viernes, 4 de enero de 2013

Calidad de la educación y formación por competencias



Enrique Barés

Psicólogo y Profesor en Psicología.
Académico de la Facultad de Psicología y del programa de Licenciatura en Ciencias de la Educación
de la Universidad Nacional de Rosario.
enriquebares@gmail.com

En este artículo procuramos plantear nuestra reflexión en torno a un tema que se debate en el seno de los análisis sobre curriculum universitario: la calidad de la educación. A esto, se ha incorporado más recientemente una perspectiva que implica un entrecruzamiento conceptual y disciplinar con vertientes de diverso origen. La noción de competencia aparece en el escenario de la educación en los últimos años asociada a la idea de una formación profesional con mayor ajuste a las demandas de desempeño. Nos interesa dejar planteadas algunas líneas de análisis y esbozar hipótesis que posibiliten profundizar ese debate. 

La cuestión de la calidad es inherente a la educación toda vez que concebimos a ésta como el proceso de comunicación social que asegura la vigencia de la cultura y anticipa los modos de formulación y resolución de nuevos problemas que deben enfrentar los hombres y mujeres en su vida cotidiana. En primer lugar, entonces, centremos la cuestión del conocimiento en un lugar dentro de la concepción general que postulamos como una ética. Se trata de construir un marco general respecto de la concepción que tenemos sobre el conocimiento y su incidencia en la vida general de la comunidad.


El concepto de calidad de la educación es plural; diversas agencias, organismos nacionales e internacionales y especialistas en el tema han propuesto definiciones más o menos coincidentes. Hemos tomado dos definiciones para analizar en este espacio. La primera ha sido consagrada en el glosario de la Red Iberoamericana para la Acreditación de la Educación Superior (RIACES); la segunda, ha sido establecida en el Consejo Interuniversitario Nacional (CIN), que reúne a los Rectores de las universidades nacionales argentinas y sirvió de referencia en el proceso iniciado a comienzos de los ´90, en el espacio universitario de ese país, hasta la actualidad.

La RIACES concibe a la calidad como el grado en el que un conjunto de rasgos diferenciadores inherentes a la educación superior cumplen con una necesidad o expectativa establecida. En una definición laxa, se refiere al funcionamiento ejemplar de una institución de educación superior. Propiedad de una institución o programa que cumple los estándares previamente establecidos por una agencia u organismo de acreditación. El contraste para ponderar la calidad se formula sobre una necesidad o expectativa establecida. Se reconoce, entonces, el carácter histórico, social, cultural de la definición. No hay, por tanto, una calidad en sí; una calidad que se explique a sí misma. Debe construirse con arreglo a la representación que la comunidad tiene respecto de ella.

Resulta conveniente analizar los componentes de la sobredeterminación sociocultural de la noción de calidad de la educación superior. La emisión de un juicio de valor acerca de las cualidades de una institución universitaria, de un programa, de una carrera, de los alumnos, de los profesores o de los graduados implica un posicionamiento respecto de un imaginario social que es la expresión de construcciones significativas explícitas e implícitas que operan como soportes de una representación social más o menos compartida por actores sociales involucrados más o menos directamente en el conjunto de acciones, discursos y formulaciones que se desarrollan en torno al conocimiento, a los intelectuales, los profesionales y sus instituciones.


El Consejo Interuniversitario Nacional, de Argentina, ha definido calidad como los efectos positivos que las instituciones universitarias proyectan en el medio, a través de numerosas actividades, imposibles de mensurar, pero sí analizar cualitativamente, en función de los procesos histórico-socio-político-culturales en los que están insertas. En este sentido, hay que considerar cuál es el impacto de la inserción de la Universidad y sus efectos en el desarrollo del medio, no sólo por la generación de graduados de grado y postgrado (en cantidad y calidad) sino también por los servicios que presta en la producción, preservación, acrecentamiento y difusión de conocimientos, que se resumen en un mejoramiento de la calidad de vida. Tiene en cuenta, en consecuencia todas las funciones inherentes a la Universidad y su apreciación no se puede reducir al graduado como único producto e indicador de calidad.  La evaluación de la calidad, entonces, surge de una reflexión sobre los procesos de crecimiento interno de las instituciones universitarias, que valore las transformaciones en una confrontación permanente con la realidad y las intencionalidades de los sujetos, que construyen y reconstruyen permanentemente sus proyectos. En la evaluación de la calidad, además, no debe quedar afuera la inversión del Estado y los resultados superiores que se obtiene de ella (CIN; 1992). Como se ve, esta noción se asienta en términos más bien endógenos, por una parte, y en relación al impacto que los conocimientos producen, por otra. En cualquier caso, está presente –entre los componentes de la calidad- la vinculación que el conocimiento tiene con la transformación social. De allí, la responsabilidad social de la universidad.

La responsabilidad social de la universidad se evidencia en el objeto mismo de su función: la producción, gestión y legitimación de conocimientos. En el proceso de construcción de sentido que implica la creación de nuevos conocimientos y la consagración de los mismos, la universidad formula problemas y objetos de investigación, objetos que consagra como científicos y que tienen, a partir de allí, cierta legalidad para el conjunto de la sociedad. Al configurar aquellas problemáticas e identificar ciertos acontecimientos con el estatus de objetos de la ciencia se establece –ante la sociedad- un enunciado de verdad, una verdad histórica, provisoria, sometida –permanentemente– a la crítica. La complejización ininterrumpida de la vida social, cultural, económica, política produce la emergencia de nuevas problemáticas, de nuevas necesidades que requieren nuevas respuestas. La labor intelectual que deviene del abordaje de estas cuestiones se define sobre la base de un entramado complejo y dinámico de actores e instituciones que obran como legitimadores de las significaciones que se asignan a aquellos acontecimientos.


Estamos hablando, precisamente, de la universidad y la labor académica que en ella se realiza. El pensamiento crítico está en relación al quehacer científico, al ejercicio de la deconstrucción y reconstrucción de las significaciones sociales respecto al universo, a los espacios socioculturales y al posicionamiento ético-político de los actores. La razón dialéctica, la razón hermenéutica y la razón ético-política constituyen el sostén de la función crítica que los intelectuales y la universidad, despliegan en la sociedad. A través de la construcción de sentido que cada tribu académica estructura (BECHER, T. 1989), sus miembros participan con una singular personalidad, invistiendo el habitus que es inherente a una profesión o a una configuración académica determinada. El entrelazamiento de perspectivas y construcciones simbólicas tan diversas como profesiones, especialidades, sectores y ramas del saber coexisten en la vida universitaria; sin embargo, se diseña sobre un fondo que –más allá de la diversidad- define al ser universitario en la sociedad. La incidencia del conocimiento en la vida social se verifica a través de los diversos modos de concebir, preguntar y proponer las problemáticas que se estructuran en la vida cotidiana de la comunidad. El sustrato sociológico de la legitimación pública de los conocimientos hace posible la dimensión de reconocimiento de los saberes y las prácticas conceptuales y profesionales de los universitarios en las diferentes ramas de su quehacer.

Es interesante analizar la dinámica intelectual que se verifica en el proceso de construcción de conocimientos y, consecuentemente, de inclusión o exclusión de campos problemáticos como susceptibles (o no) de ser incorporados como campos académicos. Los debates al interior de las estructuras institucionales de la academia, ocasionalmente toman estado público y la sociedad conoce sólo los datos más generales, y no siempre más importantes, de aquellas controversias. Como consecuencia de esos debates, la organización universitaria reconoce también transformaciones, creaciones, supresiones, aglutinamientos o escisiones de las estructuras que les dan soporte a los conocimientos: nuevas carreras, nuevas titulaciones, escuelas convertidas en facultades, departamentos en escuelas son –quizás- las evidencias más visibles de esa dinámica.


Los cambios sociales, culturales, políticos y económicos se verifican en tiempos tan acelerados que superan las previsiones temporales de las organizaciones, incluida la universitaria, y se multiplica el volumen de los conocimientos  y el ritmo en que se producen. Ante este fenómeno, la organización universitaria, como toda organización, genera mecanismos –explícitos e implícitos- que le aseguran su reproducción. Esta dimensión conservadora morigera la entropía negativa y asegura la estabilidad del sistema dándole mayor integridad y solvencia. Seguramente, cada uno en el campo del saber en que nos movemos con mayor comodidad podríamos anotar no menos de una docena de campos del saber excluidos explícita o implícitamente de los territorios académicos  (BECHER, T.; íd.).

La propia institución universitaria y sus integrantes sostienen conceptos disímiles de calidad. Intervienen en esta diversidad, los posicionamientos que los miembros tienen respecto del conocimiento, en general, y del conocimiento experto, en particular. Los rasgos identitarios de las diferentes tribus académicas (BECHER, T.; 1989) hacen que el concepto se modifique según sean sus propias prácticas y los criterios respecto de la  acreditación y legitimación de conocimientos y actores. Por una parte, esta construcción social está en relación a modos y procesos de legitimación relativos a las características del campo científico o, en términos de Bourdieu, al campo del saber. Así, es posible encontrar modelos diversos entre las distintas ramas del conocimiento, aún entre diferentes grupos de una misma profesión. A su vez, cada núcleo de actores universitarios miembros de una organización, constituye una unidad de significación respecto de lo que es la calidad de su propia organización y de sus actores y tienen, por cierto, una representación de otras organizaciones universitarias. Edgar Morin ha elaborado una trama conceptual de enorme riqueza para poder repensar el modo de construcción del conocimiento apelando a principios que pretenden eludir el sino del pensamiento “científico” tradicional ¿Cómo resolver, entonces, la supremacía de un conocimiento fragmentado según las disciplinas que impide a menudo operar el vínculo entre las partes (siempre artificiales) y las totalidades? ¿De qué modo es posible dar paso a un mundo de conocimiento capaz de aprehender los objetos en sus contextos, sus complejidades, sus conjuntos?[1].

La comunidad, el imaginario social, se convierte –también– en un actor relevante a la hora de concebir las cualidades del conocimiento, de las instituciones universitarias y de sus miembros. Se trata de una construcción significativa más difusa e incierta; sin embargo, opera eficazmente en determinadas circunstancias; por ejemplo, cuando los estudiantes eligen la institución en la que habrán de inscribirse o cuando se contrata a profesionales para una determinada labor.


Aquí se abre un profundo debate sobre la relación Estado–Universidad que ha recrudecido en los últimos años. En este punto, es conveniente señalar que el Estado, en tanto garante de la fe pública, debe velar por la autenticidad de la calidad contenida y supuesta en el diploma universitario. De allí, las distintas opciones que se han tomado en los sistemas universitarios de Occidente sobre el modo de acreditar la calidad. Desde la normativa más liberal que delega en las universidades la potestad de acreditar los conocimientos y la formación de sus estudiantes y graduados sin ninguna intervención del Estado, pasando por el examen de Estado que reserva a éste la potestad de otorgar las acreditaciones para el ejercicio profesional hasta la figura de las agencias de acreditación privadas, estatales, de las propias universidades o mixtas, los modos de gestionar el aseguramiento de la calidad es bien diversos en cada país. Y el debate continúa. En América Latina ya se han iniciado los sistemas de acreditación regionales, y la tendencia es hacia un sistema mundial que haga comparables la formación, las instituciones y los actores. Carlos Cullen afirma que la educación[2] es un proceso de socialización a través de conocimientos legitimados públicamente (CULLEN, C.; 1997). La cuestión es, entonces, qué se entiende por legitimación pública de los conocimientos. ¿Alcanza con una legitimación a cargo de las propias academias? ¿De qué modo el Estado asegura la calidad al conjunto de la población? ¿Cuáles son los conocimientos que se consideran relevantes para la formación universitaria?

La relevancia pone de manifiesto la significación que un determinado conjunto de conocimientos tiene para la sociedad, por una parte, y para el pensamiento científico, los debates conceptuales y/o el desarrollo tecnológico, por la otra. La relevancia, entonces, se plantea en dos dimensiones; la primera, debe referirse al campo de las prácticas sociales, los nudos problemáticos que debe enfrentar la sociedad y cuyo abordaje implica la perspectiva de contribuir al mejoramiento de la calidad sustantiva de vida humana[3]; la segunda, la relevancia científica, se refiere al campo del conocimiento, a la resolución del conflicto cognoscitivo del pensamiento científico-tecnológico. En alguna literatura se ha identificado la relevancia con los conocimientos socialmente significativos[4]; en tanto, otros autores han acuñado la expresión saberes socialmente productivos[5]. En cualquier caso, se trata de incorporar el concepto de legitimidad sociocultural, epocal, de los conocimientos que sostienen –en un contexto histórico- el valor de verdad de aquello de lo que se predica su condición de científico. Como se advierte, existe una importante distancia entre las dos dimensiones en las que se concibe la relevancia de los conocimientos; sin embargo, cuando se analiza con más detalle, puede encontrarse que las representaciones sociales constituyen el entramado en el que se configura el reconocimiento de aquello que, en el mundo del conocimiento, se ocupa de la producción de sentido[6]. En otras palabras, significación social y significación científica se sostienen entre sí, aun cuando no exentas de tensiones y contradicciones. De allí, la complejidad, mas no la imposibilidad, de establecer si un conocimiento determinado y la experticia que sobre ella se construye, conllevan el valor de la relevancia.


Dentro de la comunidad operan organizaciones más precisas que el imaginario general al que hicimos referencia, estos actores le agregan expectativas de logro determinadas. Nos referimos, particularmente, y especialmente respecto de algunas profesiones universitarias, al sector de la economía que convoca a los graduados para producir y utilizar la experticia que supone la posesión de la credencial que los habilita para el ejercicio profesional. Los sectores de la economía, los tomadores de empleo calificado, las empresas, pueden definir con mucha precisión su demanda, las cualificaciones que requieren. La economía calcula ajustadamente los tiempos y los costos que implica la incorporación de sujetos con una formación más o menos acorde con los requerimientos productivos. Se elaboran, según las épocas, estudios detallados de perfiles de puestos de trabajo, patterns de operaciones según los núcleos de problemas que deberá afrontar cada uno en la empresa. Aquí se abre entonces la disyuntiva ¿formación para el trabajo o formación para el puesto de trabajo? Cada una de estas alternativas genera corrientes de formación divergentes. Se trata de una tensión que se verifica en la definición de la estrategia general de la institución universitaria en relación a la producción, valoración y reproducción de los conocimientos.

Desde el campo del quehacer profesional, enlazado a la lógica de la empresa postindustrial, se ha instalado el concepto de competencia para hacer referencia a la operacionalización de los conocimientos y a los modos de resolución de problemas que se espera del graduado universitario. El término, ambiguo y polisémico, remite –en la literatura académica- a diversas fuentes. En un trabajo que bien puede considerarse una crítica de arqueología conceptual, Mario Díaz Villa (2006) señala que las competencias se han vuelto paradigmáticas en la formación profesional y paradigmática su asociación con el actuar o con el hacer, desde lo que se sabe o con lo que se sabe. Tenemos entonces que la noción de competencia ha sido desplazada como concepto histórico, singular, ligado a la comprensión, la creatividad del sujeto, y reubicada en una trama de nuevos sentidos fundamentalmente performativos, centrados en el hacer. Y agrega, a pie de página, que la competencia ha sido definida de diferentes maneras dependiendo del contexto en el cual se requiera la noción. Apropiando a Bernstein (1998) es posible decir que la noción de competencia ha entrado en el juego de la exportación o de la recontextualización. Esta ha producido una pluralidad de significados cuya utilidad depende de los intereses bajo los cuales se elabora una u otra definición. En este sentido, podemos argumentar que la mayoría de las definiciones de la competencia, especialmente, aquellas que se refieren a lo que se ha dado en denominar “competencias profesionales” son descripciones teóricamente débiles que operan con objetos extrínsecos, por ejemplo una habilidad, los rasgos de un desempeño, las características de un oficio, una acción, etc. En cierta forma, los significados de competencia en estos campos dependen de las descripciones e interpretaciones que se tengan. Dicho de otra manera, los principios de descripción actúan selectivamente sobre lo que se convierte en significado, en este caso, de competencia. Este anclaje de la definición a partir de los principios de descripción, no permiten establecer cómo se constituye una competencia, cómo un desempeño se traduce en competencia y viceversa. Pese a esta dificultad, inherente al mismo concepto, procuraremos una exégesis que oriente nuestro debate.

Las competencias profesionales aparecen ligadas al quehacer profesional, a la resolución de problemas; por tanto, se las vincula con el dominio de conocimientos que sostengan los principios conceptuales facilitadores para el diseño de respuestas creativas y pertinentes ante la contingencia. Es posible que, en alguna versión cortoplacista y de corte eficientista, se reduzca el concepto de competencia al conocimiento práctico del puesto de trabajo. Esa visión mengua la riqueza del concepto y obliga a pensar a la formación profesional como un catálogo de alternativas preconcebidas que el graduado deberá aplicar según los estándares provistos en un manual de usuario. Nada más lejos de lo que concebimos como formación profesional.


Las competencias profesionales deben pensarse en el contexto de desempeño en el que se despliegan; esto es, el modo singular en que los dispositivos organizacionales formulan sus estrategias y la operatividad de sus fines. No parece conveniente imaginar unas competencias abstractas que luego habrán de ponerse en acto; una descontextualización de esta naturaleza simplifica el análisis y no hace posible su adecuada valoración. Asimismo, el complejo proceso de interacción de las competencias profesionales resulta en el comportamiento idóneo del graduado puesto en situación. Están referidas a un quehacer complejo y dinámico que perturba el modo en que se ha estructurado una competencia en particular. Para la resolución de problemas, siempre es necesario comprender el proceso como modos singulares en que el conjunto de saberes, su significación social y subjetiva y las condiciones en que se sitúa el sujeto en cuestión. El modo en que el sujeto configura el universo -dinámico, heteróclito, histórico- en sus dimensiones material y simbólica, constituye el modo de resolución del desequilibrio cognitivo que requiere el diseño del problema y la resolución respectiva.

En líneas generales, hemos visto formulaciones sobre competencias que parecen más bien un remedo de las taxonomías de los objetivos educacionales y contenidos nacidas en el lecho de la teoría del capital humano. Tales clasificaciones resultan tentadoras cuando se trata de cumplir a pie juntillas con planificaciones educativas; sin embargo, advertimos que podrían, de este modo, menguarse las posibilidades del concepto y resultar en una suerte de volver al vino viejo en odres nuevos. ¿Cómo revertir, entonces, esta tendencia? ¿De qué modo sortear este riesgo? La propuesta es reformular, repensar un concepto moderno que hoy, en los tiempos postindustriales ha entrado –como todo aquello- en crisis. Nos referimos al concepto de criticidad. En el nudo ideológico más primigenio de la universidad, subyace el pensamiento crítico; crítico de la naturaleza, de lo social y de sí mismo. Para ello no queda otro camino que el conocimiento cabal de los principios éticos, culturales  e históricos de la ciencia; aún cuando, además, debamos ser escrupulosos en la formación de las competencias necesarias para el desempeño de la excelencia en un ámbito profesional determinado. Saber y saber hacer, no son lo mismo ni deben pensarse aislados el uno del otro. Esta consigna impregna la concepción que debemos proponer a los currícula de las carreras universitarias.

Los diseños curriculares de las carreras de grado de la universidad constituyen el documento de base que sostiene los principios fundamentales del quehacer institucional, a la vez que ordenan los esfuerzos singulares y colectivos de los actores y de la estructura organizacional toda, con vistas a la formación de graduados con amplia integración cultural, capaces y conscientes de su responsabilidad social, orientando el accionar de la Universidad a la formación plena de mujeres y hombres con compromiso social y con elevado sentido de la ética solidaria.

Para un examen más detallado del modo en que podría abordarse la cuestión curricular a la luz de este debate proponemos un análisis crítico de los modos de conocer. Planteamos, entonces, dos líneas de entrada a la cuestión. Por un lado, concebimos una lógica –la lógica de la ciencia- como un determinado modo de organización de los conocimientos cuyos rasgos esenciales son su carácter analítico, su organización siguiendo un orden que va de lo general a lo particular, de lo nomotético al caso, producto de desarrollos teóricos conceptuales. Por otra parte, la lógica de los problemas es sintética, polimorfa y compleja, vinculada a las prácticas histórico – sociales. La relación entre ambas lógicas presupone la necesidad de un diseño curricular e institucional que combine adecuadamente teoría y práctica, que logre darle sentido a la producción y construcción de conocimientos. El sentido que -precisamente- tienen los nuevos conocimientos, el desafío de abrir nuevas preguntas para encontrar mejores respuestas.


Recordemos que la teoría era aquella embajada que los antiguos griegos asignaban a sus mejores hijos para que asistieran y participaran de los juegos y oráculos de otras ciudades- Estado. Luego, ellos, volverían al ágora a relatar sus vivencias. Los teoros, ellos eran los jóvenes de quienes hablamos, re-presentaban la realidad de los acontecimientos vividos durante sus viajes. Teoría y acontecimiento están indisolublemente ligados. El pensamiento moderno fue la expresión más genuina de su separación. Goethe, en su Fausto, ponía en boca de Mefistófeles la burla a la pretensión de conocer de la ciencia moderna cuando debatía con el estudiante de medicina.

Planteadas las prevenciones del caso, abordemos más profundamente un diseño que contemple las competencias como una condición más de la formación. Aquí marcamos ya una diferencia con un enfoque del curriculum centrado en las competencias. Transformar a estas en el nodo, en la base sobre la que se edifica la estrategia curricular distorsiona el enfoque crítico que el curriculum universitario debe tener.

Anotamos, en primer lugar, algunas definiciones de competencia para orientar nuestro análisis. El Instituto Colombiano para el Fomento de la Educación Superior (ICFES) la define como un saber hacer en contexto, es decir, el conjunto de acciones que un estudiante realiza en un contexto particular y que cumplen con las exigencias del mismo[7]. El Glosario de RIACES señala que se trata de un conjunto de conocimientos, habilidades y destrezas, tanto específicas como transversales, que debe reunir un titulado para satisfacer plenamente las exigencias sociales. El Consejo de Facultades de Ingeniería, de Argentina, las define como la capacidad de articular eficazmente un conjunto de esquemas (estructuras mentales) y valores, permitiendo movilizar (poner a disposición) distintos saberes, en un determinado contexto con el fin de resolver situaciones profesionales. Díaz Villa, como ya habíamos señalado, a partir del análisis de varias otras definiciones, concluye que podemos argumentar que la mayoría de las definiciones de la competencia, especialmente, aquellas que se refieren a lo que se ha dado en denominar “competencias profesionales” son descripciones teóricamente débiles que operan con objetos extrínsecos, por ejemplo una habilidad, los rasgos de un desempeño, las características de un oficio, una acción, etc. En cierta forma, los significados de competencia en estos campos dependen de las descripciones e interpretaciones que se tengan. Dicho de otra manera, los principios de descripción actúan selectivamente sobre lo que se convierte en significado, en este caso, de competencia. Este anclaje de la definición a partir de los principios de descripción, no permiten establecer cómo se constituye una competencia, cómo un desempeño se traduce en competencia y viceversa[8]. En otras palabras, si se pretende sostener el concepto será necesario explorar en una definición sustantiva y no referencial a sus cualidades. Ese mismo autor, indaga las raíces teóricas del concepto. El estructuralismo, constituido en el seno del pensamiento occidental en diferentes campos teóricos contribuye a pensar la noción de competencia en el centro del debate sobre la condición humana, sus raíces biológicas, su diferenciación cultural, la construcción del universo simbólico. Planteado el tema en esta perspectiva, cobra fuerza la idea de una categoría que promete adentrarnos en cuestiones que trascienden con holgura la discusión tecnocrática de definiciones operativas que orienten la confección de un plan educativo; aún cuando –aclaradas las matrices conceptuales y definidas las perspectivas- en algún momento del proceso del planeamiento educativo debamos establecer líneas de acción.

Las ciencias sociales encontraron en el concepto de estructura (lingüística, psicológica, social, económica, política, cultural) una categoría que podía dar cuenta de la complejidad y la relación entre las partes y el todo, entre lo innato y lo adquirido, entre “naturaleza” y cultura. Además, y en esto reside –quizás- una de las mayores fortalezas, asociada a la noción de estructura, aparece la idea de la construcción. Más allá de las divergencias respecto del peso que pudieran tener las estructuras innatas o las estructuras ulteriores constituidas sobre la base de aquellas, resulta de gran interés el análisis de la producción de lo nuevo a partir de ciertas estructuras básicas, elementales o primigenias. Es en los sistemas teóricos de Jean Piaget, de Claude Lévi-Strauss y de Noam Chomsky, que Díaz Villa encuentra vertientes significativas de la noción de competencia.

Sintéticamente, podemos decir que una estructura implica un sistema, en el cual existe interdependencia y sobredeterminación de sus componentes. En ella se sostiene un equilibrio dinámico, se autorregulan homeorreicamente; su funcionamiento puede advertirse a través de signos regulares; y, finalmente, el dinamismo de la estructura produce la constitución de nuevas estructuras más complejas. En el estudio de los rasgos de las estructuras psicogenéticas, lingüísticas o sociales y su puesta en evidencia, aparece como un punto del mayor interés teórico y práctico la cuestión de la actuación. ¿De qué modo, la estructura subyacente se transforma en una nueva estructura o en la modificación retroactiva de la que le dio origen? ¿Qué procesos se verifican cuando dos estructuras se combinan produciendo un cambio significativo y potencian a las primeras? Las competencias, entonces, podrían considerarse como la puesta en acto de estructuras cognoscitivas complejas construidas a partir de la sobredeterminación de estructuras más simples y deben analizarse contextualmente en las dimensiones cultural, social, psicológica y biológica. Podríamos decir que son el epifenómeno de un sistema cognoscitivo complejo.

Incluyamos en nuestro análisis otra raíz del problema de la utilización de la noción de competencia en educación. El estudio de las competencias, proviene del análisis del valor económico del conocimiento, de su incidencia en el valor agregado a bienes y servicios. El proceso de construcción de nuevos conocimientos, la constitución de nuevos campos significativos, de nuevos conceptos, de nuevos discursos, está en relación con la proyección de la vida humana como transformación histórica. En la tensión entre el hacer y el decir, entre obrar y nombrar, se hace presente el conocer. De allí, la importancia de ligar el concepto de competencia a la noción de sociedad del conocimiento ya que se vincula con la formación profesional como contribución al mundo productivo.


En este punto, nos interesa dejar planteada otra perspectiva del debate. En el estatus ontológico de conocimiento, saber y competencia no refieren a las mismas entidades. Es conveniente indagar los orígenes epistemológicos e históricos de cada uno de estos términos, así como el uso que –en distintos contextos disciplinares y culturales- se les ha dado y las resignificaciones que implican las exportaciones y reescrituras. Las tres nociones aluden a cuestiones que están incluidas en el curriculum universitario y cada diseño acentúa una u otra, o bien, procura un cierto equilibrio entre ellas. Podría pensarse que las tres nociones se cruzan en las distancias que operan entre el acontecimiento y su representación, quizás, cada una a diferentes distancias y con distinta intensidad respecto de uno y de otra. Otro rasgo de estas nociones es la densidad de sus redes de significación y la profundidad de los niveles de justificación que se ponen en juego.

Para el caso, las competencias parecen más próximas al acontecimiento, a la resolución de problemas, a la identificación de la emergencia de alternativas en el campo y su abordaje eficaz y eficiente. Las competencias están, justamente, en función de un desempeño. Y allí está, precisamente, su valor en términos de la economía. Si de lo que se trata es de la formación de profesionales que contribuyan al enriquecimiento cultural -incluyendo en esta dimensión la cuestión económica- resulta de mayor valor cuanta mayor sea la experticia en la resolución creativa y pertinente de problemas al punto de lograr respuestas novedosas y propositivas.

Entre los sujetos de la sobredeterminación curricular[9], adquieren un relieve singular las formulaciones que sostienen la red discursiva de los decisores en el campo empresarial y las expectativas de logro con que se concibe a los integrantes de los equipos de trabajo o, dicho en términos propios de la teoría del capital humano, los perfiles de puesto de trabajo y los requerimientos cuali-cuantitativos que habrán de orientar el reclutamiento y promoción de los recursos humanos.  A la complejidad del curriculum se le agrega, desde esta perspectiva,  una relectura que nos lleva a pensar en el graduado universitario puesto en situación a la hora de plantear, redefinir y dar sentido a la complejidad del mundo de la producción y la circulación de bienes y servicios en un contexto de rápidas transformaciones, contingente e incierto.

Es conveniente revisar la organización curricular, especialmente en lo atinente a los contenidos conceptuales, teóricos y a su puesta en tensión con las prácticas profesionales, articulando de modo más flexible e integral los conocimientos, los saberes y las competencias. La división clásica de conocimientos básicos y conocimientos “aplicados”, la existencias de tramos básicos y “clínicos” parece haber entrado en crisis y nuevos modos de combinar teoría y práctica emergen como alternativas plausibles. La noción de practicum reflexivo -acuñada por Donald Schön- ofrece una perspectiva interesante para formular experiencias curriculares que sostengan un equilibrio razonable entre las distintas dimensiones de la formación. El rediseño de las estrategias didácticas para la complementación productiva de las distintas esferas hace posible, también, una recuperación interactiva de conocimientos, saberes y competencias.


No imaginamos un curriculum universitario que omita los conocimientos que constituyen las bases filosóficas, teóricas y conceptuales de la profesión; tampoco uno que descuide las competencias necesarias para el desempeño experto. Pretender centrar el curriculum en uno de estos ejes produciría el desbalance y, consecuentemente, la pérdida de calidad de la educación universitaria.

Referencias

1)      BECHER, T. (2001) Tribus y territorios académicos. La indagación intelectual y las culturas de las disciplinas. Barcelona: Gedisa. Primera edición en inglés: 1989.
2)      BRASLAVSKY, C., TEDESCO, J. C. y CARCIOFI, R. (1984) El proyecto educativo autoritario. Buenos Aires: FLACSO.
3)      CONSEJO INTERUNIVERSITARIO NACIONAL – CIN (1992) Acuerdo Nº 50. San Juan.
4)      CULLEN, C. (1997) Crítica de las razones de educar. Temas de filosofía de la educación. Buenos Aires: Paidós.
5)      DE ALBA, A (1991). Evaluación curricular. Conformación conceptual del campo. México DF.: Univ. Nac. Autónoma de México.
6)      DÍAZ VILLA, M. (2006) Hacia una sociología de las competencias. Bogotá: Cooperativa Editorial Magisterio. 
7)      MORIN, E. (1999) Los siete saberes necesarios para la educación del futuro. Edición en español. Buenos Aires: Nueva Visión. 2001..
8)      PUIGGRÓS, A. (2004) La fábrica del conocimiento: los saberes socialmente productivos en América Latina. Rosario: Homo Sapiens.
9)      RIACES – GLOSARIO – Disponible en: http://www.riaces.net/glosario.html
10)  ROCHA, A. y otros (2000) Nuevo examen de Estado. Cambios para el siglo XXI. Propuesta general. Bogotá: ICFES.
11)  SANDER, B. (1990) Educación, administración y calidad de vida. Buenos Aires: Santillana.
12)  SCHÖN, D. (1987) La formación de profesionales reflexivos. Hacia un nuevo diseño de la enseñanza y el aprendizaje en las profesiones. Barcelona: Paidós / M.E.C. 1992.
13)  VERÓN, E. (1993) La semiosis social. Fragmentos de una teoría de la discursividad. México: Gedisa


[1] MORIN, E. (1999).
[2] Cullen lo señala para la educación en general, empero, el concepto es también válido para la educación universitaria.
[3] SANDER, B. (1990).
[4] BRASLAVSKY, C., TEDESCO, J. C. y CARCIOFI, R. (1984).
[5] PUIGGRÓS, A. (2004).
[6] VERÓN, E. (1993).
[7] ROCHA, A. y otros.
[8] DÍAZ VILLA, M. op. cit.
[9] DE ALBA, A. (1991).

¿Qué sentido tiene hoy hablar de aprendizaje en y para la vida?



Wendy Godoy
Asistente Social. Estudios de Doctorado en Educación (Universidad Autónoma de Barcelona)
Profesora de la Universidad Católica Cardenal Silva Henríquez


¿Qué es el aprendizaje? ¿cuáles son los espacios de aprendizaje? ¿por qué se ha construido una división entre los espacios formales de aprendizaje y los no formales? ¿qué ha llevado a la humanidad a dividir aquello que se aprende en la escuela y lo que se aprende en otros espacios? ¿qué se aprende en cada uno de ellos? ¿qué es lo esencial del aprendizaje? Las respuestas a estas interrogantes parecen sencillas a simple vista, sin embargo, involucran un conjunto de connotaciones que sólo son posibles de abordar desde la complejidad.

Desde este escrito, este campo de complejidad se abordará en el entramado que configura el aprendizaje, la vida cotidiana, el tema del poder en el acceso al conocimiento, la globalización y la tecnología como elementos constitutivos de los escenarios sociales que configuran los espacios socioeducativos de principios del siglo XXI.

1. Cultura y vida cotidiana

Partamos con esta idea: es en el espacio de lo cotidiano[1] donde transcurre nuestra vida y es aquí donde están presentes los espacios formales, no formales e informales que hemos creado culturalmente para el aprendizaje.

Desde que nacemos necesitamos desarrollar y/o potenciar habilidades y destrezas que nos ayuden a vivir en este mundo, en esta sociedad, tal como la hemos ido construyendo. Vigotsky señala que el aprendizaje es un proceso cultural, que se  produce en relación con un contexto sociocultural, lugar donde se sitúa la vida cotidiana del sujeto. Empero, este autor también  reconoce que el aprendizaje transita desde el campo exterior hacia el interior del ser humano, que este se da entre las personas y también al interior de cada sujeto, por lo tanto, la cultura y las condiciones personales para el aprendizaje están estrechamente articuladas. La cultura es creación de la humanidad, hemos ido construyendo nuestros modos y estilos de vida, adaptando lo natural y creando nuevos espacios artificiales. Este proceso no es lineal y se caracteriza por su complejidad, es decir, por la confluencia de diversos factores que hacen de ella una experiencia de vida humana, aunque también “inhumana”.

Nos formamos en una cultura que media nuestros aprendizajes, donde sólo es posible identificar con certeza el punto de partida y el de llegada en forma individual, el que se reconoce como el nacimiento y la muerte. Sin embargo, como seres colectivos e históricos, observamos la historia y la historicidad educativa de la humanidad, sin tener las certezas del inicio ni tampoco del final. Lo relevante en este punto es tomar conciencia que es un proceso, que sucede en un continuo no lineal, que adquiere sentido y significado, no sólo por estar en el mundo sino que, por ser en él, acto en el que está involucrado mi ser individual y colectivo, ya que en esencia somos ambos a la vez. Este es uno de los puntos al que tendría que orientarse el campo educativo, puesto que es posible que desde este lugar logremos tomar decisiones que apunten hacia la búsqueda de estilos de vida más humanos y armónicos con nuestros entornos naturales, es decir, relacionados con (a) el ecosistema, (b) con los entornos artificiales -aquellos que hemos ido construyendo como son las ciudades y todos los artefactos que nos rodea- y (c) los entornos sociales, referido a las relaciones humanas de convivencia.


La cultura la vivimos en nuestra vida cotidiana, como plantea Héller: ésta “es la vida del hombre entero. O sea: el hombre participa en la vida cotidiana con todos los aspectos de su individualidad, de su personalidad. En ella se “pone en obra” todos sus sentidos, todas sus capacidades intelectuales, sus habilidades manipulativas, sus sentimientos, pasiones, ideas, ideologías”  (Héller, 1985:39). Esta autora reconoce que la vida es jerárquica y heterogénea. Jerárquica en la perspectiva que posee un orden, una estructura que determina la vida de la humanidad. Para ella esta jerarquía estuvo determinada por la centralidad que ocupó el trabajo en la historia. Por otra parte, indica que también es heterogénea ya que todo hombre vive su cotidianeidad de una manera particular y específica. Es en este punto donde abre la posibilidad de crear y recrear la vida cotidiana, ampliando los grados de libertad de las personas para inventar y reinventar su mundo personal y también colectivo, puesto que estamos inmersos en una trama de relaciones e interacciones sociales, que configuran lo que denominamos organización social (Maturana y Varela, 1984). Sin embargo, es menester tener presente que esta libertad está enmarcada para la humanidad en la actualidad, principalmente, por el consumo.

Desde la vida cotidiana ha existido aprendizaje, el cual  ha estado definido -como ya se mencionó- por el consumo y aparejado con ello por el trabajo, lo que ha permitido sobrevivir a la humanidad por siglos. Esencialmente, la educación formal ha estado orientada por la trilogía sobrevivencia-educación-trabajo, que ha ido adquiriendo diversas características dependiendo de la complejidad de los procesos políticos, económicos, sociales y culturales por los cuales ha transitado la humanidad.

Como seres sociales que somos nacemos en una cultura y, en ese lugar, recogemos el mundo social, cultural, político, económico que nuestros antepasados fueron construyendo y recreando; en él nos vamos socializando, es decir, vamos aprendiendo valores, normas, actitudes, costumbres, ritos, tradiciones y todo aquello que conforma la expresividad humana. Aprendemos nuestros primeros gestos y palabras, principalmente a través del ensayo y error. Nuestros primeros educadores, la mayoría, no conocían de teorías del aprendizaje, aquí sólo se jugaba el instinto y los aprendizajes previos (filogénesis y ontogénesis) en el cómo y que enseñar. Desde esta perspectiva es la humanidad la que educa a la especie humana, por lo tanto, la que se educa así misma. Se reconoce en el aprendizaje la simultaneidad de la filogénesis y ontogénesis, es decir, el imprinting de la humanidad, por una parte, y, por otra, la posibilidad que brinda ésta de protagonizar la historia, mi historia y vehicular a través de ella la de los demás.


Lo que vamos aprendiendo se expresa en actitudes concretas, traducible a un tipo de comportamiento específico, que va dando cuenta de las valoraciones que hacemos sobre determinadas situaciones (Asensio, 2002). Lo que expresamos es el sentimiento o la conveniencia  de realizar una acción o no, en concordancia con los aprendizajes previos. La actitud que yo tome, por ejemplo frente a la muerte, va a estar condicionada por la significación que adquiera ésta en mi cultura y también por la elaboración propia que logre realizar. 

Entonces, ¿qué vamos aprendiendo en nuestro proceso evolutivo? Según lo señalado por Molina (1999), vamos aprendiendo “los logros de la especie humana”, sin embargo, para este autor, ellos no están en los genes como el proceso de evolución biológica del ser humano, sino que están en la cultura. Desde lo cultural se va transmitiendo la evolución de la especie humana, ya que para el autor citado, la especie humana tiene detenido su proceso evolutivo, por lo tanto, todos los cambios que ha realizado últimamente el ser humano, los ha hecho a través de la cultura.

Desde la etología se reconocen el aprendizaje por impregnación, vinculación madre-hijo, el cual es imprescindible para el sujeto (Asensio, 2007). Estos tipos de aprendizaje involucran al sujeto en toda su estructura, cerebro, mente y cuerpo como un todo, por lo tanto, aportan una mirada desde la complejidad del aprendizaje, a diferencia de aquellos enfoques tradicionales que separan el cuerpo de la mente, dejando este último relegado a un plano de lo invisible y de lo oculto, no reconocible, por tanto, como parte del aprendizaje.

Entonces, aquí emergen nuevas interrogantes. Estamos ciertos que no todas las culturas evolucionan del mismo modo, ni tampoco todas ellas tienen la misma influencia para la humanidad, por tanto, ¿qué aprendizajes privilegiamos como sociedad?, ¿qué nos interesa que las generaciones futuras aprendan?, ¿quiénes van tomando decisiones que orientan este proceso de aprendizaje?

Todas estas interrogantes y otras que le puedan surgir al lector, adquieren una connotación significativa en un mundo globalizado como el nuestro, donde la rapidez de las comunicaciones son cada vez altas, pero, los vínculos, a su vez, más frágiles, como nos señala Bauman, (2006): “el mundo experimenta el debilitamiento de las relaciones humanas. Más que relaciones hoy prevalecen las conexiones”.

También es menester señalar que, si bien estamos en un mundo globalizado, existen diferencias culturales profundas entre Oriente y Occidente. Mientras las prácticas culturales orientales integran al sujeto holísticamente y en permanente perfectibilidad, en la cultura occidental, lo que prima es la racionalidad y la división entre cuerpo y mente. Ambas culturas tienen modos de abordar el aprendizaje desde lugares distintos, mientras que para Oriente este se ubica desde la interrelación entre mente y cuerpo como un todo, en occidente prima aquel aprendizaje proveniente del intelecto, de la razón, desterritorializado del cuerpo.

2. Nuestro proceso de aprendizaje

Quizás ninguno de nosotros seamos conscientes o nos hemos detenido a pensar cómo aprendemos, a lo más hemos descubierto con los años aquellos factores que facilitan u obstaculizan nuestro aprendizaje. Es posible que muchos dediquemos largo tiempo a preparar sesiones educativas para lograr que los otros aprendan, sin embargo, el sujeto central del aprendizaje que somos cada uno de nosotros, las más de las veces, parece ser desconocido.

Cuando observamos como aprenden los niños, se descubre la espontaneidad, lo lúdico, la integralidad de su ser. El ser está en presencia del aprendizaje. Sin embargo, cuando vamos formalizando los espacios nos vamos olvidando de este proceso e inmediatamente emergen un conjunto de procedimientos, normas y reglas que introducen a los niños y jóvenes por espacios y lugares difíciles de transitar para muchos de ellos. El inicio en el dominio del lenguaje oral, es decir, la palabra, en los niños es una muestra de este complejo proceso de aprendizaje. Al principio reconoce a la madre o al padre por los olores, es a nivel prácticamente instintivo, aquí estamos frente a un aprendizaje por vinculación, que no lo asocia con la palabra madre o padre, los reconoce por lo que significan para él o ella. Posteriormente, cuando les vamos enseñando a nuestros hijos la palabra madre o padre y, además, les decimos “yo soy tu madre o yo soy tu padre”, éste configura una representación con la información que esa cultura posee de esa palabra y la transforma en un concepto que adquiere significado y sentido, es decir, está participando de un tipo de aprendizaje que posee permanencia y fijación en el tiempo. Lentamente el niño/a va adquiriendo una memoria de largo plazo que le permite estabilizar este aprendizaje a lo largo de su historicidad.


Cuando el niño y la niña -también los adultos- descubren algo nuevo y significativo, lo repiten incesantemente y es capaz de relacionarlo con su experiencia previa, pasa luego a formar parte de su nuevo repertorio de conocimientos. Cuando este fenómeno ha sucedido se dice que se ha aprendido algo nuevo que le ha permitido avanzar, es decir, ponerse delante de lo que era hasta ese momento. Este proceso es una maravilla de la humanidad, descubrir lo nuevo, es una alegría por cierto para el espíritu. Esto lo reflejan en la forma más pura los niños a través la repetición de una y otra vez lo aprendido. Un ejemplo concreto se puede observar cuando aprenden a leer, la mayoría lee todo lo que está delante suyo, las portadas de los diarios, los letreros de las calles, etc.; igual situación sucede con los adolescentes cuando aprenden a manejar un automóvil y logran obtener su primera licencia de conducir.

Es menester tener presente, como señala Asensio (2007), que es en la adolescencia donde se incorpora en forma a crítica los valores e ideologías del grupo humano al que pertenece y del cual se sienten parte. Lo importante de este punto es que esta incorporación perdura en el tiempo, por lo tanto, en términos de aprendizaje pasa a ser altamente significativo, ya que es en este período de la vida donde están en pleno proceso de búsqueda y configuración de los cimientos de una identidad propia. Sin embargo, no se puede dejar de reconocer que es un tiempo de disputa y conflicto con el mundo adulto que si es conducido adecuadamente puede significar un espacio de aprendizaje social, intergeneracional, de insospechados alcances. Entonces, ¿cómo es posible que más niños y jóvenes accedan a experiencias significativas de aprendizaje, sobre todo de aquellos que están más excluidos y marginados? Quizás gran parte de las respuestas estén contenidas en las reflexiones que acompañan el siguiente punto.

3. El poder y el acceso al conocimiento

Si miramos la historia humana, ella ha estado tamizada por las luchas de poder[2], por el dominio del conocimiento y, en particular, por quienes deciden que debe o no aprender y conocer la humanidad. Solo baste con recordar la obra “En Nombre de la Rosa” para darse cuenta de la lucha permanente por el dominio del conocimiento.

Históricamente, quizás el símbolo que mejor refleja este dominio -y sobre todo la hegemonía de unas culturas sobre otras- ha sido el uso del lenguaje escrito, la palabra escrita que tiene un valor irrefutable en nuestro tiempo. Hace menos de medio siglo atrás en América Latina, en la “palabra empeñada” se jugaba el honor de la persona que la emitía, en cambio hoy carece de valor. Famosos son los dichos en nuestro pueblo que señalan que “las palabras se las lleva el viento”, “si no está escrito, no existe”, “papelito habla” (dicho del pueblo mexicano). Estas frases populares dan cuenta de un cambio profundo en la credibilidad del ser humano. Otro ejemplo sobre la importancia que ha adquirido la palabra escrita sucedió a propósito de una visita del Dalai Lama a Chile, a fines de la década de los años 90, cuando recomendó a la comunidad Mapuche crear un alfabeto para poder escribir su historicidad cultural, como respuesta a la pregunta sobre qué podían hacer, después de 500 años de lucha en la defensa de sus tierras.

Actualizando estos dominios, hoy enfrentamos el mundo de las tecnologías de la comunicación, entonces, si una persona está distante de este nuevo instrumento vincular prácticamente queda fuera de la historia; aunque amplios sectores de la humanidad ya lo están, sobre todo aquellos en situación de pobreza, como gran parte de la población perteneciente a países africanos y latinoamericanos, de modo que “al que no accede a las tecnologías se le pronostica el estancamiento y la marginación” (PNUD, Sinopsis de Informe para Chile 2006).


Con la aparición de Internet a fines de la década de los 80, se modificaron las relaciones de convivencia, la relación cara a cara -ya compleja, por cierto, en esa época-, pasan a estar mediadas por la fibra óptica y, en concreto, por una máquina. Antes nos podíamos comunicar a distancia con una sola persona a la vez, hoy, en cambio, lo podemos hacer simultáneamente con una diversidad de personas e, incluso, de distintos puntos del planeta. Esta realidad requiere de nuevos aprendizajes para formar parte de este mundo del siglo XXI, teniendo claro que, al igual que en los ejemplos anteriores, también hay un control para el acceso al conocimiento.

Pese a lo anterior, el  aprendizaje es mucho más complejo aún y se escapa, por suerte, al mero control. No responde sólo a estímulos externos sino que se va a producir cuando éstos que provienen desde fuera del sujeto adquieran significado y sentido[3] para éste; como señala Maturana, el aprendizaje no está fuera, sino que es parte constitutiva del ser y de lo que es posible que yo aprenda. Este chileno precisa: “en otros palabras, como somos sistemas cerrados y estamos determinados en nuestra estructura, lo externo solamente gatilla en nosotros algo que está determinado en nosotros” (Maturana, 1991:30). En esta perspectiva es importante reconocer que, no sólo somos seres sociales sino que también somos individuales; proceso de individuación que sólo es posible en la medida que nos vamos socializando, es decir, conviviendo con otros. Ambos procesos se van dando simultáneamente, en la medida que nos podemos diferenciar en comparación a un otro.  Si bien formamos parte de un desarrollo evolutivo común, la forma como nos aproximamos y situamos en el mundo es distinta de una cultura a otra y también de un sujeto a otro.  

En el fenómeno educativo, este proceso de individuación y colectivización va sucediendo simultáneamente, en/entre dos procesos imbricados. Uno, que es espontáneo, que ocurre desde lo cotidiano al estar inmersos en una cultura, lo que comúnmente se denomina educación informal. Otro, que es intencionado, donde los estímulos se estructuran y ordenan creando situaciones de aprendizaje, como es aquello que sucede con la educación formal y también con el campo no formal. Si bien estamos inmersos en estímulos externos es menester reconocer que tales estímulos serán siempre mediados por el propio sujeto, el cual es portador de una historia y posee determinados intereses, inquietudes y necesidades.  Por lo tanto, es el sujeto el que va a significar su propio aprendizaje, muchas veces distante de lo que los otros esperan lograr puesto que, en cierta medida, sus respuestas van a estar mediatizadas por los impulsos inconscientes e inmanentes, vinculados con la esencia y experiencia vital, es decir por una racionalidad raciomórfíca[4]; dicho de otro modo, por el propio ser humano en tanto sus rasgos específicos y particulares, condicionados, no sólo por lo cultura sino que también por la biología. Sin embargo, no debemos ser ingenuos, los rumbos de la humanidad y lo que aprendemos en ella, no están sujetos sólo a los procesos que vive el individuo desde su estructura biológica, pensar eso sería contradecir la relevancia del contexto social en el aprendizaje de cada persona y la manipulación a la que estamos expuestos permanentemente, donde lo aparente, la más de las veces no es lo real.

La educación formal en particular, por diversas razones, ha obviado la complejidad de los factores incidentes en los procesos de aprendizaje de los estudiantes (tanto individuales como colectivos), es más, cuando no logra los resultados esperados responsabiliza, principalmente,  a los sujetos de ello, entonces, se comienza a configurar un discurso en torno de los sujetos, identificándolos desde la noción de problema o carencias, es así como es posible escuchar un discurso recurrente sobre “niños y/o jóvenes con problemas de aprendizaje, de déficit atencional, de desviaciones sociales, de deprivaciones culturales”,  que impiden que se logren los objetivos propuestos, o, como se señala actualmente, los aprendizajes esperados. Todo lo cual va  connotando a los sujetos en calidad de enfermos o de incapaces, cuya solución se busca en los fármacos o en sesiones terapéuticas -cuando hay recursos para ello-, e, incluso en otros más comunes como es la represión y el castigo[5].

Pero no sólo es en el espacio de la educación formal donde se usan mecanismos de coerción sino que también en la familia, en los grupos de pares, en los medios de comunicación, es decir, en los diversos escenarios socioeducativos no formales e informales que ofrece la sociedad. El tema del poder ha dominado la educación y, por lo tanto, ha obstaculizado -las más de las veces- la posibilidad de  desarrollar procesos creativos de aprendizaje y, lo que es aún más complejo, los intentos por democratizar ya no sólo el conocimiento sino que también las prácticas de convivencia social, que requieren de una aceptación mutua (Maturana, 1999:77). Para este autor, la posibilidad de reconocer al otro como un legitimo otro, en la convivencia, sólo se logra en el amor, por lo tanto, implica respeto por la diversidad, que “constituye el espacio de conductas que aceptan al otro como legítimo otro en la convivencia” (Maturana, 1989:73). Trabajar por una cultura del amor, es hacerlo por la libertad del ser humano, en la que reconozco su presencia como legítima y sin exigencias.   

Así, somos una especie tremendamente permeable a la cultura, lo que nos hace poseedores de una gran capacidad de aprendizaje, mientras nos reconocemos y valoramos como seres incompletos, que necesitamos estar aprendiendo y desaprendiendo permanentemente, sobre todo en un escenario que desafía la inteligencia humana a cada momento. La avidez por conocer lo nuevo, por descubrir lo que está más allá de nuestra faz, nos ha llevado a aspirar a mayores niveles de desarrollo[6], lo que nos ha conducido, como sociedad, hacia grandes descubrimientos y hazañas, como es la llegada del hombre a la luna pero también nos ha sumergido en profundos dolores como el lanzamiento de la bomba atómica Hiroshima y, más recientemente, las guerras en Medio Oriente, que han traído nefastas consecuencias para los ciudadanos de occidente (solo por mencionar algunos de ellos: el ataque a las Torres Gemelas en New York, en 2001, el atentado al Metro de Madrid, en 2004). Y, de igual modo, nos mantiene en alerta máxima, a todos por igual, el sobrecalentamiento del planeta, la clonación de seres humanos, entre otros. Por el momento, las perspectivas son sombrías, como nos señala Bauman (2003: 193).

Pese a lo anterior, como somos seres humanos inacabados y somos un devenir, entre lo  individual y colectivo, a la vez, en permanente transformación, no genética por cierto pero sí cultural, nos abre la posibilidad de la transitoriedad y de la perfectibilidad de lo humano, por lo tanto, existe la posibilidad de enmendar los rumbos.


También somos poseedores de un cerebro no especializado que nos facilita la apertura a la diversidad de posibilidades que nos brida actualmente la humanidad al aprendizaje, sin embargo, bien vale la pena recordar que es necesario orientar los cerebros hacia aprendizajes valiosos para el sujeto y, por lo tanto, a través de él, para la humanidad. Pero, ¿qué es lo valioso para la humanidad del siglo XXI? Esta es una discusión que está en proceso, por lo tanto inacabada. Para algunos, la libertad del sujeto, la cual habría llegado de manos de la tecnología (Colom, 2002); para otros, más cercanos a la cultura oriental, la respuesta está en la búsqueda de las sincronías universales que potencien los cambios de la humanidad y nos vinculen a una vida trascendental; otros, que son la mayoría, se orientan a una idea exacerbada del desarrollo y, en pos de ello, se transgreden las pautas básicas de convivencia social y natural, que han terminado dañando nuestro ecosistema y poniendo en riesgo la sobrevivencia de la humanidad; otros, en una cuarta postura, abogan por estilos de vida valiosa que buscan una sociedad distinta, un mejor vivir, un buen vivir (Nájera, 1999),  es decir, ampliar la mirada desde una perspectiva ecológica del desarrollo, en armonía con la naturaleza social, cultural, política, natural, vista como un todo, ya que desde esta perspectiva se comprende que la división de los factores, solo puede generar fragmentación y desintegración.

En este contexto, pareciera ser que lo valioso en este siglo sería conservar el hábitat en el cual vivimos, aunque no toda la humanidad esté de acuerdo y no todos estén dispuestos a deponer sus intereses particulares. Como señala Asensio (2007),  los estructuras complejas pueden evolucionar a más complejas y también a la inversa, cuando esto último sucede se destruyen. En este dilema se encuentra la humanidad, si no somos capaces de detenernos a tiempo el camino ya está trazado. Ante este dilema, es necesario precisar algunas de las características del actual escenario.

4. El Devenir del Siglo XXI: algunos elementos para la reflexión desde el aprendizaje

Como hemos sugerido, el escenario social de los últimos 30 años se ha caracterizado por  profundas transformaciones que han afectado la vida cotidiana de las personas y la organización de las instituciones y  las relaciones de convivencia humana en sus distintas expresiones y manifestaciones (familiares, comunitarias, sociales, con los entonos naturales, etc.). Para Giddens, tres son los cambios que han contribuido a configurar este nuevo orden social, traducible en un nuevo escenario social: el fenómeno de la globalización, el cambio tecnológico y la emancipación de la mujer a nivel cultural (Giddens, 2001).


4.1 La globalización: Las condiciones que generaron e hicieron posible la globalización, según Ramonet (2005), fueron, entre otras: la caída del Muro de Berlín, la invención de la WEB en el año 1989 y la desaparición de la Unión Soviética. Para Marí Sáez, por su parte, la globalización aparece como un término estrechamente relacionado con el sistema capitalista: “ En un sentido estricto la globalización sería una etapa determinada de este sistema capitalista: que comienza en la década de los 80 con la confluencia de tres hechos con una carga simbólica muy fuerte como son el triunfo de los gobiernos neoliberales en EEUU y G. Bretaña, la crisis de la deuda externa en el Tercer Mundo (1992) y la caída del Muro de Berlín” (1989) (María Sáez; 2005:1). Todos fenómenos que provocaron la emergencia de un nuevo orden social. Desde el punto de vista de Castells, este nuevo orden social tiene una doble dimensionalidad a saber, por una parte, altamente incluyente y, por otra, excluyente. Incluyente de todo lo que posee valor para el nuevo modelo; y excluyente de todo lo que el sistema estima que lo carece. Este proceso se ha desarrollado “esencialmente como instrumento de articulación de mercados capitalistas” (Castells, 2005: 18). En esta línea, se considera que la globalización no es un proceso homogéneo, por el contrario, es fragmentario de las realidades internas de los grupos humanos que viven en un mismo país. Como su interés está focalizado en la expansión económica,  fundamentalmente, va a integrar en su dinámica a aquellos sectores de la sociedad que pueden ser más competitivos en los circuitos financieros globales y, por el contrario, va a dejar excluidos a todos quienes estiman que no son rentables. Por lo tanto, es posible que en este nuevo escenario coexistan segmentos sociales altamente incluidos, junto a otros que han quedado marginados, instalándose una “lógica dual” (Castells, 2005: 18). En términos generales, a la globalización no le importan los límites geográficos de los países, por el contrario, sólo son de su interés los sectores sociales que se puedan integrar, independientemente de las fronteras que los separen. 

4.2 Transformaciones tecnológicas: Castells  indica que la globalización ha sido posible gracias a la incidencia que ha tenido el desarrollo de las nuevas tecnologías de la información y de la comunicación, las cuales han articulado a todo el planeta en un entramado de interconexiones (imagen, audio y escritura) que funcionan simultáneamente a la velocidad de la luz y por un mismo canal transmisor. Es el período donde irrumpe Internet (1994), lugar por el cual transita “la nueva riqueza de hoy”,  traducibles a ordenes de compra y venta de bursátiles (Ramonet; 2005:3).  Este proceso ha provocado, no sólo la globalización de la economía  - principalmente traducible a los flujos financieros -, sino que también ha facilitado la de las ciencias, la tecnología y la información, generando nuevas formas de comunicación e intercambio, situación que para muchos ha significado una gran posibilidad de desarrollo social. El cambio tecnológico se relaciona fundamentalmente con la tecnología de la información, la que ha incidido con fuerza en el sistema económico,  revolucionándolo sobre todo en los aspectos de ocupación de mano de obra. Giddens señala que, por ejemplo, el 40 % de la fuerza laboral de la generación anterior trabajaba en el área manufacturera, en cambio, actualmente, sólo se ocupa un 15 % en este sector. A su vez,   Ramonet agrega que hace 25 años, el 95 % era economía real y el 5 % financiera, sin embargo, en la actualidad, este dato es proporcionalmente inverso.  Esto explica por qué la clase trabajadora se está reduciendo cada vez más, tendencia que continuará en distintas direcciones. “Del 100 % de la economía sólo el 5 % de ella crea empleos y crea bienes, lo demás es pura especulación económica. Eso es exactamente la globalización”, señala Ramonet (Ramonet; 2005:3). En consecuencia, si la educación, en su línea más clásica, se ha orientado en gran parte a preparar para el mundo del trabajo ¿cómo ha integrado estos nuevos escenarios?

4.3 Transformaciones culturales: Para Touraine, la globalización “es mucho más  un tema ideológico que económico o social concreto” (Touraine, 2003: 30). Señala, al igual que otros autores,  como Giddens por ejemplo, que se estarían enfrentando profundos cambios, que incluso estaría ocurriendo un proceso de mutación de la sociedad, que se transita “desde una industrial a una postindustrial, de una sociedad de la energía a una de la información”. Sociedad que no se sabe por cuanto tiempo se vivirá antes de pasar a una sociedad virtual. Así, se está  asistiendo al nacimiento de un nuevo orden mundial, por lo tanto estaría “surgiendo una nueva forma de sociedad ante nuestros propios ojos” (Giddens, 2001: 129), sociedad que afectaría todos los campos de la vida del planeta, incluida la vida cotidiana de los seres humanos. Para este autor, la globalización no se refiere solamente al mercado económico o a la liberalización de éstos, sino que, además, es un cambio en las instituciones mundiales, es una transformación de las vidas, de las emociones, al igual que la transformación de las grandes instituciones de la ciencia. Para él, la verdadera dinámica de la globalización se refiere a la revolución que se ha provocado en el ámbito de las comunicaciones, como lo indica la vinculación entre “la computación y las comunicaciones electrónicas que están transformando todo en nuestras vidas” (Giddens, 2001: 129). La rapidez del desplazamiento de la información, de los modos de producción, son sólo algunos de los ejemplos que han incidido en el cambio de los mapas representacionales de los sujetos. Un cambio importante para Giddens y que afecta el ámbito cultural, ha sido la emancipación de la mujer. Las mujeres han logrado liberarse de su rol tradicional del cuidado de la prole y del sometimiento bajo el poder del hombre, sin embargo, este nuevo camino ha implicado forjar una nueva identidad, tanto femenina como masculina, las que aún estarían en proceso de construcción.

5. Un nuevo escenario social

Los efectos que ha provocado la globalización a nivel mundial es tema de debate recurrente, donde no existe acuerdo sobre sus bondades y tensiones. Sin embargo, para muchos son más claros los efectos negativos que ha producido, sobre todo en países del tercer mundo o en vías de desarrollo.

En el ámbito político, -sea este un tema ideológico o no-, favorece la instalación de poderes globales invisibles y desterritorializados que regulan la economía mundial, obligando, entre otros, a los Estados a reorganizar sus estructuras económicas, flexibilizar las leyes de protección laboral de los trabajadores, aumentar las franquicias tributarias para las empresas privadas e, incluso, a aumentar la privatización de empresas estratégicas que históricamente  estuvieron en manos de los Estados (como han sido los casos de Chile y Argentina en América Latina,  las cuales fueron transferidas a grupos económicos tanto nacionales como internacionales). Dicho de otro modo, en pos de la integración a los mercados internacionales, los países se ven impulsados a modificar sus sistemas de protección social y laboral, lo que se expresa en la reducción y/o privatización de un conjunto de servicios sociales y también de los medios de producción económica que estratégicamente mantenían bajo su tutela.

En la configuración de este nuevo escenario, los campos de decisiones político-estratégicas ya no dependen exclusivamente de los poderes ejecutivos y legislativos de los países, sino que están mediados -y más bien interferidos- por poderes supranacionales, cuyos intereses específicos son principalmente de tipo económico. Entonces, las decisiones políticas tienen un fuerte componente económico. Por ello, es que muchos autores señalan y refuerzan la idea de que la globalización es fundamentalmente un tema económico que circula a través de los nuevos flujos comunicacionales, vía las nuevas tecnologías.

Como efecto de lo anterior,  el sentido y la esencia del Estado cambia radicalmente, éste va a transitar desde la búsqueda del bienestar y la protección para el conjunto de la sociedad hacia otro estadio que incentiva la autoprotección y la satisfacción de las necesidades mediante el esfuerzo personal, bañando de asistencialidad neofilantrópica su quehacer ante quienes van siendo expulsados o excluidos de la configuración de este nuevo escenario. De este modo, se está asistiendo, paulatinamente, a la agonía y posterior muerte del Estado de Bienestar, conquistado con mucho esfuerzo a inicios del S. XX, para arribar a otro que, a juicio de Robert Castel, se preocupa más del control y represión social de quienes violan las normas sociales, que de desarrollar políticas de integración. Amparados tras un discurso de protección, ya no del sujeto y sus necesidades, ni tampoco de la convivencia social, se aumentan las medidas represivas, como garantes del orden social.


Teniendo presente lo descrito, es necesario señalar que todos estos fenómenos han provocado cambios culturales y sociales profundos que han incidido principalmente en las relaciones que establecen las personas entre sí, tanto de aquellas que son vinculantes con el conjunto de la sociedad, a través de sus instituciones, como con las que comunican con la vida cotidiana.

En el ámbito social, ya no existen instituciones estables que se dediquen a la integración de la sociedad, sino que se limitan a trabajar con un número reducido personas -las cuales en su mayoría se encuentran en los márgenes o decididamente excluidos-. La lógica desde la cual operan es más bien represora de quienes han sido excluidos, de asistencialidad para quienes no pueden sobrevivir dignamente y de acogida a los reclamos ciudadanos para aquellos que logran acceder a las estructuras de consumo. De este modo, se incentiva un tipo de ciudadano que ha dejado de ser productor y constructor de sociedad  para pasar a otro que está siendo consumidor de bienes y servicio. Además, la mayor parte de las relaciones de convivencia cotidiana han sido invadidas por la desconfianza hacia los otros y por un repliegue hacia la vida privada. La búsqueda de mecanismos y estrategia de autoprotección son una de las condicionantes de la vida moderna, en esta línea, las empresas dedicadas a los servicios de seguridad van en aumento a nivel mundial, al igual que la tenencia de armas, rejas -incluso con electricidad- y alarmas en los domicilios. Protegerse de los otros es una condición de este nuevo escenario. El sentido del nosotros colectivo, ya sea pertenecientes a una clase social, a una comunidad, o a una cultura, ha sido reemplazado por un yo con un fuerte arraigo en lo individual, a lo más se logra incluir a los más cercanos que, en la mayoría de los casos, no pasa de ser la familia más directa.

Lo colectivo muta hacia lo individual; incluso, aunque se transite por un mismo territorio, ya no se comparten los mismos sentidos. Para Bauman (2002) estamos frente al ocaso del Estado-Nación, como garantes de una identidad colectiva, con lo cual también se da la pérdida del sentido de lo común y de lo comunitario. Para este mismo autor, actualmente estamos frente a comunidades zombis, aludiendo a que se vive en ciertos lugares; pero no se interactúa socialmente, ya se perdió la esencia que era lo colectivo, la preocupación mutua, el sentirse parte de un espacio social, territorial y cultural. Se está en estos lugares, pero “no se vive” en ellos.

Por otra parte, la globalización ha facilitado el intercambio y la conexión entre culturas. Sin embargo, éste ha sido más bien marginal y residual, como contrapartida lo que ha provocado -en términos culturales- ha sido la expansión y posterior dominación de un estilo de vida, el de los países desarrollados que han homogeneizado, por una parte, a la sociedad a nivel mundial y, por otra, la han fragmentado y segregado. En términos de homogenización esta expansión cultural ha invadido los estilos de vida, las formas de vestir de las personas, de alimentarse, de diseñar y crear los espacios en la ciudad,  haciendo que estos sean similares en distintas partes del planeta. Dicho de otro modo, ha incidido en los patrones de consumo, las formas de construir y remodelar las ciudades, incluso en la recreación, por ejemplo, los espacios de la ciudad destinados a los mercados financieros son prácticamente iguales en diversas partes del primer mundo, al igual que las áreas verdes y los centros comerciales. Por lo tanto, se está frente a la pérdida de las identidades  locales, a la posibilidad de construir lugares que le otorguen carácter propio a los micro entornos sociales y culturales. La globalización, como ya se ha mencionado, no ha sido homogénea, muy por el contrario, ha tenido diversos ritmos, incluso, siendo altamente excluye con quienes han intentado resistir y rescatar sus expresiones culturales, su idioma, sus tradiciones, sus estilos de vida, muchos son los ejemplos en este sentido, tal es el caso de Chiapas en México y los Mapuches en Chile.


Entonces, la globalización se ha preparado para el transito libre de los capitales, no así de los seres humanos. Hemos aprendido a transar bienes y servicios, sin embargo, no hemos logrado lo mismo entre las personas. Nos falta desarrollar nuevas formas de convivencia planetaria, generando nuevos espacios de conversación que valoren como legítima la diversidad y la heterogeneidad de la expresividad humana. Ocurre, en consecuencia, que en este escenario se está formando el sujeto del siglo XXI, por lo tanto, los aprendizajes están mediados por los valores, normas y actitudes que son construidas desde un lugar social desterritorializado, fragmentado y mediatizado que impide, la más de las veces, comprender su cotidianeidad y los desafíos que éste demanda para permanecer incluidos en un sistema que sólo algunos pocos caben y muchos quedan fuera. Como señala Cyrulnik, estamos ante el Homo cyber, “que si bien su cerebro no se ha modificado, vive en un mundo compuesto casi únicamente de representaciones de imágenes y de palabras”  (Cyrulnik, 2002:46), que produce un mundo que se puede reproducir hasta el infinito. En esta misma perspectiva, agrega que “las representaciones del mundo ya no están adaptadas al contexto, sino a la globalización del saber, a la virtualización de las percepciones”, con lo que nos crea nuevas formas de vincularnos con el aprendizaje, el conocimiento y también con las emociones. Así, nos preguntamos: ¿cómo se ha integrado la educación, principalmente la formal, en estos procesos, cómo se está relacionando con los nuevos sujetos de la era de la globalización?

6. Reflexiones Finales

A modo de cierre y retomando las preguntas que han motivado esta reflexión, se intenta aquí recoger la pregunta central relacionada con aquello que debemos aprender como humanidad a inicios de este siglo; qué rol le compete a la educación y, cuál sería el rol del educador/a.

a. Primero, ¿qué tenemos que aprender como humanidad?:

  • En esta complejidad de la trama social, ¿cómo es posible crear e imaginar  estilos de vida valiosa? (Nájera, 1999), es decir, con sentido para la gente, para la humanidad. La vuelta a lo vinculante, comprendido desde las nuevas configuraciones de lo social, que estén más allá del consumo y de la doblegación al trabajo, o, como dice Maturana (1989), que se logren superar las relaciones que no son sociales, es decir,  aquellas que se construyen sobre la base de la asimetría, de la subordinación y de la dependencia jerárquica.

  • Si bien la tecnología puede ser un buen aliado para el desarrollo de la humanidad es importante  que ella no nos sustituya, como dice Cyrulnik, “la técnica, desliga de los cuerpos, engendra un mundo de representaciones hipermediatizadas en el que las emociones son provocadas por signos casi perfectos, no contaminados, ni disminuidos por los significantes. El mundo sensible ya no es convocado por la percepción del otro sino por su representación” (Cyrulnik, 2002:47).

  • Integrar la emoción como parte de los procesos de aprendizaje, ello implica reconocerse integralmente: razón, emoción, mente, cuerpo, en un todo que forman parte de una nueva forma de diálogo, que invita a la búsqueda de espacios cotidianos, no solo diseñados desde el intercambio, sino que desde la gratuidad que implican las relaciones amorosas de las que habla Maturana.

  • Fomentar espacios dialogantes, donde se produzca conversación social, que orienten los procesos de búsqueda personales y colectivos, ya que todo lo que hacemos  lo vamos construyendo en conversaciones, (Maturana, 1999:47); necesitamos ampliar y profundizar estos espacios. La escuela, con la ampliación de sus jornadas, las universidades con la creación de nuevos espacios para el diálogo social, parecen ser los lugares de aprendizaje de la educación formal, en esta línea.

  • Reconocernos en una nueva cultura, que no se agota en lo comunitario, ni el sentimiento de Estado-Nación en el que fuimos formados gran parte de los adultos vivos. Actualmente conviven simultáneamente diferentes mundos y, a veces, en una trama de superposiciones, unos altamente tecnologizados, llamada también sociedades del primer mundo,  junto a otros sumergidas en la miseria, o del tercer o cuarto mundo. 

  • Tomar conciencia de nuestra posición en la esfera del poder, es decir, en aquellos espacios de decisiones en los cuales estamos inmersos. Si bien muchos de los que vivimos en estas sociedades modernas e hiperconectadas no participamos directamente en las grandes decisiones, sí lo hacemos en nuestras vidas cotidianas, cuando elegimos qué productos consumir hasta por quién se votará en las próximas elecciones presidenciales. Cada una de estas decisiones tienen una incidencia en la construcción de estilos de vida más menos humanos.

b. Segundo ¿Qué rol le compete a la educación en este aprendizaje, para vivir en el siglo XXI?

  • Ubicarse desde la complejidad. La educación como sistema complejo y la escuela como parte de éste, no pueden pensarse desde fuera, ni tampoco desde un rol de víctima o de salvadora de la sociedad, sino que es importante que se integre al concierto social, comprendiendo la complejidad de las transformaciones, en tanto institucionalidad que recibe a personas, también en permanente cambio.

  • Redituar al sujeto desde lo vinculante, relacional, ampliando los repertorios comunicacionales más allá de las relaciones cara a cara e integrando las relaciones virtuales como parte del devenir de la humanidad.

  • Ampliar sus marcos de referencia más allá de lo local y lo nacional. Un buen aliado en este sentido es Internet, el cual permite conectarse con distinta realidades educativas, ya no solo nacionales sino que también internacionales. Ello ayudaría a ampliar los mapas cognitivos de los estudiantes y, por lo tanto, su campo de experiencia, tan necesarios para el aprendizaje.

  • Como señala Colom (2002) a la educación y, en especial, a la escuela le compete ser el lugar de la síntesis, de la diversidad de experiencias de aprendizaje de los sujetos de la globalización y la hiperconectividad. Por lo tanto, los educadores tenemos que prepararnos en esa línea, de tal forma de contribuir en la formación de actitudes positivas hacia el descubrimiento, la indagación, la exploración y la construcción de sentidos individuales y sociales.

c. Tercero ¿Cuál es el rol del educador?

Teniendo presente, el punto de partida de este escrito, es necesario reubicar el rol docente desde una perspectiva de educador que facilita los aprendizajes para y en la vida en escenarios complejos. Ello implica:

  • Transitar desde un rol centrado en la enseñanza a otro que se ubique como facilitador de experiencias de aprendizajes significativas, que contribuyan a producir las síntesis de los diversos saberes mosaicos que van adquiriendo los sujetos en los distintos espacios socioeducativos por los cuales transitan.  Pero aquí cabe preguntarse ¿Qué es lo significativo para las nuevas generaciones? Esta tensión está reflejada magistralmente en la novela de Antonio Skarmeta, “El baile de la Victoria” (2003:183 a 187). El aprendizaje significativo requiere que el educador conozca  a los estudiantes, sus intereses, inquietudes y, por sobre todo, que se conozca a sí  mismo, identificando cuáles son sus sueños y búsquedas.

  • El sujeto de la educación, culturalmente, hoy es distinto a aquel de hace 10 o 5 años atrás, aunque su estructura cerebral continúe inmutable, por lo tanto conocer ¿quién es?, ¿qué busca en la educación?, son imperativos pedagógicos. Por otra parte, los estímulos cognitivos a los que están expuestos también son diferentes, hoy viven en el mundo de la imagen en movimiento y la conexión virtual, lo que implica asumir una gran revolución para la educación.

  • Lo anterior implica flexibilizar los espacios educativos, reconociendo que no sólo en el aula o en la escuela se producen aprendizajes, sino que hoy ello sucede, más que antes, en otros lugares, como por ejemplo, en las complejas redes de los ciberespacios (Venegas, 2007).

  • Además, es necesario y urgente apelar a la transformación de las aulas, reconociendo que ellas se han ampliado sin límites. Los históricos muros hoy son mudos testigos de que ya no sostienen los saberes ni aprendizajes de los niños y jóvenes como se creía hasta hace no más de dos o tres décadas.

  • Toda esta revolución necesariamente conlleva un cambio profundo en las prácticas educativas, que van más allá de las modificaciones de las metodologías y técnicas. Necesariamente implica reconocer y comprender los nuevos escenarios sociales, culturales y tecnológicos en los cuales se encuentra inmersa la humanidad y, desde allí, reconstruir las claves de la educación que está por venir.

  • Pese a lo señalado hasta aquí, es necesario reforzar que la  “humanidad educa a la humanidad”, de tal modo que se asuma responsablemente los procesos de formación de las futuras generaciones, más allá de la delegación sólo en algunas instancias como la familia y la escuela. En este sentido, es necesario ampliar, a lo menos, esta responsabilidad a los medios de comunicación y a quienes hoy están tomando las grandes decisiones que inciden en los destinos de la humanidad. 


A modo de síntesis, a la educación le compete más que nunca ubicarse de lado de la humanidad, es decir, tras la construcción de sentidos que nos orienten hacia estilos de vida con mayores niveles de respeto por la dignidad de todos los seres humanos, indistintamente de la nacionalidad, raza o credo religioso. Esta es la necesidad más urgente de este aprendizaje para la vida, sobre todo en el escenario global en el que estamos viviendo, donde las migraciones de los ciudadanos pobres hacia naciones más prosperas, en búsqueda de mejores oportunidades, están haciendo emerger ciudadanos de primera y segunda clase, conjuntamente con nuevas formas de esclavitud, que merecen ser observadas con mayor detención.

Si bien el panorama no parece muy auspicioso, es necesario abrir los espacios a la creatividad, la flexibilidad, a la innovación, el intercambio y la reflexión (Schön, 1998; Zúñiga, 1986) de la propia práctica docente en escenarios cambiantes y volátiles como el actual. Partir desde el reconocimiento de la fragilidad de la existencia, de los micro escenarios vinculantes, de la vida cotidiana que “contiene el poder de inventarla en cada nuevo entorno” (García, s/f: 62), parece  ser hoy un camino para continuar en este tránsito.

Referencias:

Libros:

1.       Foucault, M. (1981). Un Diálogo sobre el Poder. Madrid: Alianza Editorial.
2.       Bauman, Z. (2002). Modernidad Líquida. Buenos Aires: Fondo de la Cultura Económica de Argentina. 
3.       Bauman, Z. (2005). Amor Líquido. Buenos Aires: Fondo de la Cultura Económica de Argentina S.A.
4.       Castel, R. (2004). La Metamorfosis de la Cuestión Social. Una crónica del salariado. Buenos Aires: Edit. Paidós.
5.       Castells, M. (2005). Globalización, Desarrollo y Democracia: Chile en el Contexto Mundial. Santiago de Chile: Fondo de Cultura Económica Chile.
6.       Cyrulnik, B. (2002). El encantamiento del Mundo. Barcelona: Gedisa.
7.       García, J. (s/f). “Evolución del Contexto Social y Cambios en el Pensamiento sobre la Educación. Educación por la Influencia o Educación desde la Experiencia”. Texto sin otras referencias.
8.       Giddens, A. (2003). “Ciencias Sociales y Globalización”. Conferencia publicada en “Desigualdad y Globalización, Cinco Conferencias”. Facultad de Ciencias Sociales (UBA). Buenos Aires: Edit. Manantial.
9.       Héller, A. (1985). Historia y Vida Cotidiana. México: Grijalbo.
10.    Maturana, H. (1989). Emociones y Lenguaje en educación y Política. Santiago de Chile: Dolmen.  
11.    Maturana, H. y Varela, F. (1990). El árbol del conocimiento. Santiago de Chile: Edit. Universitaria.
12.    Maturana H. (1991). El Sentido de lo Humano. Santiago: Dolmen.  
13.    Maturana, H. (1999). Transformación en la Convivencia. Santiago: Dolmen.
14.    Schön, D. (1998). El profesional Reflexivo: Cómo piensan los profesionales cuando actúan. Barcelona: Paidós.
15.    Skármeta, A. (2003). El baile de la Victoria. Barcelona: Planeta.
16.    Venegas, J. (2007). Educación para el Futuro Ahora.  Santiago de Chile.
17.    Vigotsky, L. (1992). Pensamiento y Lenguaje. Buenos Aires: Fausto.


Artículos de Revistas y Apuntes:

  1. Asensio, José María (2007) “Apuntes de Clases, Doctorado Educación y Sociedad”. U. de la República – U. Autónoma de Barcelona. Santiago de Chile.
19.    Barbero, J.M. (2003). “Saberes Hoy: Diseminaciones, Competencias y Transversalidades". Art. Publicado en Rev. Iberoamericana de Educación N° 32
20.    Colom Cañellas, A.J. (1992). “El Saber de la teoría de la educación. Su ubicación conceptual”. Art. Publicado en Teoría de la Educación, Vol. IV pp.11-19.
  1. Molina, Víctor (1999). “Seminario: Investigación del Aprendizaje y Prácticas Pedagógicas”. Maestría en Investigación Educativa. Universidad Academia de Humanismos Cristiano. Santiago de Chile.
22.    Mora Ginés, José “La Necesidad del Cambio Educativo para la Sociedad del Conocimiento”. Rev. Iberoamericana de Educación N° 35.
23.    Nájera, Eusebio. (1999) “Por una vida de calidad, Notas sobre la calidad de vida para el siglo XXI” (apuntes).U. Silva Henríquez. Santiago de Chile.
24.    Rosanvallon, Pierre (2004). La nueva cuestión Social. Repensar el Estado providencia.  Editorial Manantial, reimpresiones: 1998 – 2001 – 2004. Buenos Aires.
25.    Skewes, Juan Carlos (2006) “Sobre penas y Castigo”. Paper. Universidad Austral de Chile.
26.    Zúñiga, Ricardo. (1986) " El trabajador Olvidado". Art. Publicado en Revista Apuntes para el Trabajo Social. Año 5, N° 12. Santiago de Chile.

 

Páginas WEB:


  1. Ramonet, Ignacio. “Los Medios y la Globalización”. www.solidaridad.net/ .
  2. www.pnud.cl
  3. Marí Sáez, V. Manuel. “Globalización Tecnologías y Comunicación”. Ediciones de la Torre, Madrid. 1999. 175 págs. http://galeonhispaewsta.com/cju/globaliza1.htm . http://www.cinu.org.mx/prensa/especiales/2006/Migración/indexmigración.htm
  4. www.colectivodepedagogiasocial.cl





[1] Ver Heller, Agnes (1985). “Historia y Vida Cotidiana”. Grijalbo. México. Pág. 39 a 69.
[2] Ver obra de,  Foucault, M. (1981) “Un Diálogo sobre el Poder”. Alianza Editorial S.A. Madrid.  
[3] Maturana señala que somos sistemas cerrados, por lo tanto que somos capaces de aprender aquello que sólo nos es posible desde nuestro sistema.
[4] Se está usando este concepto, para explicar que antes de llegar a la racionalidad, tenemos una reacción más innata, que está vinculada a la esencia del sujeto, a su experiencia vital. (Asensio, 2007, Apuntes de clases).
[5] Skewes, Juan Carlos. Docente de la Universidad Austral, en su texto “Sobre Penas y Castigo”, profundiza en el tema del castigo social, a propósito del análisis que realiza sobre Ley de responsabilidad Penal en Chile. Con ejemplos claros va dando cuenta de como los niños y los jóvenes de sectores de pobreza son víctima de las instituciones sociales que se han creado para protegerlos.  
[6] Maturana, señala que el concepto de desarrollo hace alusión a desenrollar. Significa que nada nuevo aparece, por lo tanto, para él  sería mejor usar la palabra evolución, porque este concepto abre la posibilidad de lo nuevo. Citado por Molina, 1998.