo
Los sistemas de pensamiento y metacognición que le permitan de modo crecientemente autorregulado plantearse problemas, discutir ideas, elaborar hipótesis y encontrar soluciones propias a sus problemas. Este componente supone/implica un determinado contenido de asignatura o de núcleo temático y no debe entenderse como la opción/aspiración sesgada por desarrollar el pensamiento de modo descontextualizado y universalista.



Componente valórico-actitudinal
Desde esta perspectiva, el educador es concebido como mediador y guía del proceso de construcción, no sólo de conceptos y herramientas científicas, sino también de valores y conceptos socioculturales que hacen posible un desarrollo ético y situado del educando a través de la articulación de la racionalidad instrumental y valórica.


Ambos componentes, uno de racionalidad instrumental, el otro de racionalidad valórica, se articulan y armonizan, tal como sugiere la pedagogía crítica y la perspectiva constructivista del saber pedagógico. A partir de esta orientación, un programa de tutorías puede aspirar a objetivos tales como los siguientes:

1) Contribuir con el mejoramiento de la calidad de los procesos formativos de los estudiantes.

2) Propiciar actividades intencionadas de apoyo al desarrollo de estrategias del pensamiento en los estudiantes (Componente Metacognitivo).

3) Potenciar el desarrollo valórico-actitudinal de los estudiantes universitarios a partir del incremento dialógico del contacto profesor-alumno (Componente valórico-actitudinal).

Uno de los elementos más sensibles en los programas tutoriales se refiere al docente-tutor. En efecto, el perfil de los profesores participantes es una variable a considerar puesto que son de gran influencia en el logro de los objetivos pedagógicos del programa, por tanto, es importante al momento de convocar a los docentes tomar en cuenta y resaltar algunas de las siguientes características: conocer y valorar distintos estilos de aprendizaje; poseer claras habilidades de comunicación interpersonal; manejar sistemáticamente distintas estrategias de asesoría; valorar la  relación dialógica con los alumnos, entre otras. 


Por otro lado, la actividad tutorial suele concentrarse en la tarea de apoyar, supervisar y acompañar al estudiante durante el periodo de inserción y adaptación  al ambiente escolar y en detectar dificultades emergentes en su proceso de desarrollo de estrategias del pensamiento. Aquí se recomienda generar un contrato pedagógico entre el tutor y sus alumnos. Este contrato es simbólico, público y define los roles y responsabilidades dentro de la relación educativa, haciendo posible construir y explicitar colaborativamente los propósitos formativos.

La actividad tutorial es eminentemente individual,  sin embargo, también es posible pensar acciones grupales de menor presencia a lo largo del año. La actividad tutorial se organiza sobre la base de la asignación de no más de 5 alumnos por tutor, para desarrollar distintas acciones de apoyo y acompañamiento. Debido a la responsabilidad y complejidad de tales acciones es necesario asignar a cada docente horas pedagógicas de modo de garantizar un horario definido para atender alumnos y condiciones mínimas para diseñar, ejecutar y evaluar las acciones de tutorías que se requiera.

Las acciones que es posible realizar en este trabajo tutorial suelen hacer referencia a:

1) Conocer al alumno en los siguientes aspectos: Características personales, Historia escolar y académica, Entorno familiar y expectativas, Hábitos de estudio, Rendimiento en el proceso lectivo.

2) Apoyar al alumno en: Adaptación a la vida escolar, Uso crítico y eficiente de los modos de trabajo pedagógico definidas en el modelo educativo, Establecer relaciones interpersonales adecuadas, El mejoramiento general de su rendimiento académico.

3) Potenciar en el educando un mejoramiento efectivo de sus aprendizajes a partir del desarrollo del pensamiento, concentrando la mirada en: Incremento de la metacognición, Desarrollo de procedimientos para incrementar las habilidades de pensamiento, distinguiendo cuatro factores en toda ejecución intelectual: habilidades, métodos, conocimientos y actitudes.

4) Derivar al alumno a servicios de apoyo y asistencia en la institución educativa: Asistente Social, Psicólogo.


La organización de las actividades tutoriales implica llevar a cabo un conjunto de actividades preparatorias, tales como las siguientes:

1) Reunir a los docentes-tutores para sensibilizarlos en la racionalidad y objetivos del programa tutorial.

2) Diseñar acciones específicas a realizar en los distintos momentos programa tutorial, según el nivel de responsabilidad y de gestión que corresponda.

3) Preparar el material que se empleará (tanto didáctico como evaluativo), asociado preferentemente a: diagnóstico de metacognición, material de difusión para los alumnos, portafolios de tutoría, formas de registro de consulta e información del docente, pautas evaluativas, documento de compromiso pedagógico –con deberes y derechos- para la tutoría, set de actividades básicas para propiciar la conversación tutor-tutorando.

4) Distribuir a los tutores con sus tutorandos y fijar horarios.

5) Proyectar un par de jornadas de perfeccionamiento para los tutores durante el semestre (con el  objeto de reforzar y adquirir herramientas teóricas y prácticas para desarrollar con mayor efectividad esta tarea).

6) Calendarizar una jornada evaluativa por semestre, en la idea de que el mejor aprendizaje profesional ocurre dentro de las actividades cotidianas que los docentes llevan a cabo en sus lugares de trabajo, aprendiendo con sus propios colegas y trabajando con ellos.


Un aspecto no menor de estos esfuerzos formativos se refiere a contar con un sistema de evaluación que dé cuenta de los principales logros alcanzados y de su funcionamiento pedagógico-administrativo. Aquí se propone lo siguiente: Encuesta de opinión/satisfacción para estudiantes y docentes-tutores al finalizar cada periodo lectivo; Fichas de tareas realizadas y de avance de cada estudiante (registro realizado por el docente-tutor); Portafolio de Tutoría realizado por cada alumno; Comparación pre-pos test de avance metacognitivo de los estudiantes; Informes de otros profesionales a partir de reuniones evaluativas sostenidas con los docentes-tutores.


IV. Algunos aspectos a cautelar de los sistemas tutoriales...

De acuerdo a las experiencias conocidas, existe un cierto acuerdo en los tópicos donde suelen fallar los intentos formativos a través de tutorías. En lo que sigue se plantean algunas cuestiones que han de resolverse adecuada y reflexivamente en la tarea de instalar exitosamente un programa de tutoría estudiantil. Se trata de enunciados muy simples y directos:


a) Es recomendable empezar esta actividad conjuntamente con las otras tareas del estudiante, en la primera semana de clases. Un retraso en esta materia puede significar nula disponibilidad de parte del estudiante una vez iniciado el período lectivo ordinario. 

b) Conviene designar un coordinador de las tareas de tutoría estudiantil, en lo posible con adecuada formación pedagógica y psicopedagógica. 

c) Es importante realizar un par de reuniones informativas y de preparación con los educadores-tutores. Esto le asigna un importantísimo carácter de participación y protagonismo al diseño más específico del programa tutorial. 

d) Resulta relevante estructurar un horario estelar para estas actividades, si el horario es periférico o incómodo, el éxito no está asegurado. 

e) Es necesario formalizar el contrato o compromiso que los alumnos y docentes darán a esta actividad (firma simbólica de un convenio de consentimiento, por ejemplo).

f) Estudiar la idea de introducir normativas para las actividades tutoriales que garanticen algún tipo de formalidad, obligatoriedad o de sanciones mínimas por incumplimiento  de parte de los estudiantes (algún mecanismo de control social formal).

g) Informar a la comunidad profusamente de esta actividad, de sus objetivos y relevancia (panel, folletos, trípticos, etc.).

h) Planificar e implementar actividades de perfeccionamiento para los docentes-tutores.

i) Contar con el apoyo formal y explícito de otras autoridades de la institución.

j) Diseñar un sistema de registro de actividades y avances de cada estudiante, a la manera de un portafolio.


Con todo, existe también una cierta convicción central en este esfuerzo: resulta sumamente difícil medir el éxito de un programa de este tipo por la lógica del costo-beneficio, más bien entra en juego la convicción formativa de que un cambio de este tenor es sumamente lento y entramado. Por ello, el tiempo debe estar a favor de los innovadores garantizando suficientes espacios de diálogo reflexivo y propositivo, es decir, lo propio del mundo pedagógico.
  

Referencias…

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